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viernes, 31 de julio de 2026

La generación de histeria en salud pública: ¿a quién beneficia?

 


 Hace tres meses una oleadamundial de preocupación e histeria recorrió el mundo ante la aparición de unos casos de infección por hantavirus en un crucero de lujo, el MV Hondius. Solicitudes desesperadas para el fondeo o atraque del barco, aceptación generosa del gobierno de España para que se produjera en Tenerife, movilización de un amplio dispositivo por parte de España y de la Organización Mundial de la Salud para la recepción y traslado de los viajeros del buque, implicación de tantos países como nacionalidades había entre los pasajeros (23), además de un vistoso desfile de vestimenta Coronel Tapioca y el habitual juego de improperios y acusaciones entre partidos y medios de comunicación. Además del dispositivo de gestión inicial se mantuvieron los criterios de cuarentena para los afectados durante 42 días más. Un vistoso espectáculo de desembarco en lancha y bus por países ante el terror local en tener algún tipo de contacto con esta forma moderna de leprosos, que llegó al disparate máximo con la exigencia de cuentas periodísticas porque alguno de los pasajeros se quitó las medidas de protección.

La justificación y el fundamento de semejante alarma queda muy bien reflejado en las cifras que hoy, tres meses después, sigue dando el European Centre for Disease Prevention and Control (ECDC) sobre el brote ocurrido en el barco: 12 casos confirmados ( a 10 de mayo eran 10), 1 caso probable, 3 muertes. Las mismas de las que había noticia el 2 de mayo de 2026.

La operación fue considerada obviamente un éxito absoluto, de crítica y público, por los protagonistas de la intervención ( OMS, gobierno de España y su correspondiente Ministerio de Sanidad). Sin embargo, no es posible conocer el coste de la misma, aunque no parece suponerse que fuera pequeño. Implicó intervenciones tales como las evacuaciones desde el buque por vía marítima, terrestre y aérea,  la atención hospitalaria de los casos en los diferentes países y las correspondientes atenciones durante las cuarentenas, la repatriación de pasajeros y tripulación, el proceloso seguimiento de los más de 600 contactos (entre alto y bajo riesgo), además de los complejos procesos de coordinación entre instituciones y empresas.  No es posible conocer lo que costó, ni parece importar absolutamente a nadie. Tampoco es posible conocer el coste de oportunidad por lo tanto, puesto que con esa inversión se podrían haber también abordado otras necesidades que no salen en los medios de comunicación, ni permiten vestir ropa de camuflaje, ni generan alarma alguna. Por ejemplo, las necesidades de inversión en profesionales de Atención Primaria.

En un post previo de este blog ya se comentó el fundamento científico de dicha alarma. El hantavirus es sobradamente conocido en el sur de Chile y Argentina desde haca más de tres décadas. El virus se transmite fundamentalmente a través de la inhalación de aerosoles procedentes de las heces, orina y saliva de roedores portadores (fundamentalmente el ratón colilargo), que se encuentran preferentemente en lugares cerrados o en bosques de comunidades rurales. El mayor riesgo, por lo tanto, lo tienen las personas que transitan por dichos lugares, bien por vivir allí, bien por trabajar en esas zonas, o bien por realizar actividades recreativas en dichos territorios.

La hipótesis de la transmisión persona a persona ha sido reiteradamente utilizada por organismos internacionales y gobiernos de diferente signo y pelaje, pero es hartamente discutible, como bien argumentaron Joao Toledo et al. en su revisión sistemática. La referencia que se emplea como “demostrativa” de dicha transmisión es fundamentalmente el artículo de Martinezen New England sobre la existencia de super transmisores en eventos públicos celebrados en Chubut (Argentina) entre finales de 2018 y principios de 2019, y que es reiteradamente “supertransmitido” también por la inteligencia artificial y sus bucles bibliográficos. Como muy bien argumentaba Toledo en su crítica a la hipótesis de la transmisión humana , el problema principal es que en los casos de contagio no se demuestra que las personas infectadas no hubieran podido estar expuestas también a los aerosoles de los excrementos del ratón colilargo, la principal vía de transmisión existente.

