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domingo, 22 de marzo de 2026

Recuperar el lenguaje indígena de la consulta frente a los colonizadores



Iona Heath publicó la semana pasada un ensayo en el BMJ sobre la importancia del lenguaje en el contexto de progresiva deshumanización del ejercicio de la medicina. El contenido del mismo se presentó por primera vez en la conferencia sobre Prevención del Sobrediagnóstico, celebrada en Oxford el 3 de septiembre de 2025.

Por su extraordinaria importancia e interés y con autorización se su autora se traduce a continuación: 

 

Combatiendo la biomedicalización destructiva del lenguaje clínico.

¿Preparados para el futuro?

Para la mayoría de los médicos, gran parte del plan decenal de Wes Streeting para el NHS en Inglaterra (Fit forthe future, Preparados para elel futuro"), está escrito en un lenguaje alienante, burocrático y tecnocrático que resulta ajeno.

El recuento de palabras en el informe de julio de 2025 es revelador: “genoma” (17), “genómica” (51), “digital” (122) e “IA” (107); frente a “continuidad” (4), “sufrimiento” (7),“consuelo” (1), “amabilidad” (0) y “solidaridad” (2). La victoriosa retórica del riesgo y la prevención supera con creces cualquier exploración del lenguaje de la enfermedad, del miedo y la esperanza, que es la realidad de la consulta. Y, a pesar del poder de las pruebas que respaldan la pirámide de experiencias adversas infantiles de Vincent Felitti,el recuento  de palabras para “pobreza” (9) y “violencia” (2) en el informe de Streeting es mínimo.

La apoteosis de este lenguaje tecnocrático llegó con la propuesta (que acaparó titulares), de someter a todos los recién nacidos en Inglaterra a la secuenciación genética. Trevor Sheldon y John Wright respondieron en el BMJ: “El cribado genético poblacional, con sus inherentes falsos positivos, falsos negativos y las consecuencias clínicas impredecibles de las mutaciones, tiene el potencial de generar una vida de ansiedad para los padres y sus hijos. Corremos el riesgo de convertir a las futuras generaciones en pacientes desde el momento de su nacimiento, con sobrediagnóstico y sobre-tratamiento... Si bien los políticos no pueden alterar nuestro código genético, sí pueden abordar las desigualdades sociales sistémicas”.

Como toda intervención impulsada únicamente por la teoría, la innovación técnica y las aspiraciones políticas, esta propuesta de cribado profundamente errónea se basa en la descontextualización e ignora por completo el poder del contexto socioeconómico en el que nace cada niño para determinar su salud futura. La persistente brecha en la esperanza de vida entre las personas más ricas y las más pobres no se explica por nuestros genes, sino por el contexto en el que se desarrolla nuestra vida.

Aprendiendo de la literatura de la colonización

El gran escritor keniata Ngũgĩ wa Thiong'o murió en mayo de 2025 a la edad de 87 años. Había vivido, analizado y escrito sobre la experiencia de la colonización. En su colección de ensayos de 1986 (Descolonizar la mente), exploró el extraordinario poder que las lenguas coloniales ejercen sobre los pueblos colonizados.􀀀 Su último libro (Descolonizar el lenguaje y otrasideas revolucionarias), explora la extensión con la que la colonización económica y política ha estado sustentada por la colonización del lenguaje. Probablemente la difícil situación de los trabajadores sanitarios del Reino Unido, que luchan por atender a los pacientes en la primera línea de la práctica clínica, puede entenderse como resultado (al menos en parte) de la colonización de la atención sanitaria y la práctica médica por parte del complejo médicoindustrial.

De hecho, Ngũgĩ podría haber utilizado el informe de Streeting, para ilustrar su argumento.Ngũgĩ señala que una de las armas de la colonización desde el asentamiento inglés en Irlanda en el siglo XVI ha sido la supresión y distorsión de las lenguas indígenas para reforzar las relaciones de poder desiguales y subyugar aún más a los pueblos colonizados. Por lo tanto, a efectos de este análisis, equipararé el lenguaje de los colonizadores con el lenguaje cada vez más burocrático y tecnocrático de la medicina científica, ¡tal y como ha sido claramente explotado en beneficio de los colonizadores; y equipararé el lenguaje de los pueblos colonizados con el lenguaje natural, casi indígena, que se comparte habitualmente en la intimidad del consultorio médico.

