sábado, 8 de mayo de 2021

El futuro de los sistemas sanitarios públicos: valor y precio


 ‘The NHS will last as long as there’s folk with faith left to fight for it’

(Frase atribuida a Nye Bevan)

Dicen que los que tumbaron la Superliga de fútbol de los equipos ricos fueron los hinchas de los equipos ingleses, quienes consideraron que la esencia de este deporte es el esfuerzo: alcanzar algo siempre tiene un precio (aunque sea tan prosiaco como acudir al campo del Stokes una fría noche de invierno). Si el fútbol es una de las contribuciones británicas a la historia de la humanidad, otra no menor es la creación de un servicio nacional de salud, el NHS (National Health Service). Y también desde su fundación en 1948, los británicos saben que la única forma de mantenerlo es mediante la contribución de todos y cada uno de ellos. Disponer de un sistema sanitario donde lo que determina la atención es la necesidad y no la riqueza, gratuito en el momento que se recibe, no cae del cielo, tiene también su precio, aún cuando su valor sea incalculable.

Ayer se presentó el informe elaborado por The Lancet y la London School of Economics sobre el Futuro del NHS británico: un informe de 64 páginas con diversos apéndices y documentos complementarios que comenzó a elaborarse en 2017 y se proyecta hasta más allá de 2030. Una iniciativa de una de las revistas más influyentes del mundo en colaboración una de las escuelas de economía más importantes, y que incorpora las enseñanzas obtenidas tras un año de pandemia. Dos académicos de prestigio ( Elías Mossialos y Alister McGuire) fueron elegidos por ambas instituciones para conformar un grupo de panelistas de múltiples ámbitos ( de la sociología a la medicina, de la enfermería a la economía, la farmacia o la salud mental) pertenecientes a los cuatro servicios británicos ( Gales, Inglaterra, escocia e Irlanda del Norte) y con el apoyo técnico remunerado de expertos en la materia. Ni Lancet ni la LSE solicitaron ni rogaron al Ministerio de Salud británico la realización de una evaluación externa. Se bastan y sobran, y además la publican en la propia revista.

Mientras tanto en España, un grupo de ingenuos entre los que me incluyo expresaron en sendas cartas en Lancet y Lancet Public Health la necesidad urgente de realizar una evaluación externa de lo ocurrido en España entre la primera y segunda ola de covid-19, hace más de nueve meses. Si la situación entonces era muy preocupante, ahora, a punto de abandonar un estado de alarma, presenta un balance sencillamente desolador: noveno país del mundo en número de casos, décimo en número de muertos , entre los veinte primeros en muertos por millón (los cuartos en Europa Occidental) y con unos profesionales sanitarios claramente agotados. Sin contar con el brutal impacto económico ( el mayor en la zona euro), y que nos convirtió en el país de OCDE que peor gestionó la pandemia según la universidad de Cambridge. Sin embargo, y a diferencia de Reino Unido, seguimos sin disponer de un análisis mínimamente riguroso de lo ocurrido: por qué pasó y sobre todo cómo podríamos evitar que vuelva a ocurrir. A las solicitudes de evaluación externa el Ministerio de Sanidad español, dirigido por Salvador Illa, éste manifestó primero irritación y después desprecio, comprometiéndose a regañadientes a llevar a cabo algo parecido cuando lo considerase oportuno: oportunidad que nunca llegó.

El documento publicado anoche en Lancet pone de manifiesto que las sociedades civilizadas no precisan de autorización alguna de los políticos para evaluar su gestión: disponen de suficiente entramado social, académico y profesional, para poder hacerlo. España no es Reino Unido. No publica el Lancet ni el British Medical Journal. Pero también dispone de investigadores, académicos y clínicos con conocimiento, experiencia y talento suficiente para poder analizar que ocurre en nuestro sistema sanitario, y cómo podríamos paliar una desgracia de la magnitud de la sufrida. Pero todos esos expertos y sabios prefieren el deslumbramiento de las cuentas de colores de televisiones, radios y periódicos en lugar de realizar una contribución a su sociedad, con el nivel de seriedad y trascendencia que se ha realizado en Reino Unido. Esperan pacientemente la bendición de los políticos, matizando sus opiniones en función de su ideología, pensando más en a quien beneficiarán las conclusiones que en la utilidad que podría tener para su sociedad.

El Informe de la comisión LSE-Lancet sobre el futuro del NHS merece comentario y análisis aparte. Pero conviene adelantar algunas apreciaciones realizadas, cuya relevancia pueden servir no solo para los británicos sino para cualquier país que quiera evitar una tragedia como la que aún padecemos. En primer lugar su título deja pocas dudas de su intención: “Sentando los cimientos para un servicio de salud y cuidado eficiente y equitativo después de la Covid-19”. No es una simple evaluación, es una serie de siete recomendaciones y subrecomendaciones asociadas para su aplicación en un escenario a diez años vista.

En segundo lugar, y especialmente importante procediendo de una de las Escuelas de Economía más prestigiosas del mundo, se reafirma el compromiso de que “aunque las ideologías basadas en el mercado han prevalecido en previas reformas del NHS sin pruebas evidentes de su beneficio, la Comisión apoya el mantenimiento de un NHS financiado públicamente para todos”.

Y en tercer lugar, la absoluta urgencia de realizar una inversión descomunal para poder llevarlo a cabo: un aumento anual del 4% para el NHS y otro tanto para servicios sociales, con un gasto cercano a 102.000 millones de libras (el 3.1% del PIB de 2030). Dinero que procederá un su mayor parte de impuestos, no de fondos europeos, ni de ayudas ajenas. En la encuesta que hizo ayer la LSE sobre si estarían dispuestos los ingleses a pagar por tener un mejor NHS más de la mitad contestaron afirmativamente. Como señalaba Julian Legrand (al cerrar el webinar de ayer en que se presentaba el informe)  mantener el NHS requiere sobre todo renovar el contrato social establecido en 1948.

España mientras tanto sigue haciéndose trampas al solitario. En la información disponible sobre el destino del Plan de Recuperación,Transformación y Resilencia del Gobierno de España sólo se destina de los 70.000 millones que se recibirán en una primera entrega, 1069 millones al sistema sanitario (el 1,5%). Atención Primaria ni siquiera se menciona y se supone que sus ajustes se realizarán a coste cero.

Mientras los británicos asumen que solo pagando por ello se podrá disponer de un sistema de salud capaz de enfrentarse a pandemias, en España mencionar subidas de impuesto es tabú, cuando ya hasta el FMI lo considera inevitable.
El coste cero no sólo es una repugnante medida gestora explotada hasta la náusea en el sistema sanitario español mientras éste se descapitalizaba. Es una forma de vida. La de creer que las cosas no cuestan,. que mantener un sistema sanitario competente es como la lluvia,que cae del cielo. Hasta que llega un día en que no cae.

Un buen sistema sanitario tiene un valor incalculable para una sociedad que excede con mucho el de la salud de su población. Pero tiene siempre un precio. 

(Fotografía, cortesía de D. Heath)

3 comentarios:

  1. Este es un país donde pesa más la ideología que la idoneidad. Ahora tocaría un gran pacto social que blindara la sanidad pública resolutiva y capacitada, sostenible y eficiente. Pero se sigue como si el mañana debiera ser como el ayer

    ResponderEliminar
  2. No puedo estar más de acuerdo con lo que afirmas.

    ResponderEliminar