Al margen de la argumentación citada de Toledo existe un fundamento epidemiológico bastante evidente: la infección por hantavirus en Chile es inusual pero no es excepcional. Cada año entre 30 y 100 personas son infectadas por dicho virus. La enfermedad es ampliamente conocida ( y temida) en el sur de Chile y Argentina.  Su forma más grave de presentación es el Síndrome Cardiopulmonar por hantavirus (SCPH) producido por el virus Andes, que tiene una letalidad elevada (entre el 18 y el 34%). En caso de que la transmisión persona a persona no fuera algo excepcional, sino habitual, el número de personas infectadas y el número de muertos sería mucho mayor constituyendo ( en este caso sí) una amenaza para la salud pública.

Sin embargo, la ciencia dominante, dominada y monopolizada por los países anglosajones, persiste en su fomento de la alarma permanente ante cualquier infección. Como ejemplo nada mejor que el artículo de autores tan reconocidos como Donald Milton, David Fisman ( consejero de Pfizer y Sqirus Vaccines) y Trisha Greenhalgh, miembro activo y combativo del grupo Independent SAGE que fomentaba medidas extremas en la pandemia Covid-19. En un artículo publicado en el BMJ el ¡12 de mayo¡ , donde se reconoce el empleo de la Inteligencia artificial (en especial en la selección de bibliografía y elementos de apoyo) se afirman cosas como ésta: “el punto de partida no debe ser minimizar el riesgo de transmisión aérea hasta que se demuestre de forma concluyente. El punto de partida debe ser la adopción inmediata de medidas de precaución para reducir la transmisión aérea, como el uso de respiradores por parte del personal sanitario, ¡los casos y los contactos cercanos; la optimización de la ventilación; evitar la recirculación de aire sin filtrar; y la filtración portátil HEPA (filtro de aire de partículas de alta eficiencia) en todos los entornos cerrados de cuarentena y transporte.” Los autores sin embargo reconocen que la transmisión persona a persona rara vez se ha investigado. Pero se considera que “La carga de la prueba no debería recaer sobre quienes abogan por la cautela, sino sobre quienes defienden su relajación”. No deja de resultar curioso que un científico considere que todo agente infeccioso es mortal mientras no se demuestre lo contrario.

Por supuesto ni Milton, ni Fisman ni Greenhalgh han matizado sus opiniones ante los resultados finales del brote del crucero cuatro meses después.

Pero la alarma ( y su histeria) ahí queda. Y la sombra de la influencia europea es muy alargada. Chile, acostumbrada a convivir con la infección por hantavirus desde hace décadas, con probablemente el mayor conocimiento empírico sobre la infección por hantavirus en el mundo. Sorprendentemente el nuevo gobierno, presidido por Kast, acaba de establecer laalerta por Hantavirus desde Atacama hasta Magallanes. Conviene señalar que esa zona geográfica cubre buena parte del país desde un desierto hasta las cercanías de la Antártica. Es la primera vez que se toma esta medida y estará vigente hasta el 31 de julio de 2027. Según informó la subsecretaria de Salud Pública “ estamos muy preocupados y ocupados porque este año la letalidad del virus ha aumentado, y debido a ello determinamos declarar esta alerta. Hasta la semana pasada se registraban 46 contagios y 18 fallecidos, lo que representa una letalidad del 39%”. En realidad, y según datos del propio Ministerio, el número de casos es cierto que está ya cercano a 2025 (38 frente a 44 de 2025), pero lejos de las cifras de 2023 (54), 2019(70) o 2017 (91). Nadie discute la elevada gravedad de la infección una vez se adquiere. La letalidad este año es de 34%, no muy lejana al 30% de 2021. Dichas cifras obligan a una atención inmediata una vez se conforma la infección, su traslado a centros especializados y su tratamiento intensivo. Hace una semana murió una mujer joven en la región de Palena, una de las más expuestas al ratón colilargo. El análisis de su hijo con quien convivía, fue negativo. La letalidad señala la gravedad de la infección y la urgencia de su atención, pero no su capacidad de contagio.

 ¿Justifica estos datos una alerta sanitaria? Posiblemente no, en especial en regiones como Atacama donde el registro histórico no da ningún caso de hantavirus, entre otras razones porque el reservorio no dispone de zonas boscosas para sobrevivir. La justificación escondida en el comunicado no se corresponde con el titular del propio Ministerio. No es una alerta por el hantavirus sino la existencia de una “ multiamenaza sanitaria, al presentarse simultáneamente con otros riesgos como arbovirosis (enfermedades transmitidas por zancudos como el dengue, zika, chikungunya y la fiebre amarilla); y la influenza aviar”. En un amplio cajón de sastre se meten infecciones sin relación alguna, con agentes causales, mecanismos de transmisión y manifestaciones muy diferentes. Pero se le etiqueta con el nombre de la infección de moda.

