Iona Heath publicó la semana pasada un ensayo en el BMJ sobre la importancia del lenguaje en el contexto de progresiva deshumanización del ejercicio de la medicina. El contenido del mismo se
presentó por primera vez en la
conferencia sobre Prevención del Sobrediagnóstico, celebrada en Oxford el 3 de
septiembre de 2025.
Por su extraordinaria importancia e interés y con autorización se su autora se traduce a continuación:
Combatiendo la
biomedicalización destructiva del lenguaje clínico.
¿Preparados para el futuro?
Para la mayoría de los médicos,
gran parte del plan decenal de Wes Streeting para el NHS en Inglaterra (Fit forthe future, Preparados para elel futuro"), está escrito en un lenguaje alienante,
burocrático y tecnocrático que resulta ajeno.
El recuento de palabras en el
informe de julio de 2025 es revelador: “genoma” (17), “genómica” (51),
“digital” (122) e “IA” (107); frente a “continuidad” (4), “sufrimiento” (7),“consuelo”
(1), “amabilidad” (0) y “solidaridad” (2). La victoriosa retórica del riesgo y
la prevención supera con creces cualquier exploración del lenguaje de la
enfermedad, del miedo y la esperanza, que es la realidad de la consulta. Y, a pesar
del poder de las pruebas que respaldan la pirámide de experiencias adversas
infantiles de Vincent Felitti,el recuento de palabras para “pobreza” (9) y “violencia”
(2) en el informe de Streeting es mínimo.
La apoteosis de este lenguaje
tecnocrático llegó con la propuesta (que acaparó titulares), de someter a todos
los recién nacidos en Inglaterra a la secuenciación genética. Trevor Sheldon y
John Wright respondieron en el BMJ: “El cribado genético poblacional, con
sus inherentes falsos positivos, falsos negativos y las consecuencias clínicas
impredecibles de las mutaciones, tiene el potencial de generar una vida de
ansiedad para los padres y sus hijos. Corremos el riesgo de convertir a las
futuras generaciones en pacientes desde el momento de su nacimiento, con
sobrediagnóstico y sobre-tratamiento... Si bien los políticos no pueden alterar
nuestro código genético, sí pueden abordar las desigualdades sociales
sistémicas”.
Como toda intervención impulsada
únicamente por la teoría, la innovación técnica y las aspiraciones políticas,
esta propuesta de cribado profundamente errónea se basa en la descontextualización
e ignora por completo el poder del contexto socioeconómico en el que nace cada
niño para determinar su salud futura. La persistente brecha en la esperanza de
vida entre las personas más ricas y las más pobres no se explica por nuestros
genes, sino por el contexto en el que se desarrolla nuestra vida.
Aprendiendo de la literatura de la colonización
El gran escritor keniata Ngũgĩ wa
Thiong'o murió en mayo de 2025 a la edad de 87 años. Había vivido, analizado y
escrito sobre la experiencia de la colonización. En su colección de ensayos de
1986 (Descolonizar la mente), exploró el extraordinario poder que las lenguas coloniales
ejercen sobre los pueblos colonizados. Su último libro (Descolonizar el lenguaje y otrasideas revolucionarias), explora la extensión con la que la colonización
económica y política ha estado sustentada por la colonización del lenguaje. Probablemente
la difícil situación de los trabajadores sanitarios del Reino Unido, que luchan
por atender a los pacientes en la primera línea de la práctica clínica, puede
entenderse como resultado (al menos en parte) de la colonización de la atención
sanitaria y la práctica médica por parte del complejo médicoindustrial.
De hecho, Ngũgĩ podría haber
utilizado el informe de Streeting, para ilustrar su argumento.Ngũgĩ señala que
una de las armas de la colonización desde el asentamiento inglés en Irlanda en
el siglo XVI ha sido la supresión y distorsión de las lenguas indígenas para
reforzar las relaciones de poder desiguales y subyugar aún más a los pueblos colonizados.
Por lo tanto, a efectos de este análisis, equipararé el lenguaje de los
colonizadores con el lenguaje cada vez más burocrático y tecnocrático de la
medicina científica, ¡tal y como ha sido claramente explotado en beneficio de
los colonizadores; y equipararé el lenguaje de los pueblos colonizados con el
lenguaje natural, casi indígena, que se comparte habitualmente en la intimidad
del consultorio médico.
