jueves, 20 de agosto de 2015

Diseñadores de recuerdos

La imagen es siempre la misma, en cualquier lugar de vacaciones: ya sea ante una remota iglesia románica, un atardecer esplendoroso o la actuación de tu grupo favorito, la muchedumbre desenfunda con rapidez de pistolero su teléfono móvil para capturar el momento y convertirlo en recuerdo memorable. Incluso se mete uno dentro, ayudado por ese "ridículo palo" que alarga el propio brazo. Lo importante no es tanto disfrutar del momento supuestamente único, como diseñar su recuerdo, que además deberá ser expuesto y compartido a través de nuestras redes sociales. Como escribe Daniel Kahneman “ valoramos las vacaciones turísticas por las historias vividas y los recuerdos que esperamos guardar”.
El premio Nobel de Economía tiene una rara habilidad para simplificar hasta la caricatura procesos mentales enormemente complejos. Kahneman reconoce su artificio, pero lo justifica como el precio que hay que pagar para hacer inteligible el funcionamiento del cerebro humano. Según él estamos dirigidos por dos personajes ( sistema 1 y 2) que determinan nuestras decisiones, pertenecemos o bien al grupo de los econos ( que viven en la teoría) o de los humanos ( que se mueven en el mundo real) , y escondemos en nuestro interior dos “yo” , uno minusválido y el otro manipulador: el “yo” que experimenta, y el “yo” que recuerda. El primero es el que va construyendo nuestra vida a través de las experiencias de cada día. El segundo es un diseñador de biografías, el que escribe la historia que te interesa, y el que toma siempre las elecciones.
Esto último ( la elección) lo demostró Kahneman con un experimento famoso realizado ya hace muchos años con otro genio ( Don Redelmeier). Ambos midieron el nivel de dolor ( de 0 a 10), minuto a minuto, de 154 pacientes pacientes sometidos a colonoscopias en los tiempos heroicos en que se realizaba sin anestesia . También midieron la duración de la intervención. Al finalizar la tortura se pidió a los participantes que estimaran algo tan incuantificable como la “cantidad total de dolor experimentado”. Los resultados obtenidos fueron paradójicos: en contra lo que pudiera suponerse, la duración de la prueba no influía de manera importante en la percepción de dolor, sino el punto máximo que éste alcanzaba y, sobre todo, la intensidad de dolor en el momento en que terminaba la prueba. De manera que la mayor parte de los pacientes estarían dispuestos a repetir pruebas largas que terminan de forma poco dolorosa ( pero con mayor cantidad acumulada de dolor) antes que pruebas cortas pero con terminación muy dolorosa. Es decir nuestro “ yo” que recuerda tiene poco en consideración al “yo” que experimenta ( y sufre) a la hora de tomar decisiones que le afectan esencialmente a éste. O como dice Kahneman “ el yo que experimenta no tiene voz. El yo que recuerda a veces se equivoca, pero es el único que toma decisiones . Lo que aprendemos del pasado es a maximizar las cualidades de nuestros futuros recuerdos, no necesariamente de nuestra futura experiencia”.
El yo que recuerda actúa con suma prepotencia sobre nuestra vida. Magnifica circunstancias banales ( detalles ridículos pero que convierten en  nuestra vulgar biografía en una “molona”) y maltrata experiencias profundamente valiosas pero que en un determinado momento acabaron mal ( como las colonoscopías sádicas de Kahneman). Como éste escribe “ un divorcio es como una sinfonía con un sonido estrepitoso al final; el hecho de que termine mal no significa que toda ella fuera mala”.  La felicidad que pudo sentir el “yo” que experimenta durante aquel viaje de fin de semana, es triturada sin contemplaciones por el “yo” que recuerda, o que (mejor dicho), no quiere recordar nunca más nada de aquello.
Esto ha sido así siempre y bastante avance supone ser conscientes de ello. Pero ese “extrañamiento” del yo que experimenta, del yo que realmente nos construye, está llegando al extremo. Cada vez experimentamos menos porque cada vez ocupa más la escena el “yo” que recuerda, un director de cine poseído y lunático, empeñado en grabar cada instante para subirlo a Facebook a la velocidad del rayo: apenas disfrutamos de la charla banal en el bareto apoyados en la barra, de esa canción memorable que no escuchamos realmente, pendientes de capturarla  con el teléfono para no verla nunca , de ese atardecer que no vale nada si no se convierte en foto viral entre amigos tan bobos como nosotros.