Científicos, medios de comunicación, revistas científicas, gobiernos de diverso pelaje e instituciones internacionales coinciden en su estrategia de mantener a la población permanentemente atemorizada por la llegada de nuevas infecciones, aunque se conozcan desde hace décadas. ¿Cuál es el sentido de ello¿ ¿Quién se beneficia de esta generación de la histeria? Probablemente los intereses sean muy diversos, desde supervivencia de determinadas instituciones a intereses económicos, políticos o electorales. El problema es que, si lo que se pretende es que estemos bien preparados ante una amenaza como el Covid-19 acabe todo en una nueva versión del cuento del mentiroso y el lobo.

Viñeta: El Roto en El País 

domingo, 22 de marzo de 2026

Recuperar el lenguaje indígena de la consulta frente a los colonizadores



Iona Heath publicó la semana pasada un ensayo en el BMJ sobre la importancia del lenguaje en el contexto de progresiva deshumanización del ejercicio de la medicina. El contenido del mismo se presentó por primera vez en la conferencia sobre Prevención del Sobrediagnóstico, celebrada en Oxford el 3 de septiembre de 2025.

Por su extraordinaria importancia e interés y con autorización se su autora se traduce a continuación: 

 

Combatiendo la biomedicalización destructiva del lenguaje clínico.

¿Preparados para el futuro?

Para la mayoría de los médicos, gran parte del plan decenal de Wes Streeting para el NHS en Inglaterra (Fit forthe future, Preparados para elel futuro"), está escrito en un lenguaje alienante, burocrático y tecnocrático que resulta ajeno.

El recuento de palabras en el informe de julio de 2025 es revelador: “genoma” (17), “genómica” (51), “digital” (122) e “IA” (107); frente a “continuidad” (4), “sufrimiento” (7),“consuelo” (1), “amabilidad” (0) y “solidaridad” (2). La victoriosa retórica del riesgo y la prevención supera con creces cualquier exploración del lenguaje de la enfermedad, del miedo y la esperanza, que es la realidad de la consulta. Y, a pesar del poder de las pruebas que respaldan la pirámide de experiencias adversas infantiles de Vincent Felitti,el recuento  de palabras para “pobreza” (9) y “violencia” (2) en el informe de Streeting es mínimo.

La apoteosis de este lenguaje tecnocrático llegó con la propuesta (que acaparó titulares), de someter a todos los recién nacidos en Inglaterra a la secuenciación genética. Trevor Sheldon y John Wright respondieron en el BMJ: “El cribado genético poblacional, con sus inherentes falsos positivos, falsos negativos y las consecuencias clínicas impredecibles de las mutaciones, tiene el potencial de generar una vida de ansiedad para los padres y sus hijos. Corremos el riesgo de convertir a las futuras generaciones en pacientes desde el momento de su nacimiento, con sobrediagnóstico y sobre-tratamiento... Si bien los políticos no pueden alterar nuestro código genético, sí pueden abordar las desigualdades sociales sistémicas”.

Como toda intervención impulsada únicamente por la teoría, la innovación técnica y las aspiraciones políticas, esta propuesta de cribado profundamente errónea se basa en la descontextualización e ignora por completo el poder del contexto socioeconómico en el que nace cada niño para determinar su salud futura. La persistente brecha en la esperanza de vida entre las personas más ricas y las más pobres no se explica por nuestros genes, sino por el contexto en el que se desarrolla nuestra vida.

Aprendiendo de la literatura de la colonización

El gran escritor keniata Ngũgĩ wa Thiong'o murió en mayo de 2025 a la edad de 87 años. Había vivido, analizado y escrito sobre la experiencia de la colonización. En su colección de ensayos de 1986 (Descolonizar la mente), exploró el extraordinario poder que las lenguas coloniales ejercen sobre los pueblos colonizados.􀀀 Su último libro (Descolonizar el lenguaje y otrasideas revolucionarias), explora la extensión con la que la colonización económica y política ha estado sustentada por la colonización del lenguaje. Probablemente la difícil situación de los trabajadores sanitarios del Reino Unido, que luchan por atender a los pacientes en la primera línea de la práctica clínica, puede entenderse como resultado (al menos en parte) de la colonización de la atención sanitaria y la práctica médica por parte del complejo médicoindustrial.