De lo práctico a lo abstracto,

Edmund Spenser, autor del poema épico La Reina de las Hadas, publicado en 1590, es reconocido como un gran poeta, pero también fue colonizador en Irlanda, y conocía el poder de las palabras. En 1596 escribió: “Siempre ha sido costumbre del conquistador despreciar la lengua del conquistado y obligarlo por todos los medios a aprender la suya”. Más de cuatro siglos después, esta afirmación encuentra eco en mi experiencia a lo largo de mi carrera médica. El lenguaje poético indígena de la atención médica estaba arraigado en el pragmatismo iterativo de la práctica clínica, con su énfasis en lo que el filósofo británico Stephen Toulmin describió como los “cuatro tipos diferentes de conocimiento práctico: el oral, el particular, lo local y lo oportuno".

Este lenguaje ha sido relegado y despreciado, permitiendo que la teoría domine la práctica en lugar de que la práctica la enriquezca. En la medicina del siglo XXI, el lenguaje de la conquista y la colonización ha proclamado sistemáticamente la preeminencia de lo universal, lo atemporal, lo abstracto y lo general, expresados preferiblemente con la seductora certeza de los números. Los números se han vuelto más importantes que las palabras, de modo que las pruebas biométricas, con conceptos totalmente arbitrarios de normalidad y anormalidad, han desplazado la escucha, la descripción y la ambigüedad de las palabras. Parece que hemos olvidado que, como dijo Toulmin, “necesitamos equilibrar la esperanza de certeza y claridad de la teoría con la imposibilidad de evitar la incertidumbre y la ambigüedad en la práctica.”. El lenguaje conquistador descuida aquellos aspectos vitales del cuidado que van más allá de las métricas. Ignora las advertencias de Aristóteles sobre la necesidad de ajustar nuestras expectativas a la naturaleza del caso y de evitar exigir tipos irrelevantes de “certeza” y “necesidad”.

El lenguaje colonizador rezuma certeza y necesidad. Nuestros pacientes han sido redefinidos como unidades de necesidad sanitaria, caracterizadas por esas cifras aberrantes, cuya corrección se monetiza fácilmente con el fin de extraer y maximizar beneficios.

Poesía y ciencia

En un ensayo escrito en la década de 1940, Aimé Césaire, el gran poeta francófono de Martinica, sostiene que "el conocimiento poético nace en el gran silencio del conocimiento científico". Césaire reconoce que hay  aspectos de la experiencia humana sobre los que el conocimiento científico no puede decirnos casi nada, incluidas esas experiencias de miedo y esperanza que son tan fundamentales para la atención sanitaria.

Desde perspectivas completamente distintas de la historia de la colonización, los poetas Césaire y Spenser comprenden el poder de las palabras: cómo las palabras moldean el pensamiento, y viceversa. En la consulta con pacientes reales, existe una brecha entre el conocimiento científico, expresado en gran medida en números, y el conocimiento poético, siempre expresado en palabras. El informe Fit for The Future ( Preparados para el futuro) sobre el Servicio Nacional de Salud (NHS) ilustra cómo el lenguaje conquistador de la biomedicina técnica ha minimizado deliberadamente la importancia del conocimiento poético. Las palabras se crean, adaptan y modifican dentro de redes continuas de relaciones humanas, y cuando las usamos subrayamos la importancia del contexto y las relaciones que mantienen unidos esos contextos individuales. Quizás por eso, las palabras pueden tener un poder inmenso. Ngũgĩ escribió que “el conquistador solo tiene que invertir en captar las mentes de la élite, que luego extenderá la sumisión al resto de la población. La élite se convierte en parte del ejército lingüístico del conquistador”. Me pregunto hasta qué punto la élite médica contemporánea ha colaborado en la conquista que describo, modificando su propio lenguaje, priorizando el tratamiento de los riesgos futuros sobre la atención de las personas que están enfermas ahora y permitiendo que la calidad de la atención se defina en términos de objetivos numéricos que casi siempre recompensan el aumento de las tasas de pruebas o prescripciones, lo que, a su vez, beneficia a las industrias de dispositivos médicos y medicamentos.

