viernes, 20 de noviembre de 2020

Mascarillas: más ciencia y menos autoritarismo de experto



Hace dos días se publicó en los Annals of Internal Medicine un ensayo clínico aleatorizado sobre la efectividad de la recomendación del uso de mascarillas  añadido a otras medidas de salud pública.

Por su interés, traducimos el comentario que hacen al respecto Carl Henegan y Tom Jefferson del Centre for Evidence Based Medicine (CEBM) de la universidad de Oxford:

“¿Sirven las máscarillas? A principios de este año el gobierno británico decidió que las mascarillas podrían jugar un papel significativo en la detención la COVID 19, para lo cual se estableció su uso obligatorio en determinados lugares públicos. Pero, ¿están sustentadas estas medidas en la evidencia científica?

Ayer se publicó por fin un ensayo clínico reiteradamente retrasado en Dinamarca que espera responder a esta cuestión.El llamado “Danmask-19 trial” fue realizado en primavera con más de 3000 participantes, cuando no había indicación de llevar mascarilla pero sí estaban en marcha otras medidas de salud pública. La principal diferencia con otros estudios sobre mascarillas estriba en que éste es un ensayo aleatorizado  controlado, el estudio científico de mayor calidad.

Alrededor de la mitad de los participantes en el ensayo recibieron 50 mascarillas quirúrgicas desechables , a los que se indicó que deberían sustituirlas cada ocho horas. Al cabo de un mes  se realizó a los participantes un estudio que incluía PCR, determinación de anticuerpos y test de flujo lateral, comparando los resultados con los de los participantes que no habían utilizado mascarillas.

Al final, no se encontraron diferencias estadísticamente significativas entre los que portaban mascarillas y los que no cuando fueron afectados por la COVID 19.1,8% de los que llevaban mascarillas acabaron infectados por COVID 19 frente 2,1% del grupo control.Como resultado, parece que cualquier efecto que las mascarillas pudieran tener en la prevención de la difusión comunitaria de la enfermedad , de existir, sería muy pequeño.

Por supuesto no todas las personas emplean las mascarillas adecuadamente. Solo el 46% de los que participaron en el ensayo portando mascarillas reconocieron que lo hacían de acuerdo a las normas. Pero incluso los que utilizaban las mascarillas “exactamente como se indicaba”  no presentaban diferencia en los resultados: un 2% de este grupo fueron también infectados.

En relación con el uso de mascarillas parece que aún existe escaso estudios de adecuada calidad respecto a su utilidad para prevenir enfermedades transmitidas por vía aérea. Los resultados del Danmask-19 trial se asemejan a los resultados de otros estudios realizados con pacientes con cuadros gripales.Otros 9 ensayos realizados para evaluar la eficacia del uso de las mascarillas ( dos realizados en trabajadores sanitarios y 9 analizando la transmisión comunitaria) encontraron que dichas mascarillas tuvieron escaso efecto en contagiarse de la gripe o no.

Pero en conjunto, existe una preocupante falta de pruebas robustas respecto al efecto del uso de mascarillas en la COVID 19. Se han realizado únicamente tres ensayos comunitarios en la presente pandemia comparando el uso de mascarillas con diferentes alternativas: uno en Guinea-Bisau, otro en India y este tercero en Dinamarca. El bajo número de estudios sobre ele efecto de diferentes intervenciones en la prevención de la difusión de COVID 19 ( un aspecto de vital importancia) sugiere que hay una absoluta falta de interés de los gobiernos en aplicar realmente los fundamentos de la medicina basada en pruebas. Lo que contrasta sobremanera con las ingentes sumas de dinero mpleados en 2relaciones boutique” con consultoras que asesoran a los gobiernos.

El único ensayo que ha demostrado la efectividad de la mascarilla para detener enfermedades de transmisión aérea han sido estudios observacionales que observan a las personas que habitualmente usan mascarillas, en lugar de intentar comparar con un grupo control.Estos estudios incluyen los realizados en el Lejano Oriente durante la epidemia de SARS CoV 1 de 2003,los cuales mostraron que las mascarillas podrían funcionar especialmente si eran empleadas por trabajadores sanitarios y pacientes acompañadas de un lavado estricto de manos.