De hecho, Ngũgĩ podría haber utilizado el informe de Streeting, para ilustrar su argumento.Ngũgĩ señala que una de las armas de la colonización desde el asentamiento inglés en Irlanda en el siglo XVI ha sido la supresión y distorsión de las lenguas indígenas para reforzar las relaciones de poder desiguales y subyugar aún más a los pueblos colonizados. Por lo tanto, a efectos de este análisis, equipararé el lenguaje de los colonizadores con el lenguaje cada vez más burocrático y tecnocrático de la medicina científica, ¡tal y como ha sido claramente explotado en beneficio de los colonizadores; y equipararé el lenguaje de los pueblos colonizados con el lenguaje natural, casi indígena, que se comparte habitualmente en la intimidad del consultorio médico.

De lo práctico a lo abstracto,

Edmund Spenser, autor del poema épico La Reina de las Hadas, publicado en 1590, es reconocido como un gran poeta, pero también fue colonizador en Irlanda, y conocía el poder de las palabras. En 1596 escribió: “Siempre ha sido costumbre del conquistador despreciar la lengua del conquistado y obligarlo por todos los medios a aprender la suya”. Más de cuatro siglos después, esta afirmación encuentra eco en mi experiencia a lo largo de mi carrera médica. El lenguaje poético indígena de la atención médica estaba arraigado en el pragmatismo iterativo de la práctica clínica, con su énfasis en lo que el filósofo británico Stephen Toulmin describió como los “cuatro tipos diferentes de conocimiento práctico: el oral, el particular, lo local y lo oportuno".

Este lenguaje ha sido relegado y despreciado, permitiendo que la teoría domine la práctica en lugar de que la práctica la enriquezca. En la medicina del siglo XXI, el lenguaje de la conquista y la colonización ha proclamado sistemáticamente la preeminencia de lo universal, lo atemporal, lo abstracto y lo general, expresados preferiblemente con la seductora certeza de los números. Los números se han vuelto más importantes que las palabras, de modo que las pruebas biométricas, con conceptos totalmente arbitrarios de normalidad y anormalidad, han desplazado la escucha, la descripción y la ambigüedad de las palabras. Parece que hemos olvidado que, como dijo Toulmin, “necesitamos equilibrar la esperanza de certeza y claridad de la teoría con la imposibilidad de evitar la incertidumbre y la ambigüedad en la práctica.”. El lenguaje conquistador descuida aquellos aspectos vitales del cuidado que van más allá de las métricas. Ignora las advertencias de Aristóteles sobre la necesidad de ajustar nuestras expectativas a la naturaleza del caso y de evitar exigir tipos irrelevantes de “certeza” y “necesidad”.

El lenguaje colonizador rezuma certeza y necesidad. Nuestros pacientes han sido redefinidos como unidades de necesidad sanitaria, caracterizadas por esas cifras aberrantes, cuya corrección se monetiza fácilmente con el fin de extraer y maximizar beneficios.

Poesía y ciencia

En un ensayo escrito en la década de 1940, Aimé Césaire, el gran poeta francófono de Martinica, sostiene que "el conocimiento poético nace en el gran silencio del conocimiento científico". Césaire reconoce que hay  aspectos de la experiencia humana sobre los que el conocimiento científico no puede decirnos casi nada, incluidas esas experiencias de miedo y esperanza que son tan fundamentales para la atención sanitaria.