El “yo” que recuerda, cada vez más poseído, escribe nuestra biografía ( o mejor las biografías que queremos) en lenguaje facebook. Visitar el de cualquiera supone asistir a una exposición de lo buenos, listos,  guapos, solidarios, ocurrentes divertidos y, por supuesto “guays” que somos todos. Las miserias se esconden bajo la alfombra. Pero aunque también nosotros hayamos  visto “naves ardiendo más allá de Orion” como Batty, deberíamos prestar algo más de atención a nuestro minusválido "Yo" que experimenta. Porque es el que realmente construye nuestra vida. La real, no la diseñada para que les guste a otros.

sábado, 15 de agosto de 2015

Solo somos sueños ( y falsos)

“No existe lo real como algo acordado; solo hay versiones de la realidad”
David Shields

Ayer hice una encuesta entre mis amigos respecto a cual es el recuerdo mas antiguo que conservan. En algunos casos se remontan a cuando tenían solo tres años. El mío es  un poco más tardío, y en él aparecen fugazmente mi abuelo, una "guagua" y Benidorm. El verano es un buen momento para compartir sucedidos sorprendentes , divertidos o traumáticos que forman parte de tu historia. La duda es si llegaron a ser en algún momento reales o son simples cuentos, concienzudamente insertados dentro de tu biografiía.
Oliver Sacks escribió en The New York Review of Books sobre esas trampas que nos hace la memoria. Cuando era pequeño sufrió , como el resto de la población británica , los bombardeos de la aviación alemana. Uno de sus recuerdos mas vividos es el estallido de una bomba incendiaria detrás de su casa. En El tío Tungsteno describe con detalle el incidente: su padre accionando la bomba de agua y el y sus hermanos acarreando cubos de agua. Sin embargo , cuando lo leyó su hermano, le desmonto la fabula: en aquellos días los dos habían sido evacuados, y no pudieron por tanto haber presenciado aquel suceso. Muy probablemente procediera de alguna de las cartas de su otro hermano, cuya angustiosa descripción habrían acabado por ser incorporadas a la biografía intima de Sacks.
No lo ocurre solo a Sacks. Tambien le pasó, según cuenta Donald Schacter en Searching for memory, a Ronald Reagan antes de que se iniciara su demencia, cuando convirtió en experiencia propia la escena de una película sobre el derribo de un bombardero.
Me pregunto cuanto de lo que doy por cierto de mi vida existió realmente. O cuanto de lo que realmente sucedió ignoro. Según Sacks muchos de mis recuerdos no ocurrieron nunca, o fueron prestados por otros.¿Somos entonces unos continuos impostores? Probablemente no. Simplemente tenemos una memoria juguetona a la que le gusta montar tramas.
David  Shields , publico en 2010 Reality hunger ( hambre de realidad), en el que afirmaba que "cualquier cosa procesada por la memoria es ficción". Como señalaba en Babelia González Harbour, el asunto interesa mucho a escritores tan relevantes como Coetzee. interesados en desentrañar los limites entre creatividad y plagio, descubren que realidad, sueño, fantasía y mentira acaban por generar una amalgama de la que resulta imposible diferenciar cual es cual. Escrito a medias con la psicoanalítica Arabella Kutz, el libro de Coetzee ( el buen relato) plantea un tema sumamente interesante para los que abordan los conflictos psicológicos de sus pacientes: “¿debemos exigir al paciente que afronte la verdad o, por el contrario, colaborar o conspirar con él a la hora de crear un relato de su vida que le haga sentirse a gusto consigo mismo?”
Según Sacks ,gracias a que (casi) todo es olvido, tergiversación, manipulación y farsa podemos seguir creando, inventando nuevas realidades, construidas casi siempre de mentiras, o al menos de medias verdades. La frontera entre el plagio y la criptomnesia (entre la copia consciente y deliberada, o inconsciente y casual) es muy tenue.
Un ejemplo: George Harrison fue acusado de lo primero cuando compuso My sweet lord, de extrañas semejanzas con He is so fine de Ronald Mack. Algo parecido le ha sucedido este año a Ralegh Long , autor del precioso Hoverance,y cuya cancion Love kills all fear guarda sospechosas coincidencias con el Believe on me de Todd Rundgren. ¿Plagio, criptomnesia, homenaje?
Difícil saberlo. Tampoco importa si los temas son suficientemente buenos.
Shakespeare escribió en la 1ª escena del Acto IV de la Tempestad: “ we are such staff as dream as made on, and our little life is rounded with a sleep” ( estamos hechos del mismo material de los sueños, y nuestras pequeñas vidas se maduran con un sueño”. Se adelantó cinco siglos. Aunque sean falsos, solo somos sueños ( y falsos).