Ngũgĩ también escribió: “Si se destruye la lengua de un pueblo, se destruye el vocabulario con el que comprendían su entorno y, en consecuencia, todo el conocimiento y la información desarrollados en el curso de su interacción con ese entorno". Para mí, esto explica cuánto se ha visto perjudicada la consulta médica ordinaria por la pérdida del lenguaje poético habitual del cuidado y la atención. Parece describir lo que sucede cuando una consulta sale mal, dejando al paciente con la sensación de haber sido ignorado y al médico frustrado. Estamos perdiendo el lenguaje del cuidado que gira en torno a los cuatro tipos de conocimiento práctico de Toulmin, que también sustenta y fortalece las relaciones y, por lo tanto, permite que el lenguaje científico generalizador del tratamiento cumpla su función. El lenguaje del hogar y de la calle también debería ser el lenguaje de la consulta si se quiere lograr la profundidad necesaria para una comprensión mutua.

Deshumanización.

En su último libro, La muerte yel jardinero, publicado en 2025, el escritor búlgaro Georgi Gospodinov relata sus intentos de cuidar a su padre moribundo. Describe una consulta temprana en un hospital e ilustra el efecto alienante del lenguaje dominante. Escribe: “Cada descripción, incluso aquellas que solo describen la respiración normal o las membranas mucosas rosadas, te saca de la rutina de los vivos. El lenguaje se convierte en un consultorio. Y cuanto más detallada es la descripción, más marginada queda la persona. Ya no es una persona, sino un paciente. Aquí ya podemos ver la primera sustitución. La descripción objetiva de tu estado te convierte lentamente en un objeto. La primera autopsia, mientras aún estás vivo y sin anestesia, la realiza el lenguaje. Entra fríamente, mira alrededor, describe, fija cada detalle y lo hace visible. Excepto que mi padre ya no está aquí. Cada descripción médica, cada vez más detallada, conduce paradójicamente a la deshumanización”. Hasta su relativamente reciente corrupción sistemática por la búsqueda neoliberal de beneficios, la medicina científica había sido una fuerza para el bien, pero sus efectos beneficiosos pueden verse fácilmente socavados sin relaciones ni palabras. Los médicos jóvenes se enfrentan a problemas especiales porque no han vivido directamente los años de desgaste que nos han legado el estado actual de desnaturalización del lenguaje sanitario, por lo que se encuentran desorientados y confundidos al iniciar su práctica clínica. Se encuentran atrapados entre el lenguaje de los colonizadores y el lenguaje indígena del cuidado. Se espera que sigan el primero y se sienten juzgados por él, pero muy pronto descubren sus deficiencias. Intentan seguir directrices que ignoran las necesidades y aspiraciones expresadas por sus pacientes, y gran parte de lo que se les pide les parece inútil, si no directamente perjudicial. Nada parece encajar. Su propia experiencia clínica les enseña rápidamente que la práctica clínica va más allá de la ciencia biomédica, especialmente de la ciencia biomédica corrompida por los colonizadores. Su compromiso con la atención a los pacientes puede verse comprometido en un entorno laboral que parte de la premisa de que el cuerpo es una máquina, que la tecnología puede prevenir enfermedades e incluso la muerte, que siempre existe una respuesta correcta. Las prioridades sanitarias contemporáneas parecen no valorar las relaciones que resultan esenciales para poder generar la confianza necesaria para moderar los excesos de miedo y esperanza presentes en casi todas las consultas clínicas. Así como los pacientes se reducen a meras necesidades de atención médica, los profesionales son tratados como recursos sanitarios intercambiables. Se ha permitido, e incluso fomentado, que las relaciones a largo plazo entre médicos y pacientes, e incluso entre los distintos miembros de un equipo sanitario, se deterioren. Los médicos jóvenes se sienten traicionados, desamparados y temerosos.