Desde perspectivas completamente distintas de la historia de la colonización, los poetas Césaire y Spenser comprenden el poder de las palabras: cómo las palabras moldean el pensamiento, y viceversa. En la consulta con pacientes reales, existe una brecha entre el conocimiento científico, expresado en gran medida en números, y el conocimiento poético, siempre expresado en palabras. El informe Fit for The Future ( Preparados para el futuro) sobre el Servicio Nacional de Salud (NHS) ilustra cómo el lenguaje conquistador de la biomedicina técnica ha minimizado deliberadamente la importancia del conocimiento poético. Las palabras se crean, adaptan y modifican dentro de redes continuas de relaciones humanas, y cuando las usamos subrayamos la importancia del contexto y las relaciones que mantienen unidos esos contextos individuales. Quizás por eso, las palabras pueden tener un poder inmenso. Ngũgĩ escribió que “el conquistador solo tiene que invertir en captar las mentes de la élite, que luego extenderá la sumisión al resto de la población. La élite se convierte en parte del ejército lingüístico del conquistador”. Me pregunto hasta qué punto la élite médica contemporánea ha colaborado en la conquista que describo, modificando su propio lenguaje, priorizando el tratamiento de los riesgos futuros sobre la atención de las personas que están enfermas ahora y permitiendo que la calidad de la atención se defina en términos de objetivos numéricos que casi siempre recompensan el aumento de las tasas de pruebas o prescripciones, lo que, a su vez, beneficia a las industrias de dispositivos médicos y medicamentos.

Ngũgĩ también escribió: “Si se destruye la lengua de un pueblo, se destruye el vocabulario con el que comprendían su entorno y, en consecuencia, todo el conocimiento y la información desarrollados en el curso de su interacción con ese entorno". Para mí, esto explica cuánto se ha visto perjudicada la consulta médica ordinaria por la pérdida del lenguaje poético habitual del cuidado y la atención. Parece describir lo que sucede cuando una consulta sale mal, dejando al paciente con la sensación de haber sido ignorado y al médico frustrado. Estamos perdiendo el lenguaje del cuidado que gira en torno a los cuatro tipos de conocimiento práctico de Toulmin, que también sustenta y fortalece las relaciones y, por lo tanto, permite que el lenguaje científico generalizador del tratamiento cumpla su función. El lenguaje del hogar y de la calle también debería ser el lenguaje de la consulta si se quiere lograr la profundidad necesaria para una comprensión mutua.

Deshumanización.

En su último libro, La muerte yel jardinero, publicado en 2025, el escritor búlgaro Georgi Gospodinov relata sus intentos de cuidar a su padre moribundo. Describe una consulta temprana en un hospital e ilustra el efecto alienante del lenguaje dominante. Escribe: “Cada descripción, incluso aquellas que solo describen la respiración normal o las membranas mucosas rosadas, te saca de la rutina de los vivos. El lenguaje se convierte en un consultorio. Y cuanto más detallada es la descripción, más marginada queda la persona. Ya no es una persona, sino un paciente. Aquí ya podemos ver la primera sustitución. La descripción objetiva de tu estado te convierte lentamente en un objeto. La primera autopsia, mientras aún estás vivo y sin anestesia, la realiza el lenguaje. Entra fríamente, mira alrededor, describe, fija cada detalle y lo hace visible. Excepto que mi padre ya no está aquí. Cada descripción médica, cada vez más detallada, conduce paradójicamente a la deshumanización”. Hasta su relativamente reciente corrupción sistemática por la búsqueda neoliberal de beneficios, la medicina científica había sido una fuerza para el bien, pero sus efectos beneficiosos pueden verse fácilmente socavados sin relaciones ni palabras. Los médicos jóvenes se enfrentan a problemas especiales porque no han vivido directamente los años de desgaste que nos han legado el estado actual de desnaturalización del lenguaje sanitario, por lo que se encuentran desorientados y confundidos al iniciar su práctica clínica. Se encuentran atrapados entre el lenguaje de los colonizadores y el lenguaje indígena del cuidado. Se espera que sigan el primero y se sienten juzgados por él, pero muy pronto descubren sus deficiencias. Intentan seguir directrices que ignoran las necesidades y aspiraciones expresadas por sus pacientes, y gran parte de lo que se les pide les parece inútil, si no directamente perjudicial. Nada parece encajar. Su propia experiencia clínica les enseña rápidamente que la práctica clínica va más allá de la ciencia biomédica, especialmente de la ciencia biomédica corrompida por los colonizadores. Su compromiso con la atención a los pacientes puede verse comprometido en un entorno laboral que parte de la premisa de que el cuerpo es una máquina, que la tecnología puede prevenir enfermedades e incluso la muerte, que siempre existe una respuesta correcta. Las prioridades sanitarias contemporáneas parecen no valorar las relaciones que resultan esenciales para poder generar la confianza necesaria para moderar los excesos de miedo y esperanza presentes en casi todas las consultas clínicas. Así como los pacientes se reducen a meras necesidades de atención médica, los profesionales son tratados como recursos sanitarios intercambiables. Se ha permitido, e incluso fomentado, que las relaciones a largo plazo entre médicos y pacientes, e incluso entre los distintos miembros de un equipo sanitario, se deterioren. Los médicos jóvenes se sienten traicionados, desamparados y temerosos.