(Foto: Sacks vestido de Tabla periódica)

sábado, 8 de agosto de 2015

Rondó número 2 ( para Beverly)


Conocí a un tipo en República Dominicana  que medía el tiempo en Mundiales de fútbol. Un día, tras conversar sobre los partidos más memorables que habíamos visto me dijo: “porque a fin de cuentas, ¿cuántos Mundiales me quedan? ¿ Cuatro, cinco a lo sumo?” Nunca pensó que viviría la experiencia de ver a España ganar un Mundial. Como se que sigue vivo , me alegra saber que vio cumplido un sueño.
Pienso en él mientras leo Mi tabla periódica, un maravilloso artículo de Oliver Sacks, el neurólogo que hizo célebre al tipo que confundió su mujer con un sombrero. La unidad de medida de Sacks no son los Mundiales, sino la Tabla periódica: convierte los años en elementos, de forma que deduce que se encuentra en el año del Plomo ( el elemento 82). Sacks sufre un cáncer con metástasis hepáticas, y duda mucho de que pueda llegar al Bismuto ( el elemento 83). Ni pensar en acercarse al  peligroso Polonio ( el elemento 84), y queda descartado definitivamente el lejano planeta de Torio ( 90), tan hermoso como el diamante.
Sacks es consciente de que le queda poco tiempo. Lo sabe desde principios de año. No protesta, maldice ni se queja. Por el contrario agradece haber podido disfrutar de una vida buena, tener el privilegio de ser de los afortunados a los que el destino premió con la conciencia de pasar una temporada en la Tierra: aprendiendo, descubriendo, sufriendo, envejeciendo, amando… La visión de un “cielo salpicado de estrellas” ( como el verso de Milton) le hizo consciente de que la vida ( su vida) se apaga. La muerte asoma su sombra por detrás de la puerta, demasiado presente como para ignorarla. Y esa presencia es un estímulo para apurar los últimos sorbos de la copa de vino, recordando todo lo bueno que la vida le dio.
Por desgracia no enseñan como tener una Buena Muerte en los programas educativos. Tampoco en los Telediarios de fin de semana, en los que se la arrincona y menosprecia, engañando a los incautos con falsas promesas de inmortalidad y eterna juventud. El mensaje omnipresente es que uno debe ser siempre joven  y no serlo, una infinita desgracia: triste realidad la del treinteañero, nefasto futuro el del cincuentón.
En este escenario, la experiencia de la muerte se esconde, como algo que genera desagrado y vergüenza. Una vez más es John Berger el que , nadando a contracorriente, dinamita todos los tópicos al uso.  Tras la muerte de su mujer Beverly el pasado año publicó Flying Skirts , Falda volandera, la forma cariñosa con la  que se refería a su mujer ( traducida en España con el título de Rondó para Beverly)  . Un librito mínimo de 50 páginas, en el que su hijo Yves pone las ilustraciones, y en el que reflexiona en voz alta sobre la experiencia de la pérdida. Sin lamentos, cursilerías ni esperanzas en ningún más allá. Pero en el que, paradójicamente, uno encuentra sentido al hecho de envejecer, sufrir, y morir. Y en el que  el amor (esa palabra tan maltratada ) no es dependiente de cuerpos jóvenes ,sanos y hermosos.
“ Cuando estabas acostada de espaldas sin poder moverte porque el dolor te atenazaba, cuando lo único que podíamos hacer para amortiguarlo era darte otra dosis de morfina o de cortisona o recolocar los almohadones debajo de tu cuerpo, cuando ya no podías levantarte para comer y solo podías beber por medio de una pajita , cuando solo te podíamos alimentar a bocaditos, siempre con la misma cucharilla, una que tenía un mango que te gustaba, cuando había que lavarte seis veces al día, cuando ya solo orinabas o defecabas en pañales, cuando te frotábamos los talones o los codos para evitar que te salieran escaras, estabas incomparablemente bella. Y esa belleza incomparable emanaba de tu valentía”.
Estremece leer a Berger describir como un naturalista los lentes que acaba de recoger del óptico, cuando ya nunca se colocarán delante de los ojos que ama.  Y comprobar, una vez más, que es la música la que nos forma y conforma, la que traerá nuestro rastro cuando ya no estemos:
“ Te fuiste hace cuatro semanas. Anoche volviste por primera vez. O para decirlo de otro modo, tu presencia sustituyó a tu ausencia. Estaba escuchando una grabación del Rondó número 2 para piano de Beethoven. Durante casi nueve minutos, por lo menos, fuiste ese rondó, o ese rondó se convirtió en ti, Contenía tu levedad, tu persistencia, tus cejas arqueadas, tu ternura”.