Pero lo estudios observacionales son susceptibles a un sesgo de recuerdo: en el pico de la pandemia no mucha gente podrá recordar si y cuando utilizaron mascarilla y cuanto estaban distanciados de otras personas. La falta de asignación aleatoria de mascarillas puede también “confundir” los resultados y podría no tener en consideración los efectos estacionales. Un estudio observacional reciente tuvo que ser retirado cuando el descenso reportado en las tasas de infección en el verano se revirtieron cuando fue afectado por el efecto estacional y las tasas volvieron a incrementarse.

Por esta razón, grandes ensayos aleatorizados como el reciente de Dinamarca son tan importantes si queremos entender realmente el efecto de medidas como el uso de mascarillas. Muchos argumentan que es demasiado complicado esperar al resultado de ensayos randomizados pero Danmask 19 ha demostrado que este tipo de estudios son más que factibles.

Y ahora que disponemos de investigación científica rigurosa en la que confiar, la evidencia demuestra que usar mascarillas en la comunidad no reduce significativamente las tasas de infección”.

Leamos otro comentario al estudio. Otra opinión bien autorizada, la de Vinay Prasad, autor del imprescindible Medical Reversal, quien en MedPage Today analiza el ensayo. Para él lo que demuestra éste es que es posible hacer buenos ensayos aleatorizados sobre las medidas no farmacológicas  empleadas para la COVID-19 y que son “más necesarios que nunca”. Máxime cuando ridículamente el apoyo o no al uso de mascarilla ha acabado convirtiéndose en una prueba de la orientación política. Incluso llega a señalar que algunos defensores a ultranza del uso de mascarillas han cuestionado la publicación de trabajos de este tipo porque ¡“podría disminuir el entusiasmo sobre el uso de mascarillas”¡ La imbecilidad humano, como se ve, no tiene límites.

Como escribe Prasad, la mascarilla no es el paracaídas. Su efecto, en el mejor de los casos, no pasa de modesto. De hecho, y aunque en España exista una persecución intelectual y casi física al que ose cuestionar la orden totalitaria del empleo de mascarilla hasta en la cima más solitaria del territorio, son muchos los países en que el empleo de la misma no es obligatorio en espacios abiertos y mientras se pueda mantener una distancia social adecuada.

En opinión de Prasad el trabajo danés no responde definitivamente a la pregunta pero es útil, está bien hecho, y sería urgentemente necesario que este tipo de estudios proliferaran. De hecho urge realizar, en su opinión, “Cluster randomized Trial” que evalúen diferentes estrategias sobre uso, como las siguientes: ¿ha disminuido la transmisión de la SARS CoV 2 en países donde: 1) se insta a la población a usar mascarilla porque es una cosa patriótica hacerlo, 2) se aconseja hacerlo porque protege a los demás. 3) se aconseja usarla y se distribuye una caja a cada hogar. 4) se aconseja en espacios interiores pero no exteriores y 5) las autoridades no se pronuncian.

Así funciona la ciencia “de verdad”. No la ciencia de supuestos expertos, charlatanes de feria que llenan los espacios televisivos como lo llenaban antes los artistas de First dates, basados en opiniones, barruntos u ocurrencias. Es muy poco lo que sabemos sobre las medidas puestas en marcha por los gobiernos sobre la pandemia. Por eso  urge la buena ciencia. Y hasta entonces preferiría no ser multado o detenido por intervenciones de eficacia cuando menos dudosa.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Vidas frente a vidas


“El requisito fundamental de toda buena medida de salud pública es una estimación cuidadosa de sus ventajas y desventajas, tanto para los individuos como para la comunidad, de forma que sólo deberían ser implantadas cuando hay un desequilibrio evidente hacia las ventajas
".

