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domingo, 15 de octubre de 2017

El sesgo implícito



“This thing of darkness I acknowledge mine.”
La Tempestad. William Shakespeare

No somos racistas; lo decimos y generalmente lo creemos. Ya no es solo porque la corriente dominante de corrección política ejerce una presión desmesurada sobre todos y cada uno de nosotros, sino que además no nos hace sentir bien con nosotros mismos. Pero, aunque no queramos reconocerlo, lo somos más de lo que creemos.
El Centro de Disparidades de Harvard de Alexander Green realizó un estudio ya hace más de una década en que se comparaba el racismo explícito de 287 médicos (escaso obviamente) con la existencia de un cierto racismo implícito, no consciente. Para evaluar esto último emplearon una técnica compleja, el Test de Asociación Implícita (IAT) que hace al participante emparejar características representativas de determinados grupos (edad, género, etnia), con atributos evaluativos ( buenos, malos, cooperadores, testarudos).
Los participantes en aquel estudio no mostraron aparentemente preferencias de una etnia sobre otra; pero sin embargo el IAT mostraba una clara preferencia implícita hacia los blancos, asociando en general a éstos con impresiones y valoraciones positivas, y a las personas negras con atributos negativos. De la misma forma que el algodón no engaña en aquel viejo anuncio de Mr Proper, el tiempo de respuesta de la prueba no engaña tampoco a la hora de elaborar las respuestas. Precisamente porque no es consciente ni explícito, este sesgo en la decisión, aplicable a la población general (de las que forman parte las profesiones sanitarias) se denomina sesgo implícito ( implicit bias).
El problema de la existencia del mismo es que se asocia inversamente a la probabilidad de indicar terapia trombolítica , de forma que ésta se indica con mucha mayor frecuencia si el paciente es blanco que si es negro.
IreneBlair y el resto de colaboradores del Departamento de Psicología de la Universidad de Colorado da un paso más en esa línea de investigación; la existencia del sesgo implícito se asocia a una peor relación con sus médicos en el caso de las personas negras pero no de la misma forma con los hispanos, donde la relación es mala de forma generalizada y no  relacionada con el sesgo.
Ayer mismo, en una preciosa reflexión en The Lancet , Sam Guglani del Centro Oncológico de Chetelham en el Reino Unido, señala la alargada sombra del sesgo implícito, que también afecta a las personas obesas; y si es así ¿por qué no a las personas con conductas conflictivas, los que no siguen nuestras recomendaciones, los que son feos, o sucios o no comportan simplemente nuestra ideología, nuestra nacionalidad, nuestra cultura?.
En un entorno mediático y político empeñado en trasmitir una idea de la medicina y sus profesionales mucho más cercana a los héroes y dioses de la antigüedad, en permanente conquista de territorios a la enfermedad ( y lo que no lo es), a lomos de medicinas de precisión, trasplantes inauditos y curación implacable de cualquier alteración genómica, impecables en sus batas y pijamas de quirófano, no está de más rescatar la duda, como señala Guglani: “debemos dudar más, dudar mejor e interrogar en voz alta a las convecciones de la medicina”.
Sin embargo no nos está permitido dudar. No lo admite los pacientes, no lo permite la sociedad y no lo tolera la organización. No hay más que ver qué bien refleja toda esta complejidad de matices los manuales de acreditación de centros y profesionales, los estándares de calidad de cualquier tipo.

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