De lo práctico a lo abstracto,
Edmund Spenser, autor del poema
épico La Reina de las Hadas, publicado en 1590, es reconocido como un gran
poeta, pero también fue colonizador en Irlanda, y conocía el poder de las palabras.
En 1596 escribió: “Siempre ha sido costumbre del conquistador despreciar la
lengua del conquistado y obligarlo por todos los medios a aprender la suya”. Más
de cuatro siglos después, esta afirmación encuentra eco en mi experiencia a lo
largo de mi carrera médica. El lenguaje poético indígena de la atención médica
estaba arraigado en el pragmatismo iterativo de la práctica clínica, con su énfasis
en lo que el filósofo británico Stephen Toulmin describió como los “cuatro
tipos diferentes de conocimiento práctico: el oral, el particular, lo local y
lo oportuno".
Este lenguaje ha sido relegado y
despreciado, permitiendo que la teoría domine la práctica en lugar de que la
práctica la enriquezca. En la medicina del siglo XXI, el lenguaje de la
conquista y la colonización ha proclamado sistemáticamente la preeminencia de lo
universal, lo atemporal, lo abstracto y lo general, expresados preferiblemente
con la seductora certeza de los números. Los números se han vuelto más
importantes que las palabras, de modo que las pruebas biométricas, con
conceptos totalmente arbitrarios de normalidad y anormalidad, han desplazado la
escucha, la descripción y la ambigüedad de las palabras. Parece que hemos
olvidado que, como dijo Toulmin, “necesitamos equilibrar la esperanza de
certeza y claridad de la teoría con la imposibilidad de evitar la incertidumbre
y la ambigüedad en la práctica.”. El lenguaje
conquistador descuida aquellos aspectos vitales del cuidado que van más allá de
las métricas. Ignora las advertencias de Aristóteles sobre la necesidad de ajustar
nuestras expectativas a la naturaleza del caso y de evitar exigir tipos
irrelevantes de “certeza” y “necesidad”.
El lenguaje colonizador rezuma
certeza y necesidad. Nuestros pacientes han sido redefinidos como unidades de
necesidad sanitaria, caracterizadas por esas cifras aberrantes, cuya corrección
se monetiza fácilmente con el fin de extraer y maximizar beneficios.
Poesía y ciencia
En un ensayo escrito en la década
de 1940, Aimé Césaire, el gran poeta francófono de Martinica, sostiene que
"el conocimiento poético nace en el gran silencio del conocimiento científico".
Césaire reconoce que hay aspectos de la
experiencia humana sobre los que el conocimiento científico no puede decirnos
casi nada, incluidas esas experiencias de miedo y esperanza que son tan
fundamentales para la atención sanitaria.
Desde perspectivas completamente
distintas de la historia de la colonización, los poetas Césaire y Spenser
comprenden el poder de las palabras: cómo las palabras moldean el pensamiento,
y viceversa. En la consulta con pacientes reales, existe una brecha entre el
conocimiento científico, expresado en gran medida en números, y el conocimiento
poético, siempre expresado en palabras. El informe Fit for The Future ( Preparados
para el futuro) sobre el Servicio Nacional de Salud (NHS) ilustra cómo el
lenguaje conquistador de la biomedicina técnica ha minimizado deliberadamente
la importancia del conocimiento poético. Las palabras se crean, adaptan y
modifican dentro de redes continuas de relaciones humanas, y cuando las usamos
subrayamos la importancia del contexto y las relaciones que mantienen unidos
esos contextos individuales. Quizás por eso, las palabras pueden tener un poder
inmenso. Ngũgĩ escribió que “el conquistador solo tiene que invertir en captar
las mentes de la élite, que luego extenderá la sumisión al resto de la
población. La élite se convierte en parte del ejército lingüístico del
conquistador”. Me pregunto hasta qué punto la élite médica contemporánea ha
colaborado en la conquista que describo, modificando su propio lenguaje,
priorizando el tratamiento de los riesgos futuros sobre la atención de las
personas que están enfermas ahora y permitiendo que la calidad de la atención
se defina en términos de objetivos numéricos que casi siempre recompensan el
aumento de las tasas de pruebas o prescripciones, lo que, a su vez, beneficia a
las industrias de dispositivos médicos y medicamentos.