Lo que denomino el lenguaje tradicional e indígena de la atención médica ha evolucionado, permaneciendo arraigado en los detalles, la incertidumbre y la sabiduría de la práctica clínica. El desajuste entre las necesidades del paciente y la carga que supone la atención preventiva conduce inevitablemente a un estrés ético. Esto es especialmente cierto cuando las métricas de calidad impuestas y otros incentivos —centrados principalmente en la prevención— prevalecen sobre las necesidades del paciente y penalizan económicamente a los médicos de cabecera por priorizar a los pacientes enfermos. El lenguaje colonizador exige una jornada laboral de 27 horas para los médicos de cabecera17pidiéndoles que realicen un trabajo imposible, y desmoralizando a toda una generación de profesionales de atención primaria. Como escribimos el año pasado mis colegas y yo en el BMJ, “Términos como «riesgo» y «prevención» son problemáticos: todos corremos cierto riesgo y, en última instancia, no podemos evitar la muerte. El resultado es una profesionalización y burocratización de las definiciones que resultan engañosas. ¿Acaso la mamografía «previene» el cáncer de mama cuando reduce el daño a una o dos personas de cada 1000 al cabo de 10 años? ¿Acaso la reducción de la presión arterial sistólica de 160 mm Hg «previene» las enfermedades cardiovasculares cuando menos de una persona de cada 50 se beneficia en tres años? “.

La joven psiquiatra y académica noruega Caroline Engen ha escrito con elocuencia sobre la difícil situación de su generación, atrapada entre los dos lenguajes contrapuestos que he intentado describir¹⁸:”…los médicos se enfrentan a la imposibilidad de estar a la altura de los estándares epistémicos y morales, así como de las responsabilidades profesionales arraigadas en un contexto social diferente, donde sus posiciones, relaciones y autoridad eran muy distintas”.

Cuidado de los moribundos

El cuidado de las personas moribundas representa la prueba definitiva del lenguaje colonizador, donde fracasa rotundamente. Un lenguaje monológico, con énfasis en la cantidad, no tiene nada que ofrecer, mientras el lenguaje tradicional, dialógico y basado en las relaciones, vuelve a resultar esencial. Solo dentro de este lenguaje podemos construir un enfoque menos pusilánime ante el inevitable final de nuestras vidas. Solo dentro de este lenguaje sutil, ambiguo e infinitamente flexible podemos encontrar maneras de detener la búsqueda inútil de riesgos en personas mayores y frágiles, y así dejar de dañar y envenenar a quienes están muriendo.

El médico del siglo XVII, Thomas Browne, declaró: “…Yo, que he examinado las partes del hombre y sé de qué delicados filamentos cuelga ese tejido, me asombra que no estemos siempre [enfermos. Y considerando las mil puertas que conducen a la muerte, doy gracias a mi Dios porque solo podemos morir una vez”.

Parece que cuanto más nos enseña la atención médica preventiva sobre las mil puertas, más miedo sentimos y más absurda parece la aspiración de prevenir todos los riesgos de todas las posibles causas de muerte. Cada uno de nosotros solo puede morir una vez.

¿Qué se puede hacer?

Estoy convencida de que los problemas causados ​​por el lenguaje deben resolverse a través del lenguaje, por lo que propongo que todos nosotros deberíamos:

• Revivir deliberadamente el lenguaje propio de la atención médica y en todos los niveles políticos, explorar y explicar lo oral, lo particular, lo local y lo oportuno.

• Valorar explícitamente y construir relaciones continuadas y longitudinales en todos los niveles de la atención médica;

• Ayudar a los médicos jóvenes a comprender que (al igual que todas las víctimas del abuso de poder), sus sentimientos de confusión y fracaso no son culpa suya; e

• Insistir en que los líderes médicos clínicos utilicen y promuevan el lenguaje indígena de la atención, usándolo activamente para contrarrestar el lenguaje dominante del complejo médico-industrial, con su insistencia en lo universal, lo atemporal, lo abstracto y lo general.