Gordon Smith

Paseando por mi ciudad, Albolote, en la provincia hoy en día más castigada por la pandemia de España, mientras circulo con miedo por no disponer del salvoconducto adecuado para ir a hacer una fotocopia, temeroso de la patrulla de policía local, nacional o civil que pueda detenerme, molestarme y multarme, me entero de que el dueño de uno de mis bares preferidos se ha suicidado: era un tipo malencarado, ducho en el arte de practicar ese estilo de vida llamado “malafollá”, pero que me hacía disfrutar con las tapas que ofrecía, siempre las mismas pero siempre deliciosas. No pudo aguantar más confinamientos, cuarentenas, reglamentaciones y deudas, y decidió quitarse de en medio. Y mientras tanto escucho a los políticos, epidemiólogos y expertos habituales en la radio, quienes tras el escaso éxito de sus toques de queda, confinamientos perimetrales y autonómicos, se disponen a enmascarar una vez más su incompetencia amenazando con el confinamiento domiciliario y total, la vuelta a los balcones, la persecución de los díscolos. Y me ha hecho pensar en el falso y espúreo dilema entre salud y economía, en la tergiversación del asunto que supone primar la reducción de cifras por encima de todo, ignorando que todo está entrelazado: vida y salud, salud y subsistencia, solvencia y contacto. Y recordé la reflexión sabia de George David Smith ,(el profesor de epidemiología de la Universidad de Bristol de uno de cuyos clarividentes trabajos hablábamos hace unos días) que a continuación traduzco:

"El dilema “vidas versus economía” es inútil; no es principalmente la economía y los empleos los que se ven mermados por los confinamientos totales o parciales, sino que lo que sufre es la riqueza casi inimaginable de la vida en todos sus dominios. Somos seres sociales, y los confinamientos nos despojan de una gran parte de esa sociabilidad.

Por lo tanto, no debemos pensar en vidas frente a la economía, deberíamos enmarcar esto como vidas frente a vidas, como escribió Ramesh Thakur con respecto al covid en India.

Piense en los abuelos que no vieron a sus nietos en persona durante meses, la cantidad de nuevas relaciones que no comenzaron, el número de amistades que se han distanciado inevitablemente, y multiplique para cada uno de estos casos el ingente número de personas afectadas.

Piense en el futuro inmediato y a largo plazo de los niños cuya educación ha sido arrojada, irreversiblemente para muchos, al caos. Piensa en cómo se ha reducido o desaparecido todo aquello que disfrutas, las bromas sobre el partido de anoche o lo increíble que se ha vuelto ese argumento.

Piense en los cafés, salas de concierto, pequeñas empresas de todo tipo, pubs, librerías y tiendas de discos, restaurantes, tiendas de deportes, cualquier aspecto  que valore, y que ve permanentemente cerrados mientras camina por su ciudad.

Piense en las personas que mueren solas (y de forma obligatoria), y como pasan ahora las horas los seres queridos que fueron excluidos de ese proceso de despedida

Piensa en tu peor experiencia de soledad e imagina que se extiende hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, hasta que simplemente se convierte en el proceso de cómo pasar el tiempo.

Pero, sobre todo, piense en qué es lo que más valora y disfruta, y que se ha visto limitado por el confinamiento total o parcial, y compártelo, para que podamos tener un amplio compendio de lo que necesitamos poner en el lado del débito en el cálculo de "vidas contra vidas".

Las consecuencias adversas recaen especialmente en aquellos con menos recursos. Por el contrario, los que disponen de casas con muchas habitaciones y espacio por residente, con jardines u otro espacio al aire libre, con recursos económicos que puedan amortiguar la adversidad, en condiciones en las que es posible escolarizar a sus hijos en sus hogares, quienes pueden trabajar - y trabajar cómodamente - desde casa, quienes no dependen del transporte público y quienes no están limitados por arduas responsabilidades de cuidado, generalmente encontrarán considerablemente más fácil adaptarse al confinamiento total o parcial.

El hedonismo no es una ciencia exacta: los aspectos de la vida que más importan son completamente individuales, y por lo tanto sopesar si la reducción del riesgo es preferible a las limitaciones de la vida diferirá entre individuos y grupos. Los más influyentes en política provienen en gran medida de aquellos con antecedentes privilegiados, que han resistido condiciones de encierro en circunstancias más favorables, lo que se verá reflejado en lo que decidan decirnos sobre cómo deberíamos todos - de hecho tenemos que – comportarnos.

Oímos hablar de "salvar vidas o salvar la economía", pero al final no "salvas vidas"; todos morimos, en el mejor de los casos retrasas las muertes. Dado que la mayoría de las personas no llegan a los 90 en Reino Unido, es sorprendente que n el mayor número de muertes por covid 19 en mujeres en el Reino Unido ocurra en aquellas con más de 90 años.