Es difícil encontrar más amor, más belleza. Y más verdad.

( Ilustración de Yves Berger).

sábado, 1 de agosto de 2015

The Great Pretender





Oh-oh, yes I'm the great pretender
Pretending that I'm doing well
My need is such I pretend too much
I'm lonely but no one can tell
Too real is this feeling of make-believe
Too real when I feel what my heart can't conceal
Yes I'm the great pretender
Just laughin' and gay like a clown
I seem to be what I'm not, you see
I'm wearing my heart like a crown
Pretending that you're still around
The Great Pretender. Ram & Buck. The Platters

El Gran Farsante se presentó en la sala de prensa para cumplir con el expediente antes de salir de vacaciones. Dispuesto a representar nuevamente la farsa de que todo va bien, sacó de la manga unas nuevas chucherías con las que engatusar a la chiquillería de este país, y con lass que muchos olvidarán rápidamente los correazos que nos ha estado atizando en estos cuatro largos años. Por arte de magia, lo que antes era imposible dejó de serlo, de forma que  crecerán  un 1% los salarios de los funcionarios públicos ( por lo que parece, algo menos vagos que hace unos años), subirán las pensiones (eso sí, lo mínimo que establece la ley), se recuperará “en los próximos años” la paga extra perdida y hasta se cubrirán algunas de las numerosas vacantes existentes en los servicios públicos esenciales. En palabras del farsante, “ este es un país serio”.
Enarbolando unas bonitas imágenes de power point presumió de que España había pasado de ser el país que más empleo destruye al que más crea, por supuesto sin mención alguna a que la inmensa mayoría del trabajo creado es trabajo miserable, eventual, mal pagado y en condiciones que rozan o superan claramente el umbral de la explotación. Condiciones del siglo XIX que los empresarios aún no ven suficientes, en su marcha imparable hacia las tinieblas de la historia.
“The Great Pretender” reconoció a regañadientes en su lenguaje huero que  "hay personas que viven y han vivido situaciones de dificultad”. Una dificultad cuyo verdadero nombre es pobreza. Una dificultad cuyo auténtico nombre es miseria. Uno de cada tres niños se encuentra en España por debajo del nivel de pobreza que ya afecta a un 22% de la población, casi una cuarta parte. En el pasado mes de marzo un informe de la nada sospechosa de izquierdista Comisión Europa alertaba del alarmante número de hogares españoles sin ningún tipo de ingresos ( cerca de tres cuartos de millón el pasado año), o de la existencia de más de 12 millones de personas en riesgo de pobreza y exclusión social, cifra que no ha hecho más que aumentar en los últimos cuatro años.
Siguiendo una de sus grandes máximas (“ Los gobernantes estamos para resolver problemas, no para crearlos”), El Gran Farsante ha situado a España en un honroso segundo puesto entre los países con mayor nivel de desigualdad de Europa, solo superados por la inalcanzable Grecia. En el periodo 1985 a 2005 España había reducido el coeficiente Gini de 0.37 a 0.31, acercándose a la media de los países de la OCDE. Ahora se sitúa solo por detrás de los grandes líderes de la desigualdad: Méjico, Chile, Estados Unidos, Turquía e Israel además de la mencionada Grecia.
Pero donde El Gran Farsante llegó a su máximo nivel de expresión fue cuando afirmó que la sanidad en España es plenamente universal,  curioso modelo de “universalismo” del que quedan excluidos los inmigrantes en situación irregular. Admirable ejemplo de cinismo solo superado por el de otro grande de la más antigua farsa, el actual Ministro de Sanidad, quien a la salida del Consejo Interterritorial español exclamó: "Nadie quiere volver atrás, a una situación de descontrol. El único "problema" de esa norma  ( Real Decreto 16/2012) es que al tratar de impedir el turismo sanitario, residentes en España de forma irregular se quedaron sin asistencia sanitaria normalizada. La nueva regulación no puede abrir otra vez la puerta al turismo sanitario por el que se desangraba el sistema". Todos recordamos aquellos días terribles, con las calles anegadas de sangre del sistema.