Ngũgĩ también escribió: “Si se
destruye la lengua de un pueblo, se destruye el vocabulario con el que
comprendían su entorno y, en consecuencia, todo el conocimiento y la
información desarrollados en el curso de su interacción con ese entorno". Para
mí, esto explica cuánto se ha visto perjudicada la consulta médica ordinaria
por la pérdida del lenguaje poético habitual del cuidado y la atención. Parece
describir lo que sucede cuando una consulta sale mal, dejando al paciente con
la sensación de haber sido ignorado y al médico frustrado. Estamos perdiendo el
lenguaje del cuidado que gira en torno a los cuatro tipos de conocimiento
práctico de Toulmin, que también sustenta y fortalece las relaciones y, por lo
tanto, permite que el lenguaje científico generalizador del tratamiento cumpla
su función. El lenguaje del hogar y de la calle también debería ser el lenguaje
de la consulta si se quiere lograr la profundidad necesaria para una
comprensión mutua.
Deshumanización.
En su último libro, La muerte yel jardinero, publicado en 2025, el escritor búlgaro Georgi Gospodinov relata
sus intentos de cuidar a su padre moribundo. Describe una consulta temprana en
un hospital e ilustra el efecto alienante del lenguaje dominante. Escribe: “Cada
descripción, incluso aquellas que solo describen la respiración normal o las membranas
mucosas rosadas, te saca de la rutina de los vivos. El lenguaje se convierte en
un consultorio. Y cuanto más detallada es la descripción, más marginada queda
la persona. Ya no es una persona, sino un paciente. Aquí ya podemos ver la
primera sustitución. La descripción objetiva de tu estado te convierte
lentamente en un objeto. La primera autopsia, mientras aún estás vivo y sin
anestesia, la realiza el lenguaje. Entra fríamente, mira alrededor, describe,
fija cada detalle y lo hace visible. Excepto que mi padre ya no está aquí. Cada
descripción médica, cada vez más detallada, conduce paradójicamente a la
deshumanización”. Hasta su relativamente reciente corrupción sistemática por la
búsqueda neoliberal de beneficios, la medicina científica había sido una fuerza
para el bien, pero sus efectos beneficiosos pueden verse fácilmente socavados sin
relaciones ni palabras. Los médicos jóvenes se enfrentan a problemas especiales porque no han vivido directamente los años de desgaste que nos han legado el
estado actual de desnaturalización del lenguaje sanitario, por lo que se
encuentran desorientados y confundidos al iniciar su práctica clínica. Se
encuentran atrapados entre el lenguaje de los colonizadores y el lenguaje
indígena del cuidado. Se espera que sigan el primero y se sienten juzgados por él,
pero muy pronto descubren sus deficiencias. Intentan seguir directrices que
ignoran las necesidades y aspiraciones expresadas por sus pacientes, y gran
parte de lo que se les pide les parece inútil, si no directamente perjudicial.
Nada parece encajar. Su propia experiencia clínica les enseña rápidamente que
la práctica clínica va más allá de la ciencia biomédica, especialmente de la
ciencia biomédica corrompida por los colonizadores. Su compromiso con la
atención a los pacientes puede verse comprometido en un entorno laboral que
parte de la premisa de que el cuerpo es una máquina, que la tecnología puede
prevenir enfermedades e incluso la muerte, que siempre existe una respuesta
correcta. Las prioridades sanitarias contemporáneas parecen no valorar las
relaciones que resultan esenciales para poder generar la confianza necesaria para
moderar los excesos de miedo y esperanza presentes en casi todas las consultas
clínicas. Así como los pacientes se reducen a meras necesidades de atención
médica, los profesionales son tratados como recursos sanitarios
intercambiables. Se ha permitido, e incluso fomentado, que las relaciones a
largo plazo entre médicos y pacientes, e incluso entre los distintos miembros de
un equipo sanitario, se deterioren. Los médicos jóvenes se sienten
traicionados, desamparados y temerosos.
