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viernes, 9 de septiembre de 2022

El desprecio absoluto a la rendición de cuentas

 


El Consejo de Ministros de 23 de agosto pasado aprobó el Anteproyecto de Ley por el que se crea la Agencia Estatal de Salud Pública cuyo fin último es estar “mejor preparados ante futuras necesidades en materia de salud pública”.

Según informa el siempre activo Linde para El País entre sus funciones se encuentra “ejercer las competencias de análisis y estudio, evaluación de políticas e intervenciones públicas, asesoramiento técnico, propuesta de medidas a las autoridades sanitarias y preparación y coordinación de respuesta ante situaciones de emergencia sanitaria”.

La noticia recibida con expectación y entusiasmo por la comunidad salubrista de este país, de momento encuentra su principal foco de interés en los aspectos relacionados con su estructura, empleados y ubicación. Sin definir aún para que serviría un ente así, ya entraron a la greña los responsables políticos de este país sobre si debe o no estar en Madrid, y si no estuviera allí donde debería ubicarse. Como si eso fuera lo más importante.

Hace algo más de dos años, sendas cartas que enviamos alguno y las que se adhirieron diversas sociedades profesionales a Lancet y Lancet Public Health, instaron al gobierno a la realización de una evaluación independiente sobra la gestión de la pandemia Covid 19. El Ministerio de Sanidad español, entonces dirigido por el ministro Salvador Illa, manifestó su franco desagrado con la propuesta, pero a regañadientes el Ministerio se comprometió con algunos de los firmantes de las cartas, en llevar a cabo un proceso de evaluación (cuya independencia estaba por ver) pero que se realizaría al “final de la pandemia”. Maravillosa expresión de rendición de cuentas.

A la manera de esos padres que marean a sus hijos cuando piden chucherías o un juguete inapropiado, Salvador Illa primero y Carolina Darias después fueron ignorando el compromiso hasta que la demanda acabó por desaparecer, a lo que sin duda contribuyó la escasísima presión de las sociedades profesionales, quizá no excesivamente interesadas en realizar una evaluación de este tipo.

Los resultados de la pandemia en España fueron sumamente graves: más de 112000 muertos reconocidos y una tasa por millón de 2380, una de las más altas de Europa.  Todo ello sin contar los efectos en la infancia y su educación, la escandalosa situación de las residencias en las que se produjeron una buena parte de esas muertes, o la abominable prohibición de acompañar a las personas en su agonía o poder enterrarlas en paz, por no hablar del sistemático maltrato a los profesionales, primero privándoles de medios de protección y más tarde jugando con ellos a través de los contratos de trabajo de quita y pon , según el interés del político de turno.

No hubiera sido difícil realizar una evaluación independiente: la Organización Mundial de la Salud, a través del Independent Panel ya había desbrozado el camino, bastaba con seguir sus orientaciones. Como anécdota lo hicieron los alumnos de nuestro Máster europeo de Salud Pública y Gestión Sanitaria (Europubhealth) aplicando a la situación española las directrices citadas, realizando un trabajo excelente.

No sólo no se hizo, no sólo no se recordó a las autoridades, sino que asombrosamente sus responsables presumen de su respectiva gestión de la pandemia: deja estupefacto observar la soberbia de la presidenta de Madrid y su consejero de sanidad mostrando con descaro sus “resultados”., cuando su comunidad autónoma presenta uno de los peores registros de la pandemia. Y causa estupor ver al Ministro Illa, el que se negó a realizar la evaluación independiente de su gestión, presentando ante la plana mayor del gobierno de la nación un libro sus días “heroicos” de la pandemia: ¿ausencia del sentido de realidad o avaricia desmedida?

Las palabras generan realidades: y por la vía de aquellas se está consiguiendo reescribir la historia. No es sólo España la que está consiguiendo generar una realidad falsa sobre lo que ocurrió en la pandemia: Estados Unidos, Chile o Reino Unido presentan resultados muy negativos con ostentación evidente de su gestión.

Por desgracia es de temer que una buena idea como es la creación de la Agencia Estatal de Salud Pública acabe convirtiéndose en otra burocracia más para dar trabajo a algunos. Si entre sus objetivos está la realización de evaluaciones para evitar cometer errores (un planteamiento muy propio de la mejora continua de la calidad) podrían comenzar evaluando seriamente cómo se gestionó la pandemia en España.

Por desgracia este país, gobierno quien gobierne, sigue instalado en la política del emperador desnudo y el desprecio a la rendición de cuentas.

jueves, 10 de febrero de 2022

"Atticus Finch" y la jauría mediática

 


Gracias a Archie Cochrane y su imprescindible Efectiveness and Efficiency aprendí hace ya muchos años que la eficacia que tiene de un determinado fármaco en condiciones de laboratorio no es nunca la misma que la efectividad del mismo cuando se administra en la vida real, con pacientes de muy diversas edades, culturas y antecedentes. Gracias a David Sackett y su Epidemiología Clínica aprendí a interpretar los resultados de los ensayos clínicos aleatorizados y los innumerables sesgos que éstos esconden en especial cuando su promotor es la industria farmacéutica, que publica los que conviene a sus intereses y oculta los que no le son beneficiosos. Y gracias a Joan Ramón Laporte vengo aprendiendo desde hace varias décadas lo que es la investigación rigurosa en medicamentos y los principios de una farmacovigilancia seria que brilla por su ausencia en España; pero de quien he aprendido, sobre todo, lo que supone mantener unos principios éticos que todo el mundo médico invoca en los saraos y muy pocos aplicancuando llega el momento de aplicarlos, por el inevitable costo personal que implican cuando vas en serio. Laporte ya lo asumió cuando tuvo que enfrentarse a una demanda de la todopoderosa MSD por denunciar el fraude científico de la empresa farmacéutica al manipular los resultados del ensayo CLASS sobre los Antiinflamatorios No esteroideos selectivos sobre la Cox 2, publicado en el Butlletí Groc. Otro en su lugar se hubiera arrugado ante la magnitud del oponente, cuya facturación supera el PIB de muchos países. Laporte, a la manera de un Atticus Finch farmacólogo se mantuvo impasible. Y ganó. Su defensa no se basaba en opiniones, se basaba en datos y evidencias.