“Oh sí, soy el gran farsante
fingiendo que estoy haciendo el bien

mi necesidad es tanta que finjo demasiado”





jueves, 30 de julio de 2015

Tolerancia cero al error médico (II)

Sigamos analizando ese medio tan "poco fiable" de averiguar lo que le pasa a un ser humano al que llamamos médico. Por desgracia para los partidarios de convertir la medicina en una técnica electrónica (de esas que se aplican ahora en cualquier taller cada vez que un coche se estropea) aún parece que queda un rato hasta que los seres humanos puedan ser chequeados por un programa informático y en el peor de los casos, reiniciados. Danielle Ofri comenzaba su artículo en el New York Times relatando un día cualquiera, en una consulta cualquiera, de casi cualquier médico, en cualquier parte del mundo: el paciente que ha iniciado tratamiento por un hipotiroidismo y se siente mal, el que tiene punzadas en la parte baja del abdomen, la señora a la que le queman los pies, aquel otro que no puede con la vida… Todos se encuentran mal y todos exigen una atención inmediata… 
Detrás de cada una de esas decisiones se esconde un amplio abanico de opciones que oscilan entre la simulación y la muerte. En los libros se le llama diagnóstico diferencial. Para ello el médico cuenta esencialmente con tres instrumentos: hacer las preguntas correctas, escuchar con atención y acertar a escuchar las señales que van escondidas en una historia y un cuerpo. 
Enumerar las causas que podrían producir ese cuadro, seleccionar la más probable y explicar al paciente lo que cree que tiene y lo que procede hacer ( o lo que es áun peor, explicarle por qué no sabe lo que tiene) es algo que el médico debe hacer en mucho menos tiempo del que emplea un dependiente en buscarte un pantalón de la talla 40. Si dispusiera de una hora por paciente ( lo que emplea un abogado en analizar superficialmente una demanda de asesoría) quizá no fuera tan difícil. Pero el médico debe hacer eso, con 50 pacientes, disponiendo de apenas 5 minutos para cada uno de ellos: mucho menos de lo que tarda mi hija en elegir si hoy le apetece un helado de fresa o de nueces de macadamia. 
El problema es que la decisión no es banal. Esa molestia en la boca del estómago puede ser la última neura de un hipster, pero también las primeras manifestaciones de un cáncer de páncreas . La mujer que no duerme puede tener un hipotiroidismo, pero también puede estar sufriendo violencia en casa que no quiere confesar. El que se queja de mareos puede ser un obseso del chequeo de catástrofes en Internet, pero también podría tener un trastorno del ritmo cardiaco, a pesar de su cara de bobo. 
Se requiere que ese trabajo, cada vez menos apreciado y valorado socialmente, se haga rápido y sin posibilidad de fallo, como el montador de tuercas de patines. La actitud de sus jefes suele ser la del explotador impaciente; en palabras de mi abuela “ déme una limosna , pero démela rápido , que tengo mala leche”. Todos aquellos que consideran que un médico de familia puede hacer bien su trabajo en 5 minutos, no solo están menospreciando un trabajo sumamente valioso y complejo, sino que en el fondo están considerando a los pacientes como meros objetos, juguetes rotos, cachivaches descuajeringados que cualquiera puede recomponer. 
Por supuesto es cierto que existen también médicos que no sabrían que hacer con 20 minutos por paciente ,porque nunca tuvieron conocimiento ni habilidades ni actitudes para ejercer su oficio o las perdieron por el camino, instalados en la comodidad del trabajo en cadena de receta y tentetieso. Por supuesto que los médicos de familia que llevan tiempo en sus cupos ( cada vez menos) son capaces de saber  a menudo que les pasa a sus pacientes sin más que mirarles a la cara ( cada vez menos porque donde hay que mirar es al ordenador). Pero seguir tolerando que se considere normal atender a los pacientes en 5 minutos  (algo que no ocurre en ningún país civilizado) es algo que no se debería permitir más. Aquí si hace falta Tolerancia cero…pero al desprecio de la dignidad del trabajo bien hecho.
(Viñeta de El Roto en El Pais)