Necesitamos evaluar la gama completa de consecuencias adversas de la infección por SARS-CoV-2; de hecho, deberíamos contar los efectos prolongados y las secuelas de COVID 19  y todos los resultados adversos, no solo los años de vidas perdidas debido a las muertes por covid. Y debemos también contar la carga creciente de daños a la salud no relacionados con el covid, como consecuencia de las restricciones impuestas, y también debemos considerar la gama completa y el volumen masivo de las pérdidas en la vida de los vivos. Porque para muchos, el objetivo de la vida es más que simplemente años vividos y riesgos evitados.

Como nos recuerda Bernard-Henri Lévy “una vida no es una vida si es meramente vida”. No escuchemos más sobre la interminable palabrería de "vidas contra la economía"; esto es mucho más serio que eso: lo que enfrentamos es la ponderación de vidas contra vidas.

Finalmente, no deberíamos estar en la situación en la que nos encontramos: las intervenciones de salud pública nunca deberían implementarse sin antes considerar la gama completa de sus posibles consecuencias".

martes, 10 de noviembre de 2020

Violencia estructural


El Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid (España) declaró hace unos días que la situación de la pandemia en Madrid se debe a las vacaciones que tomaron los profesionales sanitarios durante el mes de agosto.

Aprovechando las prerrogativas que establece el estado de alarma establecido por el “progresista” gobierno de la nación y apoyado por la mayoría de fuerzas políticas, la Orden de 8 de noviembre de 2020 de la Junta de Andalucía establece nuevas medidas sobre recursos humanos y medios para la gestión de la crisis del Covid-19 en el Servicio Andaluz de Salud. En él se declara que en virtud del citado estado de alarma “las autoridades autonómicas puedan imponer (sic) en su ámbito territorial la realización de las prestaciones personales obligatorias que resulten imprescindibles en el ámbito de sus sistemas sanitarios y sociosanitarios para responder a la situación de emergencia sanitaria que motiva la aprobación del propio real decreto”.

En él se establece que “ Cuando las circunstancias concretas que concurran en un determinado centro sanitario imposibiliten el mantenimiento de la asistencia sanitaria a la población con los recursos humanos disponibles, las disposiciones relativas a jornada de trabajo, periodos de descanso y disfrute de vacaciones reglamentarias podrán ser transitoriamente suspendidas por el Gerente del Centro “. También “podrán quedar sin efecto las limitaciones relativas a la duración de la jornada, al régimen de trabajo a turnos y a los periodos mínimos de descanso diario y semanal, contenidas en la normativa vigente”. La Gerencia del Distrito Sanitario de Atención Primaria, Hospitales, Áreas de Gestión Sanitaria y Centros de Transfusión, Tejidos y Células podrán asignar al personal de los centros sanitarios funciones o tareas distintas a las correspondientes a su puesto de trabajo, categoría o especialidad, dentro de su grupo de clasificación”  y así mismo “El personal del Servicio Andaluz de Salud podrá ser adscrito temporalmente a puestos de trabajo que, como consecuencia de la situación epidémica, se hallen coyunturalmente desatendidos, aunque estén ubicados en unidad o centro sanitario distintos al de su destino…”. Los criterios para determinar quien sufre estas medidas son esencialmente de antigüedad, como en el ejército, modelo de referencia implícito en la respuesta ante la pandemia ( puesto que estamos en guerra con un enemigo invisible deberemos comportarnos como soldados).

Este tipo de normativa en cualquier caso no es una iniciativa propia de la Junta de Andalucía, sino que simplemente hace efectivo en este territorio el ignominioso Real Decreto Ley 19/2020 promulgado por el gobierno de España, el de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, y que modifica unilateral y radicalmente las reglas del juego que gobiernan el ejercicio clínico en España y del que ya hablamos en su momento.

Atrás quedaron aquellas llamadas a aplaudir a los sanitarios durante el primer pico por parte de los gobiernos del país, uno de los actos más hipócritas y ridículos que se recuerdan.  Hipócritas porque cuando tuvieron la oportunidad de actuar reconociendo realmente el trabajo de los profesionales sanitarios, los gobiernos de toda índole y signo se limitaron a mantener la situación de grave deterioro estructural del sistema sanitario, sin refuerzo real de los servicios sanitarios con el argumento  de que “no se encontraban médicos ni enfermeras”. Prefirieron dedicar parte de los fondos COVID-19 a las televisiones autonómicas ( como TV3 o Canal Sur). No es cierto que falten profesionales: lo que faltan son condiciones laborales dignas, que el Real Decreto Ley 19/2020 empeora aún más.