Lo que denomino el lenguaje tradicional e indígena de la atención médica ha evolucionado, permaneciendo arraigado en los detalles, la incertidumbre y la sabiduría de la práctica clínica. El desajuste entre las necesidades del paciente y la carga que supone la atención preventiva conduce inevitablemente a un estrés ético. Esto es especialmente cierto cuando las métricas de calidad impuestas y otros incentivos —centrados principalmente en la prevención— prevalecen sobre las necesidades del paciente y penalizan económicamente a los médicos de cabecera por priorizar a los pacientes enfermos. El lenguaje colonizador exige una jornada laboral de 27 horas para los médicos de cabecera17pidiéndoles que realicen un trabajo imposible, y desmoralizando a toda una generación de profesionales de atención primaria. Como escribimos el año pasado mis colegas y yo en el BMJ, “Términos como «riesgo» y «prevención» son problemáticos: todos corremos cierto riesgo y, en última instancia, no podemos evitar la muerte. El resultado es una profesionalización y burocratización de las definiciones que resultan engañosas. ¿Acaso la mamografía «previene» el cáncer de mama cuando reduce el daño a una o dos personas de cada 1000 al cabo de 10 años? ¿Acaso la reducción de la presión arterial sistólica de 160 mm Hg «previene» las enfermedades cardiovasculares cuando menos de una persona de cada 50 se beneficia en tres años? “.

La joven psiquiatra y académica noruega Caroline Engen ha escrito con elocuencia sobre la difícil situación de su generación, atrapada entre los dos lenguajes contrapuestos que he intentado describir¹⁸:”…los médicos se enfrentan a la imposibilidad de estar a la altura de los estándares epistémicos y morales, así como de las responsabilidades profesionales arraigadas en un contexto social diferente, donde sus posiciones, relaciones y autoridad eran muy distintas”.

Cuidado de los moribundos

El cuidado de las personas moribundas representa la prueba definitiva del lenguaje colonizador, donde fracasa rotundamente. Un lenguaje monológico, con énfasis en la cantidad, no tiene nada que ofrecer, mientras el lenguaje tradicional, dialógico y basado en las relaciones, vuelve a resultar esencial. Solo dentro de este lenguaje podemos construir un enfoque menos pusilánime ante el inevitable final de nuestras vidas. Solo dentro de este lenguaje sutil, ambiguo e infinitamente flexible podemos encontrar maneras de detener la búsqueda inútil de riesgos en personas mayores y frágiles, y así dejar de dañar y envenenar a quienes están muriendo.

El médico del siglo XVII, Thomas Browne, declaró: “…Yo, que he examinado las partes del hombre y sé de qué delicados filamentos cuelga ese tejido, me asombra que no estemos siempre [enfermos. Y considerando las mil puertas que conducen a la muerte, doy gracias a mi Dios porque solo podemos morir una vez”.

Parece que cuanto más nos enseña la atención médica preventiva sobre las mil puertas, más miedo sentimos y más absurda parece la aspiración de prevenir todos los riesgos de todas las posibles causas de muerte. Cada uno de nosotros solo puede morir una vez.

¿Qué se puede hacer?

Estoy convencida de que los problemas causados ​​por el lenguaje deben resolverse a través del lenguaje, por lo que propongo que todos nosotros deberíamos:

• Revivir deliberadamente el lenguaje propio de la atención médica y en todos los niveles políticos, explorar y explicar lo oral, lo particular, lo local y lo oportuno.

• Valorar explícitamente y construir relaciones continuadas y longitudinales en todos los niveles de la atención médica;

• Ayudar a los médicos jóvenes a comprender que (al igual que todas las víctimas del abuso de poder), sus sentimientos de confusión y fracaso no son culpa suya; e

• Insistir en que los líderes médicos clínicos utilicen y promuevan el lenguaje indígena de la atención, usándolo activamente para contrarrestar el lenguaje dominante del complejo médico-industrial, con su insistencia en lo universal, lo atemporal, lo abstracto y lo general.

