viernes, 22 de mayo de 2015

Manifiesto contra la Precariedad en el Sistema Sanitario: una cuestión de dignidad

“Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si es un hombre
Quien trabaja en el fango
"
Primo Levi

Tendemos a creer que la realidad es lo que nosotros vivimos: salimos a tomar una cerveza después de un largo día de trabajo y creemos que ese es el principal objetivo de cualquiera. Planificamos las próximas vacaciones suponiendo que esa es la preocupación de  todo el mundo.
Para algunos de los políticos que están hoy en campaña las cosas van magníficamente, el paro no es un problema y España crece por encima de lo que cualquier hubiera previsto. Un hermoso jardín de césped bien cortado.
Pero si uno introduce la cámara en el subsuelo, como hacía David Lynch al comienzo de Terciopelo Azul, las cosas son bien distintas. Existe un mundo de hormigas, invisible si no te adentras lo suficiente.
Los pobres son una de esas hormigas del subsuelo. España es el país industrializado donde más ha aumentado la desigualdad en la última década. Mientras la renta del 10% más rico disminuyó poco más de un 5% en 2011, en el 10% más pobre la reducción fue mayor al 42%. La situación sería aún peor si los impuestos redistributivos y las prestaciones sociales (las dos medidas que quieren recortar ciertos partidos) no amortiguaran algo el golpe. Muchos, sin embargo, apenas reparan en esos pobres, que aumentan hasta convertirnos en uno de los países con mayor número de personas bajo el umbral de pobreza.
La precariedad es otra de esas hormigas invisibles. Una lacra que afecta en especial a jóvenes y mujeres, pero que no somos capaces de reconocer hasta que no nos afecta.
Es una enfermedad que tiene una etiología clara: las políticas que llevan aplicándose en este país en materia de personal desde mucho antes del inicio de la crisis, con el argumento de que son indispensable para hacer nuestras organizaciones más eficientes. La han aplicado, y las siguen aplicando sin sonrojo, todos los partidos con responsabilidades de gobierno de este país: demorando o suprimiendo los procesos de cobertura de las plazas vacantes, exigiendo actividad del 100% mientra solo se retribuye el 70, hurtando cotizaciones sociales suspendiendo los contratos en fin de semana, reemplazando interinidades por contratos eventuales de semanas, día e incluso horas.
A ninguno de todos esos responsables sanitarios preocupa lo más mínimo que cada día se cambie de médico a esa “ciudadanía” de la que dicen sentirse servidores.; que se les prive del beneficio inmenso que supone tener un médico estable.
Menos aún importa el maltrato al que someten de forma continuada a los que no tuvieron la oportunidad de poder llegar al “seguro” del parchís. Personas a las que se les está escamoteando el futuro, sometidas a una nueva forma de tortura, también invisible: no saber siquiera si tendrán alguna vez la oportunidad de tener un trabajo estable, en condiciones dignas, sin la capacidad de hacer planes, con el miedo de que rechazar una llamada puede significar cerrarse todas las puertas del futuro.
La precariedad sanitaria tiene nombre y voz de mujer, como resume Patricia Escartín en Arainfo. No solo porque son mayoría evidente en las profesiones sanitarias, sino porque son sobre quien más repercuten los efectos de esa forma organizativa de maltrato.
Yo he firmado también el Manifiesto contra la Precariedad en el Sistema sanitario, al que puede uno adherirse aquí.
Simplemente porque es el principal problema de la medicina de familia en este país.

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