Esta no es una situación nueva: como tantos otros problemas del sistema sanitario español tiene raíces profundas: la política de recursos humanos responde a un modelo establecido  desde la dictadura donde los profesionales sanitarios son , en palabras de Juan Simó “petróleo barato”: todos los gobiernos desde 1978 han promovido la existencia de un excedente de profesionales que permitiera mantener los salarios más bajos de la Unión Europea puesto que siempre habría alguien dispuesto a cubrir el puesto del que renuncia. Un sistema donde el acceso a la plaza estable ha sido empleada como instrumento político, demorando su convocatoria hasta en décadas para mantener a la mayor proporción posible de profesionales en situación provisional, convocándolas antes de los procesos electorales y dilatando años su resolución: todos los partidos han participado de la misma miserable estrategia.

La falta de ampliación de plantillas, los sueldos bajos, la situación precaria se palía con aumento de días de vacaciones, que siempre suponen sobrecarga para el resto de compañeros puesto que nunca se suple. Esas vacaciones que luego se utilizan como causa de la catastrófica situación de la pandemia.

La política de recursos humanos en España es violencia estructural que acaba por entenderse como natural: Imposición, prestaciones sanitarias obligatorias, suspensión de permisos, limitación de los periodos de descanso, asignación de tareas diferentes a aquellas para las que está habilitado o trabajo en lugares diferentes al que especifica su contrato…. Aquí están las claves que orientan la estrategia española para afrontar la pandemia. Y se extrañan de que seamos el país de Europa que peor está gestionando la crisis.

jueves, 29 de octubre de 2020

Neolenguas: sobre la ausencia de rendición de cuentas en España


"La guerra es la paz

la libertad es la esclavitud

la ignorancia es la fuerza”

1984. George Orwell.

El pasado domingo 25 de octubre el presidente del gobierno español comunicó la intención de su gobierno de declarar el estado de alarma por un periodo de 15 días prorrogable 6 meses más, hasta el 9 de mayo. El estado de alarma , según establece la Constitución “será declarado por el Gobierno mediante decreto acordado en Consejo de Ministros por un plazo máximo de quince días, dando cuenta al Congreso de los Diputados, reunido inmediatamente al efecto y sin cuya autorización no podrá ser prorrogado dicho plazo”. Durante la vigencia del estado de alarma ( según establece el Tribunal Constitucional) “se puede, entre otras medidas, limitar la circulación o permanencia de personas o vehículos en horas y lugares determinados, practicar requisas temporales e imponer prestaciones personales obligatorias, intervenir y ocupar transitoriamente industrias, fábricas, talleres, explotaciones o locales, limitar o racionar el uso de servicios o el consumo de artículos de primera necesidad.”

No es por tanto un aspecto menor, algo que pueda delegarse en la autoridad sin menoscabar derechos fundamentales. Ser privado de dichos derechos por seis meses en un régimen democrático, no es justificable cuando es imposible conocer a estas alturas la evolución  de la causa que aparentemente lo genera (la pandemia COVID-19). Una decisión de tal gravedad solo sería entendible durante tanto tiempo si el Presidente del gobierno supiera con certeza que los efectos de no declarar el estado de alarma producirían una mortalidad de la envergadura de las ridículas previsiones del grupo de Neil Ferguson para el Imperial College ( los que aseguraban que de no confinar completamente Estados Unidos se producirían más de dos millones, doscientas mil muertes). Más bien al contrario, la mano derecha del presidente del gobierno en asunto epidemiológicos ( Fernando Simón) se permitía en el programa de variedades de Planeta Calleja afirmar que para la misma fecha en que finalizaría el estado de alerta andaríamos todos como antes de la pandemia. El estado de alarma permite la adopción de múltiples medidas que coartan gravemente la libertad. Como por ejemplo el establecimiento de “toques de queda”, que en la particular neolengua del presidente del gobierno y de algunos presidentes autonómicos ( Galicia por ejemplo), pasan a denominarse “ restricciones nocturnas a la movilidad”. Es entendible que busquen términos amables para un concepto extraído de los estados de sitio y el ejercicio de las más estrictas dictaduras ( por mucho que  se establezcan también en Europa), que generan evidentes perjuicios para las personas y los trabajos, y cuya efectividad para controlar la pandemia es más que discutible: probablemente nadie ha descrito mejor que Javier Segura el desatino de la medida, que viene de nuevo a señalar a la noche como la madre de todos los males y pecados, como si el SARS-CoV 2 fuera un depravado personaje a la búsqueda de jovencitos y jovencitas desaprensivos.