Todos seremos juzgados por nuestras palabras.

miércoles, 13 de marzo de 2019

La medicina instantánea sin fronteras

Hace ya tres años comentábamos el último invento de entonces del Sistema Nacional de Salud británico (NHS), que en aras de una supuesta mejora en la accesibilidad aprobó la prestación de consultas rápidas,casi instantáneas, para saltarse la lista de espera que crecía cada año en los centros de Atención Primaria.
Lo sorprendente es que esas citas rápidas eran prestadas por médicos generales del propio NHS pero dispuestos a atender a pacientes de otros colegas mediante el uso de una aplicación informática (GP at Hand) propiedad de una empresa de tecnología privada llamada Babylon. Su App es usada de forma entusiasta por el actual Secretario de Salud británico, Matt Hancock, quien no tiene reparo alguno en promocionar un bien privado, al que llega a calificar de “ Fuerza para el bien dentro del NHS”, como si fuera una versión 5.0 de Gandalf.
Babylon no sólo trabaja en el mundo de la inmediatez sanitaria ( que no accesibilidad, como ya comentábamos entonces), sino que también ha desarrollado artilugios que , supuestamente, aumentan la precisión diagnóstica de los médicos, una afirmación sin evidencia alguna como demostraba este trabajo de Lancet. Abundando en ésto, Margaret McCartney escribía en el BMJ que no existe estudio alguno que demuestre mejor resultado de dicha aplicación, la GP at Hand; más bien al contrario, la aplicación de GP at hand parece incrementar los costes de los Clinical Commissioning Groups(CCG) la fórmula organizativa de los últimos gobiernos conservadores británicos.
Aquejado de su irreductible delirio tecnológico, el ministro de salud británico no se conformó con esto y propuso que los médicos generales dejaran la rancia forma de ver pacientes, sentados junto a una mesa en una vieja consulta, y se lanzaran a las bondades del Skype como medio de atender pacientes. Así, las consultas virtuales a través de un teléfono móvil se han incrementado exponencialmente en Londres de la mano de una agresiva campaña de publicidad de Babylon., especialmente en metro. El problema no es la aplicación de una nueva tecnología en sí, como escribía la experta en cuidados paliativos Rachel Clarke en BMJ, sino la alegría con la que se promociona ésta sin experiencia suficiente sobre su uso y seguridad para los pacientes.
Argumentos razonables que no sirven para nada. A través de Feña Ávila nos enteramos que Chile ha dado un paso más en la deriva de esta atención virtual e instantánea.Allí apareció Salud en Camino, en este caso apoyado por Corfo ( la agencia por el Fomento de la Producción del gobierno de Chile), quien aparentemente garantiza la atención en menos de tres horas a quien la solicite a través de la correspondiente aplicación: “con un clic está todo resuelto” garantiza Karen Alaluf, ingeniera en informática y gerente general de la empresa.Este llamado “nicho en expansión” de los servicios a domicilio a petición del cliente no sólo se limita a solcitud de fármacos y justificantes para no ir al trabajo, sino que también permite la realización de pruebas de laboratorio a la carta; la filantropía de estas empresas es admirable: "así descongestionamos el sistema público". También ofrecen ser atendido por un especialista o psicólogo experto durante las 24 horas del día  mediante video llamada, por solo 20000 pesos ( apenas 26 euros). Dichos especialistas  están ubicados en Chile o en cualquier otro país ( el saber no ocupa lugar). Su técnica es impecable: se le pide al paciente que si le duele la panza se apriete para ver si duele o haga “sentadillas” para comprobar si el dolor aumenta.
Las dudas sobre la fiabilidad de tales procedimientos o la competencia técnica de los supuestos expertos no dejan de ser lamentos injustificados de nostálgicos opuestos al progreso, como probablemente considere el Ministro de salud británico.
En la competición por dar servicios inmediatos a demandas absurdas no hay límites. La competencia clínica, la seguridad del paciente y la garantía de cualificación de los profesionales son cosa del pasado. Bienvenida la medicina sin fronteras.

lunes, 31 de julio de 2017

¿Está acabando la tecnología con la medicina? Apostilla a una conversación con Abel Novoa