Lo que denomino el lenguaje
tradicional e indígena de la atención médica ha evolucionado, permaneciendo
arraigado en los detalles, la incertidumbre y la sabiduría de la práctica clínica.
El desajuste entre las necesidades del paciente y la carga que supone la
atención preventiva conduce inevitablemente a un estrés ético. Esto es
especialmente cierto cuando las métricas de calidad impuestas y otros
incentivos —centrados principalmente en la prevención— prevalecen sobre las
necesidades del paciente y penalizan económicamente a los médicos de cabecera
por priorizar a los pacientes enfermos. El lenguaje colonizador exige una
jornada laboral de 27 horas para los médicos de cabecera17pidiéndoles que
realicen un trabajo imposible, y desmoralizando a toda una generación de profesionales
de atención primaria. Como escribimos el año pasado mis colegas y yo en el BMJ,
“Términos como «riesgo» y «prevención»
son problemáticos: todos corremos cierto riesgo y, en última instancia, no
podemos evitar la muerte. El resultado es una profesionalización y
burocratización de las definiciones que resultan engañosas. ¿Acaso la mamografía
«previene» el cáncer de mama cuando reduce el daño a una o dos personas de cada
1000 al cabo de 10 años? ¿Acaso la reducción de la presión arterial sistólica
de 160 mm Hg «previene» las enfermedades cardiovasculares cuando menos de una
persona de cada 50 se beneficia en tres años? “.
La joven psiquiatra y académica
noruega Caroline Engen ha escrito con elocuencia sobre la difícil situación de
su generación, atrapada entre los dos lenguajes contrapuestos que he intentado
describir¹⁸:”…los médicos se enfrentan a
la imposibilidad de estar a la altura de los estándares epistémicos y morales,
así como de las responsabilidades profesionales arraigadas en un contexto
social diferente, donde sus posiciones, relaciones y autoridad eran muy
distintas”.
Cuidado de los moribundos
El cuidado de las personas
moribundas representa la prueba definitiva del lenguaje colonizador, donde
fracasa rotundamente. Un lenguaje monológico, con énfasis en la cantidad, no
tiene nada que ofrecer, mientras el lenguaje tradicional, dialógico y basado en
las relaciones, vuelve a resultar esencial. Solo dentro de este lenguaje
podemos construir un enfoque menos pusilánime ante el inevitable final de
nuestras vidas. Solo dentro de este lenguaje sutil, ambiguo e infinitamente
flexible podemos encontrar maneras de detener la búsqueda inútil de riesgos en
personas mayores y frágiles, y así dejar de dañar y envenenar a quienes están
muriendo.
El médico del siglo XVII, Thomas
Browne, declaró: “…Yo, que he examinado
las partes del hombre y sé de qué delicados filamentos cuelga ese tejido, me
asombra que no estemos siempre [enfermos. Y considerando las mil puertas que
conducen a la muerte, doy gracias a mi Dios porque solo podemos morir una vez”.
Parece que cuanto más nos enseña
la atención médica preventiva sobre las mil puertas, más miedo sentimos y más absurda
parece la aspiración de prevenir todos los riesgos de todas las posibles causas
de muerte. Cada uno de nosotros solo puede morir una vez.
¿Qué se puede hacer?
Estoy convencida de que los
problemas causados por el lenguaje deben resolverse a través del lenguaje,
por lo que propongo que todos nosotros deberíamos:
• Revivir deliberadamente el
lenguaje propio de la atención médica y en todos los niveles políticos, explorar
y explicar lo oral, lo particular, lo local y lo oportuno.
• Valorar explícitamente y
construir relaciones continuadas y longitudinales en todos los niveles de la
atención médica;
• Ayudar a los médicos jóvenes a
comprender que (al igual que todas las víctimas del abuso de poder), sus
sentimientos de confusión y fracaso no son culpa suya; e
• Insistir en que los líderes
médicos clínicos utilicen y promuevan el lenguaje indígena de la atención,
usándolo activamente para contrarrestar el lenguaje dominante del complejo
médico-industrial, con su insistencia en lo universal, lo atemporal, lo abstracto
y lo general.
Todos seremos juzgados por
nuestras palabras.