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miércoles, 5 de agosto de 2020

La nueva normalidad (VII): el maltrato funcionarial

-Vuelva usted mañana -nos dijo el portero-. El oficial de la mesa no ha venido hoy.

"Grande causa le habrá detenido", dije yo entre mí. Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos, ¡qué casualidad!, al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.  Martes era el día siguiente, y nos dijo el portero:

-Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy.

-Grandes negocios habrán cargado sobre él -dije yo.

Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo entre manos que le debía costar trabajo el acertar.

-Es imposible verle hoy -le dije a mi compañero-; su señoría está en efecto ocupadísimo.

Vuelva Usted mañana. Por el Bachiller don Juan Pérez de Munguía (seudónimo de Mariano José de Larra). El Pobrecito Hablador, n.º 11, enero de 1833.

Larra escribió este relato satírico hace casi 200 años, lo que demuestra lo poco que ha cambiado España en sus comportamientos culturales. El objetivo de buena parte de los indígenas de este territorio es alcanzar una plaza de funcionario, cada cual en función de sus posibilidades: ya sea bedel de instituto, cobrador de ventanilla, administrativo del registro, médico o juez, la obsesión nacional es formar parte de la mastodóntica burocracia del estado, para acto seguido ejercer la pereza nacional de la que hablaba Larra (con las lógicas y loables excepciones que siempre existen). Una vez adquirida la condición soñada de “funcionario”, una mayoría relevante de éstos comienzan a expresar las manifestaciones inherentes a esa condición, y que hasta ese momento habían sido inhibidas por alguna proteína determinada genéticamente: la primera y más evidente, es el ejercicio con vehemencia del “desayuno”, al que los funcionarios probos se dedican con saña durante plazos de tiempo que serían intolerables en esa Europa “frugal” que nos racanea las ayudas: un mínimo de 30 minutos y un máximo indeterminado (si al desayuno se añade el inevitable trámite en el banco o compra en la carnicería); y a ser posible de todo el servicio aunque éste queda desabastecido, puesto que de no ser así se pierde la ocasión del chismorreo. La segunda característica idiosincrática es el incumplimiento del horario siguiendo esa máxima de “me engañareis con el sueldo, pero no con el horario”. Y la tercera, y más perniciosa, es el ensañamiento con el ciudadano que, aunque pague con sus impuestos el salario del funcionario, éste ignora con gran desprecio: “no estoy aquí para ayudarle sino para cumplir la norma”.

Un ejemplo de los extremos a los que llega el despropósito funcionarial español (importante para los que me lean de otros países) es la tramitación de la homologación de títulos extranjeros, específicamente de Medicina. Todos los países ponen múltiples barreras para ellos, pero generalmente el filtro lo establece la exigencia (de conocimientos o capacidades), pero nunca la simple desidia. En España sin inmutarse apenas, el funcionario de ventanilla te informa de que eso “se demora un año yendo bien”. Pensará uno que se debe a múltiples estaciones clínicas que deberá superar el aspirante, pero no es así:es el simple paso por los mil y un negociados que el papel atraviesa. Si lo que pretende el pobre extranjero es homologar el título de especialista,aunque sea jefe de servicio de cirugía cardiaca del Monte Sinaí el trámite se prolonga más allá del tiempo existente entre Olimpiadas, hasta el punto que el funcionario amable sugiere al aspirante que mejor haga el MIR.

Si el despropósito era ya enorme antes del COVID-19, con éste alcanza proporciones astronómicas. El confinamiento obligó a los funcionarios a desayunar en casa, actividad que por lo que parece siguen realizando desde entonces. Tomemos como ejemplo algo tan esencial como los trámites en las delegaciones de extranjería. Más de un mes después de la abolición del estado de alarma siguen estando virtualmente cerrados: a los extranjeros que por allí se acercan,el policía nacional de turno informa con satisfacción de que allí no entra nadie sin cita previa. ¿Y como se consigue la cita, agente? Por internet, responde el policía. "Pero es que llevo un mes intentándolo y me dice que no hay cita y que siga intentándolo". El agente empieza a perder la paciencia:" ¿Pues no se lo han dicho?, siga intentándolo". A lo que añade como consejo personal hacer el intento a las 3 de la mañana, o mejor aún, recurrir a una gestoría especializada.

El policía (que amables son los policías españoles) tranquiliza al extranjero diciéndole que no se preocupe, que aunque tenga el NIE caducado (Número de Identificación del EXTRANJERO),  no pasa nada: que todo el mundo sabe que estamos con lo del COVID. Probablemente en los países frugales también son tan comprensivos con el hecho de que un extranjero lleve meses sin regularizar su situación en uno de los países miembros de la Unión.

Los excepcionales gobiernos que padecemos ( esa gente tan amable y comprensiva que sale en los telediarios) insisten en pontificar sobre las bondades del teletrabajo y el tele-trámite. Les propongo que intenten realizar cualquiera de ellos, en cualquier administración, de cualquier negociado: bucles infinitos que llevan de una página web a otra, teléfonos automatizados que muy raramente incluyen teléfonos de atención personal pero que, cuando lo hacen, te conducen a otra opción numérica de "si quiere hablar en español pulse 2".

Los funcionarios que celebran las múltiples ventajas del teletrabajo (de la conciliación familiar con el niño al lado, a estar todo el día en pantuflas) quizá tendrán que empezar a pensar cuanto tiempo seguirá siendo necesario su inestimable contribución al bienestar ciudadano. Porque tal vez lo que nos espere es una reducción de puestos de trabajo. Lo que vista su eficacia , quizá sea la única forma de abandonar el pasado que describió Larra.

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