El comentario final de Abel Novoa en su largo, denso, y extraordinario post sigue dándome vueltas por el cerebro, por lo que no me queda más remedio que intentar vaciar el absceso cerebral que generó.
Escribe Abel: “¿Está acabando la tecnología con la medicina? Depende. Si hay profesionales reflexivos y democracia del conocimiento, será algo más difícil que la tecnociencia acabe con la medicina”.
La cuestión es compleja, puesto que, en mi opinión, supone nadar contracorriente, incluso subvertir los propios principios de lo que clásicamente ha definido la innovación y su forma de difusión.
En su Difusión de Innovaciones, Everett Rogers definió una taxonomía del comportamiento de las personas frente a una innovación que se convirtió en clásica (va representada en el gráfico adjunto). La distribución de los individuos frente a a la adopción de la innovación dibuja una curva de distribución normal.
En el extremos izquierdo figura el reducido grupo de los “innovadores”: apenas representan el 3%; se caracterizan por su audacia. Siempre preocupados por probar lo nuevo, lo diferente e incluso extraño, juegan un papel de porteros en el flujo de ideas en un sistema ( eso escribe Rogers, al menos)
A continuación de ellos, los adoptadores precoces suponen ya cerca del 15% de las organizaciones y juegan un papel crítico: a él suelen pertenecer los líderes de opinión de la profesión; mucho más integrados socialmente que los “frikis” innovadores influyen con su conducta lo que realizarán los demás,  a la manera de los ñus en la migración al Masai Mara.
La mayoría precoz (35% aproximadamente) es fundamentalmente deliberativa, y se piensa mucho antes de hacer ningún cambio y adoptar una nueva idea. Cumplen la máxima de Alexander Pope: “ no ser el primero en ensayar lo nuevo, ni el último en dejar lo viejo detrás”.
Los escépticos de la mayoría tardía deben , como Santo Tomás, meter el dedo en la llaga para confirmar que existe. Sólo cambian cuando se ven obligados a hacerlo
Los “laggards” tienen una difícil traducción: podría ser la de rezagados pero mi amigo José Francisco García Gutiérrez los denominaba “samueles”, una denominación injusta y ofensiva para todos los samueles que son cualquier cosa menos rezagados. La elección de tal nombre veía motivada porque el que siempre se opinía todo en su centro de salud así se llamaba.
Los “laggards” son minoritarios, y a menudo las organizaciones se obsesionan con ellos, basado en la errónea idea de que todos los miembros de la misma deben comulgar con cualquier planteamiento que se pretenda implantar. Tal y como señala la teoría sobre innovaciones , la mejor actitud con este tipo de comportamientos es dejarles vivir en paz, procurando a la vez que su resistencia no impida los avances del grupo.
Pero volviendo a las preguntas de Novoa: el problema aparece cuando, por primera vez, lo que se pretende es conseguir un cambio, diseminar una idea, hacer triunfar una innovación que va contra la misma naturaleza de lo que , tradicionalmente, se ha considerado una innovación.
Lo que se pretende es precisamente lo contrario, conseguir que triunfe una “innovación” que a lo que aspira es a salvaguardar a la medicina de su “colonización” e incluso destrucción por la propia tecnología ( en el sentido en que la describe Novoa).
No es tarea fácil. Y subvierte los propios fundamentos de la clasificación de Rogers. Porque en este caso los innovadores ( como Novoa) serían los que defienden la recuperación de una clase de medicina libre de la mediatización tecnológica, lejana paradójicamente a la adopción inmediata de cualquier “innovación”. Y los “laggards” no serían los que se oponen a la adpción de cualquier novedad ( diagnóstica, terapéutica, tecnológica en definitiva) sino más bien al contrario, los que precisamente se sitúan como los primeros que abrazan cualquier nuevo “gadget”.
Quizá la clave de la cuestión está una vez más en los adoptadores precoces, los líderes de opinión de nuestra profesión. Y ahí es donde está la clave de la cuestión. Muchos de los líderes de opinión de la medicina familiar y la Atención Primaria sufren una curiosa forma de síndrome de Estocolmo consistente en pretender diferenciarse de los especialistas de hospital mimetizando su comportamiento: la contaminación por el enfoque centrado en enfermedades y no en enfermos, por exigir permanentemente el acceso a la última tecnología como medio de mejorar su capacidad de resolución, o de prescribir los fármacos de última generación ( para no ser menos que sus colegas hospitalarios) son mayoritarias entre los que determinan, con su comportamiento y opinión, lo que luego aplican las dos mayorías, la precoz y la tardía.
La medicina de familia podría encontrar parte de su lugar perdido convirtiéndose en la punta de lanza de una innovación paradójica: una innovación “anti-innovativa”, la de controlar la aplicación desmedida de ésta.
Por eso la respuesta es, en definitiva, la que decía Abel: dependerá de la victoria o derrota de profesionales reflexivos.