viernes, 13 de marzo de 2020

La austeridad mata y nos hace más vulnerables


La austeridad mata. Stuckler y Basu ya lo demostraron en su libro de 2009 en que analizaban los efectos de la crisis económica del 2008 y los posteriores efectos (mucho más dañinos) relacionados con las medidas de austeridad fomentados y propuestos por el Fondo Monetario internacional (FMI), los Bancos Centrales y la Comisión Europea.
Lo sufrió después Brasil, donde los efectos de las medidas de austeridad impuestos en la década pasada como consecuencia de la crisis en aquel país del periodo 2014-2016 revirtieron una tendencia significativa de disminución de la mortalidad, reducción de la inequidad y avances hacia el acceso universal de la salud de la mano de la extensión del Servicio Único de Saúde y la estrategia de Salud Familiar. Lo que había sido un hito en materia de reforma sanitaria en términos de reducción de mortalidad y mejora de la esperanza de vida revirtió en muy poco tiempo hacia aumento de inequidad e incremento claro de la mortalidad (en un  8·0% , desde 143,1 muertes por 100.000 habitantes en 2012 a 154,5 por 100 000 en 2017); aumento de la mortalidad que a quien más afectaba era a los de siempre, pobres, desempleados, negros.
El Banco Central Europeo, a través de una de las mayores responsables de aquellas políticas de muerte, Christine Lagarde (máxima responsable del FMI en el periodo 2011 a 2019), alerta ahora de que la crisis derivada de la infección del coronavirus va camino de convertirse en una crisis aun mayor de la de 2008. El informe del FMI para España insta al gobierno a ““dotar al sector sanitario de recursos suficientes”, con una asistencia dirigida a los sectores más afectados y los colectivos vulnerables. Estas medidas deberán ser temporales, de carácter extraordinario, y deberían intensificarse según sea necesario para prevenir y contener el virus y mitigar el impacto económico.
Las instituciones que gobiernan realmente el mundo impusieron medidas extremas a los gobiernos durante la crisis económica del 2008 destinadas a reducir el gasto público, desregular los mercados y fomentar la privatización de servicios públicos. Instituciones fundamentales para la gobernanza global en salud pública como el Centro para el Control de enfermedades americano (CDC) o la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) vieron sustancialmente reducidos sus presupuestos y debilitadas sus estrategias. El concepto de salud pública y las instituciones necesarias para su salvaguarda (desde Direcciones Generales a Escuelas) se vieron sometidas a un proceso de debilitamiento cuando no a su desmantelamiento. Con la Bill y Melissa Gates Foundation y la mano invisibles del mercado parecía ser suficiente.
Como tan brillantemente demostraba William Davies en The limits of the neoliberalism, es falsa la idea de que el neoliberalismo busque eliminar el estado o reducirlo a la mínima expresión. Más bien al contrario necesita del estado para cobijarse en él en situaciones extremas. Cuando las cosas se ponen realmente feas, ya sea en forma de una crisis financiera resultado de los juegos desaprensivos de los bancos o las agencias de rating, es necesario el estado para rescatarlos, como ocurrió con la crisis de Lehman Brothers. Ahora que una pandemia amenaza a la población mundial, de nuevo se busca la protección del estado para salvarnos de la infección y del pánico. Nadie se acuerda en estos días de la (supuesta) mayor eficiencia del sector privado, de la necesidad de desgravar la adquisición de un seguro privado, de la indolencia y pereza de los funcionarios públicos. Todos los que llevan décadas torpedeando sistemáticamente el sistema sanitario público con la reducción sistemática de presupuestos, los que redujeron radicalmente el número de profesionales de la salud, los que implantaron de forma generalizada contratos humillantes para profesionales de medicina y enfermería vienen ahora a ponerse a la cabeza de la manifestación en pro del sistema público y de la necesidad de invertir lo que haga falta… mientras nos dure el miedo. La última muestra es la designación de alguien como Antonio Burgueño (ideólogo del proceso de privatización de hospitales en Madrid) como coordinador frente al Covid-19 en Madrid.
El presidente de gobierno español en su comparecencia del pasado 10 de marzo volvió a presumir de que el sistema sanitario español es uno de los mejores del mundo; recalcó que el ratio de médicos por habitante estaba por encima de la media europea; insistió en la alta cualificación y competencia de sus profesionales. El papel lo soporta todo, en especial cuando sólo empleamos los datos que justifican nuestros argumentos. Pero la otra cara, la que el presidente oculta o ignora es que esos profesionales han visto como la sanidad dejaba de ser una prioridad política, como sus condiciones de trabajo se deterioraban año tras año, como los recursos disponibles era cada vez menores y en peores condiciones, sus plantillas menguantes, sus perspectivas profesionales cada vez peores hasta el punto de buscar la emigración o el retiro.
La pandemia por Covid-19 ha venido a demostrar lo que supone la globalización en términos de enfermedad infecciosa, esas enfermedades que parecían haber pasado, superadas por las enfermedades no transmisibles, mucho más acordes a nuestros tiempos. Seguirán existiendo pandemias, quizá aún más graves, pero solo desde sistemas sanitarios públicos fuertes, bien financiados, estructurados y con profesionales altamente capacitados y motivados podrán abordarse con unas mínimas probabilidades de éxito.
Conviene no olvidarlo cuando sólo dentro de unos meses todos los que buscan ahora refugio en lo público, vuelvan a reclamar menos estado, menos inversión pública, más privatización de servicios y aseguramiento, más medidas de austeridad a largo plazo para ser competitivos. Los que volverán a decir que nuestro sistema requiere un plan de adelgazamiento para ser eficiente.
La prioridad es reducir el daño que inevitablemente va a producir por desgracia la pandemia: Pero no conviene olvidar caules son las políticas que nos hacen inevitablemente más vulnerables ante cualquier amenaza.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Espejito, espejito ¿que sistema sanitario es más bonito?