En cualquier caso, y aceptando el estado de alarma como animal de compañía hasta mayo, ignorando los graves efectos en trabajos, empleos y negocios, uno esperaría un control regular de su ejercicio, y una rendición de cuentas real de sus efectos. Para el presidente esa se limitaba inicialmente a la comparecencia cada quince días de su Ministro de Sanidad, probablemente porque él tiene cosas más importantes que hacer que esa necedad de rendir cuentas; al final ha tenido que “someterse” a acudir cada dos meses a “explicar la evolución de la pandemia”, lo que ha generado un desconocido apoyo parlamentario ( casi 200 diputados) probablemente porque todo político español es alérgico por naturaleza a la rendición de cuentas.

Al otro lado de la misma ciudad, la presidenta de la Comunidad de Madrid, probablemente una  de las tres personas con responsabilidades políticas más irresponsables e incompetentes del mundo ( en dura pugna con Trump y Bolsonaro) responde de la siguiente forma a la pregunta realizada por una periodista sobre cómo iba a dotarse de profesionales el hospital de Valdebebas,monográficamente dedicado a la pandemia: “es una pregunta que no se hace a un presidente autonómico”.

Es muy grave la ignorancia de esta persona bajo cuya responsabilidad se encuentra la comunidad autónoma con mayor PIB de España. Ignora que un hospital no es un edificio, no es su infraestructura, que precisa no sólo personal cualificado contratado a través de procedimientos reglados, sino que necesita un modelo de gestión y de atención, una fórmula de financiamiento y un órgano para su gobernanza y dirección estratégica. Aspectos que no sólo debería conocer, sino sobre los que en cualquier país del mundo está obligada a rendir cuentas: por sus inversiones, decisiones y sus  actos, obligaciones que por su actitud claramente desprecia.

La rendición de cuentas de los responsables políticos es sistemáticamente despreciada en este país que sigue en puestos de honor en el mayor desastre humano de la pandemia. Es bastante plausible que el virus SARS CoV 2 no tenga mayor virulencia en España que en el resto del mundo; y es bastante probable que, aunque en España haya irresponsables , estos no sean mucho más numerosos que en otros países del mundo, máxime cuando somos tan obedientes a la hora de cumplir prohibiciones estúpidas como no permitir a los niños jugar en los parques. Por lo que es probable que la gestión de la pandemia sea la causa principal de nuestro nefastos resultados en infecciones y muertos: de la que sus responsables eluden rendir cuentas sistemáticamente, queriendo hacernos creer que lo que es un desastre trágico es un magnífico ejercicio de liderazgo. En su neolengua.

lunes, 26 de octubre de 2020

Sobre la vanidad de la ciencia

 


El pasado 4 de octubre fue publicada la Great Barrington Declaration, que promueve la estrategia llamada de Protección Enfocada como abordaje frente a la pandemia COVID-19; ésta prioriza la puesta en marcha de medidas para proteger a los más vulnerables mientras recomienda reanudar la normalidad para el resto de la sociedad.  La justificación de la misma se basa tanto en el progresivo incremento de la inmunidad en la población, como los graves efectos que pueden producir los confinamientos masivos y repetidos. La declaración está liderada por tres epidemiólogos reputados, Martin Kulldorff (profesor de medicina en la Universidad Harvard), Sunetra Gupta (profesora de epidemiología de la Universidad de Oxford), y Jay Bhattacharya, profesor de epidemiología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford. Como reacción frente a ella, otro grupo de expertos también muy reputados (Nisreen A Alwan, Rochelle Ann Burgess,
Trisha Greenhalgh, Marc Lipsitch,  o Martin McKee),  publicaron en Lancet una llamada a firmar otra declaración, el John Snow Memorandum ( de inequívocos aromas a Juego de Tronos), en que se deslegitimaba con vehemencia la anterior declaración ( a la que consideran una “peligrosa falacia sin evidencia que la soporte”), afirmando con rotundidad que “ controlar la difusión en la comunidad de la COVID 19 es la mejor forma de proteger personas y economía hasta disponer de vacunas o tratamientos efectivos en los próximos meses”. “No podemos permitirnos distracciones” concluyen.