De nuevo  Laporte se presentó en el Congreso de los Diputados sólo, a petición de los grupos parlamentarios del partido Socialista y Unidas Podemos para aportar su opinión en la Comisión de Investigación relativa a la gestión de las vacunas y el Plan de Vacunación en España. Su comparecencia y el revuelo posterior generado describe claramente la situación actual de este país y las razones por las que nunca seremos capaces de aprender de nuestros errores: Laporte no pide acudir: le llaman. Frente a él, de 349 diputados y diputadas solo acuden tres, cuya argumentación ante la explicación de Laporte es (siendo benévolo) discreta y escasamente preparada. El resto de señorías no debían considerar importante escuchar a un experto mundial en farmacovigilancia analizar algo tan aparentemente relevante con la vacunación con la que cada día se llenan la boca.

La intervención de Laporte fue respetuosa, clara y documentada en todas y cada una de sus afirmaciones. Afuera, (como a Atticus Finch en el juicio de Tom Robinson) le esperaba una jauría a la puerta, algunos que se la tenían guardada (al fin y al cabo siempre fue crítico con la industria farmacéutica, poderoso enemigo) y otros que se incorporaron a la fiesta puesto que la infamia es gratis. El linchamiento físico está mal visto, pero no el linchamiento moral ni la censura, a la que el periodismo actual considera horrible o deseable en función de sus propios intereses:el Cuarto Poder ejerce cada vez más como tal ( aunque sean títeres de quienes mueven los hilos en la oscuridad)  y en este caso, tanto medios de la derecha ( El Mundo, ABC) como la izquierda (La Sexta, Maldita) salieron a la calle para linchar al farmacólogo bajo la grave acusación de negacionista y antivacunas.

Si uno revisa el video y el texto de su comparecencia (que puede encontrarse en la web de No Gracias) no encontrará ningún argumento negacionista: ni niega la existencia de la pandemia, ni la utilidad de la vacuna para reducir enfermedad grave. Pero sí  valora críticamente el proceso de investigación y transparencia de las empresas farmacéuticas, y cuestiona severamente el proceso de farmacovigilancia y las evidencias que sustentan la administración indefinida hasta el final de los tiempos de dosis de recuerdo sin tener en consideración el riesgo (tanto de la infección como de la vacuna) en diferentes grupos, no todos igualmente vulnerables.

Entre el blanco inmaculado de los defensores de la única religión verdadera y el negro zaino de los creyentes en la teoría de la conspiración del microchip, emerge el gris y sus tonalidades…pero no es tiempo para tibios ni país para escépticos.

Revolucionando sus calderas, la depositaria del saber absoluto Maldita y sus filiales ha salido en tromba a “desmontar” los argumentos de Laporte, dotada de sus mágicos "superpoderes" (sic). No es novedad: hace unos días redobló también sus esfuerzos para intentar desacreditar el metanálisis de los  Herby, Jonung y Hanke (éste último Co Director del Johns Hopkins Institute for Applied Economics, Global Health, and the Study of Business Enterprise),  sobre los efectos de los confinamientos en la mortalidad de la pandemia, y en el que no encontraron efecto.

Los argumentos esgrimidos por Maldita son enternecedores: “el contenido deja claro que sus ideas no representan a la Johns Hopkins ni a instituciones a las que están afiliadas sus autores” ( como ocurre en cualquier artículo científico salvo que vaya firmado por la institución),los autores no tienen experiencia en salud pública o ciencias de la salud ( como si éste fuera un argumento para no poder investigar, ¿o es que desconocen una disciplina llamada economía de la salud?, “ el contenido emplea la mortalidad como único criterio para medir la eficacia de los confinamientos” (obvio, era ese su objetivo, ni no hubieran hecho otro estudio), aunque el más maravilloso es el que dice que “de una selección inicial de 1.048 estudios, se analizan únicamente 34” (¡¡). El problema no es que Maldita y sus clones desconozcan cómo se realizan las revisiones sistemáticas y los metaanálisis ( y que de un número muy elevado inicial se analicen finalmente sólo los que cumplan criterios de inclusión) sino ese tono apocalíptico similar al que utilizaba mi abuelo cuando no quería que salera de noche: ¡“Cuidado con el contenido atribuido la Universidad Johns Hopkins sobre el efecto de cierres y confinamientos en la mortalidad por COVID-19: es un metaanálisis limitado y con fallos metodológicos, y hay evidencias de que sí han evitado contagios y muertes¡”. ¿Por qué tanto interés en afirmar que sí hay estudios que lo demuestran? ¿Por qué la discusión no puede ser científica, sino mediada por periodistas ignorantes?

Laporte lo es el único ejemplo. El mismo linchamiento han sufrido o sufre gente como John Ioannidis, Peter Gotzche, Alyson Pollock, Carl Henegan. Cualquiera que ose cuestionar la “religión verdadera”.

Da realmente miedo el invierno postpandémico.