Carl
Edward Rudebeck es uno de los pensadores más relevantes sobre los valores y los
fundamentos del trabajo en medicina general. Escribo medicina general porque
precisamente insiste en la necesidad de defender los valores del generalismo en
oposición al trabajo especializado, aún sabiendo (como todos sabemos) que la
medicina general o familiar es también una especialidad en sí misma: la
especialidad que supone ser experto en la generalidad.
Acaba
de publicar su último trabajo, un precioso artículo en el Scandinavian Journal
of Primary Health care (otra de esas revistas que no recibe la atención que
debiera). Lleva por título “ Relationship based care-how general practice
developed and why is undermined within contemporary healthcare system”. El título resume su esencia: el trabajo
de buen generalista se basa en la construcción de relaciones , esenciales para
prestar un cuidado adecuado. Y ese concepto es ignorado cuando no despreciado
por los responsables en materia de política sanitaria de la mayor parte de los
sistemas sanitarios. A éstos les reconforta la simpleza de disponer de sus
cuadros de mandos perfectamente engrasados donde puede cuantificarse la
producción exacta de los servicios sanitarios, a la manera en que se controla
la producción de recambios para la Renault. No es extraño por tanto que el
dolor, el sufrimiento y la muerte desaparezcan en estrategias (ver Astana) ,
prioridades de intervención ( léase Contratos programa) o evaluaciones:
demasiado complicado…
Tanto valor le da al generalismo Rudebeck, que considera que
su importante trasciende el campo de la medicina general para tener que
aplicarse también al ámbito de la atención especializada.
Para él esa “relación”
se establece a lo largo de las vidas de las personas, más allá de los
episodios puntuales de dolencia y enfermedad. No es un mero acuerdo formal,
sino que supone el establecimiento de una obligación personal “ y una
inagotable obligación recíproca de conocimiento mutuo, lealtad, confianza y
estima”. Como él escribe “ dentro de la esa continua confirmación y renovación
de la relación, el médico general tiene la oportunidad de sentirse
progresivamente en casa, libre de individualizar la aplicación en forma
efectiva”. Algo bien distante de la atención sanitaria moderna de protocolos e
indicadores.
Por ello Rudebeck no es especialmente optimista sobre la
supervivencia de este tipo de medicina: “una buena comunicación nunca es
inútil, pero hay poderosas indicaciones de que una medicina general basada en
la relación, en muchos países, permanecerá solo como un ideal en un adverso
mundo de olvido y escasez de compromisos a largo plazo. Las organizaciones de
atención primaria burocráticas y a gran escala evitan la realización de una
medicina general basada en la relación, y por supuesto impiden que éste se
convierta en su principio motor”.
Más adelante señala la responsabilidad que tienen los
propios médicos en ello: “el futuro de una medicina general basada en la
relación será la suma de las individualidades que tratan de llevar a cabo sus
ideales dentro de organizaciones que tienen otras agendas”. Crear islas de
independencia donde crear o proteger ese modelo.
La prueba de esa distorsión entre los principios de la buena
medicina general y las prioridades de las organizaciones es el tiempo que éstas
destinan a atender a personas. Aunque sería mejor decir a autómatas. El siempre
lúcido Allen Frances, (psiquiatra no médico de familia) lo expresaba muy bien
en Twitter hace unos días: “la principal deficiencia de la atención sanitaria
es que los médicos de atención primaria no disponen del tiempo adecuado para
atender a sus pacientes, lo que conduce a riesgos innecesarios,
sobretratamientos y elevación de los costes”. Además señalaba la necesidad de
que los médicos de familia dirigieran las facultades de medicina, siguieran
siendo el primer punto de contacto con el sistema, coordinaran el conjunto de
la atención y escribieran las normas y recomendaciones de actuación.
Lo escribe alguien que no vive en un país como el nuestro
donde se atiende un paciente cada 7 minutos en el mejor de los casos. Los
médicos ingleses pasaron recientemente de a 10 a 15, los americanos de 15 a 20.
El problema español del tiempo de atención en Atención primaria (que genera
espanto a la vez de risa en cualquier país del mundo cuando encima hablamos que
nuestra AP es de las mejores del mundo) no es responsabilidad fundamental de
las administraciones que (como escribe Rudebeck) tiene principios opuestos a
los de una buena medicina general. Es de los profesionales españoles que han
tolerado durante décadas esa situación vergonzosa sin levantar la voz.
Y que tampoco parece que la vayan a levantar nunca