Todos seremos juzgados por nuestras palabras.

martes, 27 de mayo de 2025

Un análisis de las causas del sufrimiento de los profesionales clínicos

 


En la última entrada de este blog hacía mención a la reseña de la Dra. Iona Heath sobre el trabajo de la Dra. Caroline Engen, y que merece un comentario aparte. Su origen es un suceso ocurrido en Noruega en junio de 2023: una joven residente se suicidó, presionada por las condiciones de trabajo que venía soportando desde hacía tiempo. A raíz de ello, su pareja organizó un grupo en Facebook (#legermaleve, en inglés “doctors must live”) con el fin de compartir experiencias sobre las condiciones de trabajo inaceptables en el sistema de salud noruego. En dicha comunidad llegaron a participar más de 6000 médicos y estudiantes, en un país que cuenta con unos 40.000. Es decir, más de un 10% de ellos estuvieron interesados en este tema. Lo paradójico del caso es que eso se produce precisamente en uno de los países que se toman de referencia habitualmente como ejemplos del mayor grado de desarrollo social, donde el gasto per cápita en salud es de más de 6000 dólares ( tres veces el de España), y donde las condiciones laborales son de las más garantistas del mundo.

La Dra. Caroline Engen es una médica noruega que además es filósofa. Interesada en esta experiencia decidió realizar un análisis sociológico y fenomenológico de dicho movimiento, utilizando una innovadora metodología basada en el estudio de heurísticos desarrollada por Vosman y Niemeijer, consistente en tres fases diferentes: Think along ( pensar juntos) donde se analiza simplemente el fenómeno; couner-thinking (réplica) en que se amplía el foco de análisis más allá del proceso en sí; y finalmente rethink (replanteamiento) donde se reformula el problema.

El movimiento Doctors must live compartía una vivencia generalizada de que el entorno laboral noruego era insostenible, irresponsable e insoportable, siendo necesaria su reforma radical. Esta situación no es exclusiva de Noruega: la sobrecarga, frustración y renuncia no sólo aparece en España de forma cada vez más escandalosa, sino que es compartida a nivel global, como prueba el hecho de que los países con mejores condiciones de sus sistemas sanitarios (el club de la Commonwealth Fund) comparten niveles nunca conocidos de burnout, estrés, decepción y deseo de abandonar la profesión en los próximos años.

Volviendo a Engen, en la primera fase del estudio se identificó nítidamente cuál era el problema principal: el exceso de trabajo, la sobrecarga, la falta y presión del tiempo, incluso para atender necesidades vitales tales como ir al baño. Todo ello generaba un intenso grado de sufrimiento, capaz de llegar al suicidio. El análisis de los relatos destaca que esto no sólo es debido a la sobrecarga en sí, sino especialmente la inutilidad de muchas de esas tareas, burocráticas, sin impacto alguno en la atención. Junto a ello identificaba Engen en los médicos sentimientos de incompetencia (de carecer de todos los conocimientos necesarios para atender a los pacientes), de culpa ( por cargar a los compañeros con más trabajo si uno claudica y se pone enfermo), de responsabilidad (por el hecho de no responder adecuadamente lo que los pacientes demandan) y, en definitiva, de sufrimiento. Todo ello implica la necesidad de cambiar sustancialmente el modelo, en el cual el aumento de médicos o la reducción del número de pacientes parece la propuesta inevitable.

Pero al ampliar el foco del estudio, en la segunda fase de “réplica” ( counter-think), Engen observó que no era sólo una cuestión de “cantidad” de trabajo, sino fundamentalmente de su “calidad”. En el marco de lo que Harmut Rosa llama “modernidad tardía”, la reestructuración de los espacios clínicos a través de una especialización cada vez más generalizada, de una regulación cada vez mayor de las tareas y funciones, y de un ritmo imparable de cambios tecnológicos y sociales, los profesionales se ven claramente desbordados, lo que lleva a desestabilizar sus roles, relaciones y responsabilidades, introduciendo precariedad, pero no solo en las condiciones de trabajo, sino en la misma relación con los pacientes: relaciones clínicas precarias, momentáneas, incompletas, que han llegado a pervertir la esencia del trabajoprofesional: ” La reorganización neoliberal de las organizaciones de atención implicó que las enfermeras ya no podían realizar su trabajo de la forma en que se les había enseñado, ni según los estándares que consideraban apropiados y responsables  considerándolo como una violación de su integridad profesional”.