Curiosa la forma de dilucidar la efectividad o eficiencia de intervenciones ( que tanto preocupaban a Cochrane), no a partir de las pruebas existentes, sino mediante el respaldo a comunicados y manifiestos. Hasta tal punto llega el desatino que GD Smith, Blastland y Munafo publicaron hace unos días un editorial en BMJ señalando que con respecto a la pandemia que las certezas proliferan por doquier, con expertos que se multiplican exponencialmente para desacreditar continuamente al que difiere de su punto de vista.

A la manera de los tertulianos de las emisoras de radio y televisión capaces de opinar de cualquier tema todos los días de la semana, los expertos en epidemiología, pandemias y vacunas se han convertido en las nuevas estrellas de la televisión desplazando en el interés de los espectadores a los habitantes de Sálvame Deluxe; consultados cada día por múltiples medios, asombra esa capacidad de estar al día de  todo lo que las revistas científicas producen, de toda la información epidemiológica que se genera al segundo, casi tan rápido como las oscilaciones de la bolsa de Wall Street.

Hoy en día no hay profesión más admirada socialmente que la del científico. Pronto aparecerán series de Netflix con Faucis o Fernando Simones como protagonistas. Basta con escuchar el nivel de embeleso con el que son entrevistados por periodistas mucho más incisivos con otro tipo de protagonistas de la actualidad para comprobar hasta qué punto el científico (o la científica) se ha convertido en el sacerdote o la sacerdotisa del siglo XXI. Su imagen de gente abnegada, altruista, solo pendiente del virus que crece en su laboratorio o el funcionamiento de la mitocondria de sus ratas es enternecedor. Nunca aparec, sin embargo, su cara oculta, la gestión autoritaria del personal a cargo, la humillación de becarios y colaboradores más jóvenes, , el ansia por la publicación a toda costa en revistas del primer cuartil para aumentar su factor de impacto, para conseguir de cualquier forma nuevos fondos con que financiar sus proyectos que a menudo acaban devolviendo porque su glotonería no les permite abarcar tanto. Alguien con tanto prestigio como Trisha Greenhalgh no tiene rubor en protestar porque el BMJ no permita incluir más de 4 autores privando a sus “junior” de poder hacer curriculum. Richard Horton el director de The Lancet se escandalizaba ante un correo recibido de un “médico de trinchera” que denunciaba cómo algunos académicos se aprovechan de la información que éstos generan sin compartir con ellos la autoría.

En su imprescindible Can Medicine be cured?, Seamus O’Mahoney describe el comportamiento de los grandes centros de investigación de lo que él llama Mala Ciencia ( Bad Science) como de cuasifeudales, donde la mezcla de incentivos perversos, comercialización y obsesión por la carrera científica lleva a pervertir el fin de la ciencia:”la promoción científica en ciencia  depende en gran medida de las métricas de la publicación, que se sustenta en el número absoluto de artículos publicados  , y con que frecuencia éstos trabajos son citados por terceros”. O’Mahoney cita los trabajos del historiador Daniel Kevles a propósito de las investigaciones lideradas por Al Gore sobre el fraude científico donde señalaba que “ para Gore y otro muchos el fraude en las ciencias biomédicas era similar a los antecedentes de pederastia en la iglesia”.

Buena parte de ese desmedido esfuerzo de los científicos que ha generado una descomunal producción durante la pandemia tiene más que ver con la vanidad y ambición personal que con un intento real de mejorar la situación de las personas.

GD Smith y colegas señalan que la certeza es el anverso del conocimiento: “ a la hora de decidir a quien escuchar en la era del COVID-19 , deberíamos respetarr a quienes respetan la incertidumbre,y escuchar a quienes reconocen las existencia de evidencias contrapuestas o que incluso cuestionan sus convicciones más sólidas.Cuanto más seguro esté alguien sobre el cOVID-19 menos deberías confiar en él”.

La ciencia está llena de grandezas, pero también de mucha miseria, como cualquier tipo de actividaad humana