A preguntas de un periodista de la cadena SER sobre la preocupación de los ciudadanos por la infección con el coronavirus, la Ministra de Hacienda, María Jesús Montero respondió que hay que estar tranquilos porque “tenemos el mejor sistema sanitario del mundo”. Coincide en sus apreciaciones con el Ministro de Salud de Chile Jaime Mañalich, quien afirmó hace unos días que “el sistema desalud chileno es uno de los mejores del planeta Tierra”. Es lo que tiene ser hooligan, uno siempre cree que su equipo es el mejor.
Afirmaciones propias de la barra de un bar, de una fiesta loca de verano pasados de vueltas, o viendo la final de la Champions. Sorprende en responsables políticos, pero como se ve es independiente del contenido y la supuesta ideología política.
Los sistemas sanitarios no son como los campeonatos de fútbol, no se les otorga estrellas para colocar en la bata. Porque realmente ¿Cuál es el mejor sistema sanitario del mundo? ¿Cómo pueden compararse sistemas incardinados en contextos completamente diferentes? Medir la salud no es sencillo porque son muchas las dimensiones que supone el término. Y aún si eso fuera posible, buena parte del nivel de salud viene determinado por causas no atribuibles al sistema sanitario, desde la genética de la población, al estilo de vida, las condiciones ambientales, o la simple suerte. Si el criterio es económico, gastar mucho no supone gastar bien (ahí el ejemplo de Estados Unidos, el país que más gasta y que más despilfarra), ni gastar poco es ser eficiente (puesto que por debajo de un cierto umbral no resulta posible garantizar servicios sanitarios de calidad para todos sus ciudadanos). Si recurrimos a indicadores de calidad, aparece el problema de cuáles de ellos elegir, qué dimensiones son realmente sensibles y específicas del buen desempeño de un sistema sanitario. Prueba de ello son las diferencias entre clasificaciones según cual sea la fuente y el interés oculto de sus autores.
El sistema sanitario español lleva más de una década reduciendo significativamente su gasto sanitario público e incrementando el privado; los compromisos de España con la Comisión europea establecían que nuestro gasto sanitario público se reduciría al 5.74 para 2019; en el último Health at Glance de la OCDE el gasto sanitario público se redujo a solo el 71%; sólo Portugal, Hungría, Grecia y Polonia lo tienen más bajo (Chile apenas alcanza al 50%, 21 puntos menos de la media de la OCDE). Pero aún hay un dato más relevante: En el periodo 2008 a 2018 el gasto sanitario español se redujo un 1,4%, reducción del gasto que sólo sufrieron los países de la esfera PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España). Ningún otro cerdito (PIGS) va por ahí presumiendo de ser el mejor sistema sanitario del mundo, bastante tienen con salir adelante, aunque de alguno de ellos ( Portugal) mucho tendría que aprender España. Pero el inmenso recorte en materia sanitaria producido en España en una década y el rápido proceso de privatización encubierta del sistema ( que pasó del 20 al 30% en solo una década) no ha sido inconveniente alguno para la actual Ministra de Hacienda para afectar en modo alguno a nuestro sistema, en un caso realmente milagroso en el escenario sanitario mundial. Proceso en el que hay que reconocer la importante contribución de la señora Montero durante todos esos años, primero como Consejera de Salud en Andalucía (2004-2013), después como Consejera de Hacienda en la misma comunidad (2013-18), y en los últimos años como Ministra de Hacienda. Según señalaba El País la inversión en 2011 por ejemplo disminuyó en Andalucía un 15% entre 2010 y 2014,a pesar de ser la comunidad autónoma que menos invertía por habitante. En aquel periodo de ajuste más de 7700 puesto de trabajo se perdieron en Andalucía, proceso compartido con la mayor parte de las comunidades autónomas.
Seguir empleando el argumento de que el nuestro es el mejor sistema sanitario del mundo es tan insultante en Chile (véase el estallido social que no cesa, aunque no salga en televisión) como en España. Es dar por sentado que los ciudadanos son imbéciles. Solo hay que acercarse a un centro sanitario de cualquier comunidad para comprobar que las listas de espera son desmesuradas (además de opacas), que no existen reemplazos ante las ausencias, que los contratos son abusivos y precarios, que el burnout y la desesperanza de los profesionales alcanzan niveles nunca vistos, mientras se multiplica la demanda de servicios alimentada por las promesas irresponsables de los políticos de turno.
De momento el sistema responde como puede ante la incidencia imprevista de la infección por coronavirus; gracias en gran medida a la responsabilidad de los profesionales que multiplican turnos y jornadas de trabajo. Pero veremos qué ocurre cuando aumenten los casos con necesidad de atención, falten reactivos para las pruebas diagnósticas o empiecen a faltar profesionales por el propio contagio del virus como ya está ocurriendo en Osakidetza.
No se qué puesto ocupa en el ránnking mundial de sistemas que tanto excita a los políticos el sistema español. Lo que sí creo es que el sistema precisa de muchos más cuidados intensivos que la inmensa mayoría de los pacientes infectados por el coronavirus.  Aunque parezca tener un semblante espléndido.
Como me contaba un buen amigo, el sistema sanitario español se parece cada vez más a las Vírgenes de Semana Santa: todo florido y resplandecientes por fuera, pero que cuando las desnudan debajo sólo queda un palo.