Pero además de ello, en opinión de Engen se ha producido “la expansión del ámbito de la medicina, integrando la salud no sólo como una preocupación de la díada profesional-paciente, sino como un objetivo político y social dirigido a poblaciones. Esta integración ha difuminado los límites entre la atención clínica y la salud pública, transformando lo que se considera "bueno" en la práctica médica, y alterando fundamentalmente la percepción de los propios médicos como actores morales”. En Noruega ( y por extensión en cada vez más países) los médicos “parecen adoptar implícitamente una postura utilitarista donde el objetivo principal, si no la razón de ser en sí misma, del sistema de atención médica es maximizar la salud en la población mediante alguna métrica, ya sean AVAC u otras”. En definitiva, una demostración del “Biopoder” que describió Michel Foucault “ donde los médicos adoptan e implementan las prioridades del estado, centrándose en controlar y mejorar la salud de las poblaciones en lugar de priorizar la atención individual”. Una referencia más, a la necesidad de reflexionar sobre cuales deben ser las prioridades de la atención en consulta que señalaban a principios de año en BMJ de Martin, Johansson, Heath, Lehman y Korownyk.

Con este análisis el sufrimiento de los médicos aparece, no sólo como resultado de la falta de tiempo y el exceso de presión, sino como la imposibilidad de hacer compatibles tres nociones rivales de ética: el imperativo utilitario de maximizar la salud de la población, el ideal de autonomía y elección individual del paciente, y la experiencia tácita y relacional del cuidado prestado por el profesional.

En la última parte de su estudio ( Rethink, pensar de nuevo), Engen señala dos aspectos clave que ayudan a entender de forma mucho más profunda las causas reales del sufrimiento de los profesionales sanitarios:

Por un lado, Hertzberg, ya señalaba que mientras antes se integraba profundamente la identidad profesional de una persona en su estilo de vida, los médicos más jóvenes tienden a ver su trabajo simplemente como un empleo, que debe ser complementario al resto de intereses vitales. Algo que explica muy bien el rechazo de los especialistas recién formados a aceptar cualquier contrato precario y abusivo, optando por emigrar o incluso abandonar la profesión. Por otro lado Engen describe el actual proceso de “ transición de la medicina a la ingeniería, en el que los médicos se están reinventando cada vez más alejados de la presión de la atención médica: un sistema donde los profesionales de la salud son técnicos altamente cualificados y especializados al servicio del big data y los procesos automatizados de toma de decisiones sin atención directa a pacientes”. Como muestra de esto cita el trabajo de Strand en el que éste describe las previsiones optimistas de la Sociedad Americana de Oncología Clínica en que auguran un optimista futuro para 2030 en el que los oncólogos no tendrán que ver ya enfermos, sino que analizarán simplemente datos sobre ese ente ajeno antes llamado paciente. Las elecciones de los últimos años de los primeros números del MIR es también una muestra de ello, donde cada vez son más valoradas y elegidas especialidades que alejan cada vez más al paciente y sus olores, y lo sustituyen por muestras, imágenes o parámetros asépticos.

Para Engen la adopción del “régimen utilitarista utópico que imagina a los cuidadores humanos reemplazados por algoritmos, tecnología y, en última instancia, robots de bienestar, supone una grave incomprensión no solo de lo que es un buen médico, sino también de lo que es una buena vida y, fundamentalmente, de lo que es un ser humano”. Es por ello que “ en lugar de aceptar la inevitabilidad de convertirse o ser sustituidos por robots, una perspectiva humana del cuidado insistiría en la necesidad de reclamar el lugar del cuidado, reconociendo que el deseo y la necesidad de cuidar a los demás es la humanidad en su máxima expresión y una virtud que debe adoptarse y cultivarse”.

El excelente trabajo de Engen es la demostración de que la ausencia de médicos, la desmotivación de los médicos y su sufrimiento tiene causas profundas ancladas en la sociedad emergente, y que no se solucionará limitando el número de pacientes a ser atendidos en el día.