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jueves, 24 de noviembre de 2016

Populismo científico



A resultas del triunfo de Donald Trump en las últimas elecciones presidenciales americanas algunos “reputados” expertos han encontrado múltiples semejanzas entre el modelo político de éste y el defendido por ciertas fuerzas políticas que se oponen a los tratados de libre comercio. En opinión de Christine Lagarde, Angela Merkel, Albert Rivera y la caballería pesada del grupo PRISA, mantener esa posición respecto a este tipo de tratados es una posición “populista”.
El populismo crece sin medida; la última amenaza procede de conocidos “populistas” y a los anteriores ejemplos habrá que añadir a Desmond McNeill del SUM ( Centre for development and The Environment de la Universidad de Oslo),Carolyn Birbeck (Universidad de Oxford), Sakika Fukada-Parr (The New School de Nueva York), Anand Grover ( Lawyers Collective de Nueva Delhi), Ted Schreker ( Universidad de Durham) y en especial a David Stuckler , el profesor de Economía Política y Sociología de la Universidad de Oxford, y autor del libro La austeridad mata, tan del gusto de algunos supuestos "progresistas" hace un par de años. Todos ellos acaban de publicar un trabajo en The Lancet en que revisan las consecuencias en términos de salud global que tienen y tendrán los acuerdos de comercio e inversión. Reconocidos populistas y agitadores convulsos, como lo es también Martin McKee quien lleva años alertando de los efectos de estos acuerdos.
El documento da cuenta del creciente cuerpo de evidencias científicas que sustentan el planteamiento de que,ya se llame TTP ( Trans-Pacific Partnership), TTIP ( Transatlantic Trade Investment Partnership) o CETA, los acuerdos de libre comercio tendrán consecuencias negativas para la salud de las personas y las poblaciones, mucho mayores que las de acuerdos previos en esta materia. Dichos acuerdos se inmiscuyen en el espacio político de los países firmantes, “afectando a la libertad, el ámbito de actuación y los mecanismos que los estados emplean para elegir, diseñar e implementar sus políticas públicas”. Estos tratados, que afectan aún más a la inversión que al comercio, proveen la estructura legal para una reorganización global de la producción de más del 80% del comercio mundial.
Su efecto sobre múltiples determinantes de la salud, desde la polución ambiental a la seguridad alimentaria, de la tecnología al empleo, es claro, afectando especialmente como siempre a los países más pobres y a la parte de población más pobre de los países más ricos.
Los avances obtenidos en materia de propiedad intelectual sobre prioridades en salud y que permitían las llamadas “flexibilidades” para usar licencias protegidas en caso de emergencias sanitarias se limitarán en buena medida con estos acuerdos (prolongando en muchos casos el tiempo necesario para producir productos genéricos).
Especialmente peligroso resulta el proceso de negociación del ISDS (Investor-State Dispute settlement) y sus “provisiones”. Éstas permitirán a las grandes firmas multinacionales extranjeras retar a un estado cuando consideren que sus leyes nacionales ponen en peligro sus intereses comerciales futuros, demandas que serán arbitradas por tribunales al margen de la jurisdicción ordinaria e internacional, por tribunales creados al efecto para vigilar el cumplimiento de los propios tratados. De esta forma ya ha sido demandada la decisión del gobierno uruguayo de establecer alertas informativas en materia de salud (iniciativa muy poco del agrado de Ciudadanos por ejemplo) o la forma de empaquetado del tabaco que llevó a cabo el gobierno australiano. La protección del medio ambiente, del control del consumo del alcohol y el tabaco o las tasas sobre alimentos procesados con efectos claramente perjudiciales para la salud son especialmente objeto de estas demandas.
En este blog ya hemos comentado reiteradamente los efectos potenciales que puede tener la aplicación del TTIP para la provisión de los sistemas sanitarios. Entre otras, la dificultad de revertir procesos de privatización por parte de aquellos gobiernos que quieran hacerlo; o el riesgo de ser demandados por aseguradoras multinacionales privadas si consideran que leyes locales perjudican sus intereses.
En definitiva, los investigadores de Lancet proponen una nueva agenda basada en tres condiciones imprescindibles: proteger el espacio de los estados para considerar a la salud pública como una prioridad, a salvo de las negociaciones, transparencia absoluta del proceso ( algo a lo que los partidos socialistas renuncian con sumisión patética) y rechazo de la intromisión de tribunales paralelos en las políticas locales.
A esto habrá algunos que lo considerarán un populismo insultante.
No puede resultar extraño que los partidos neoliberales defiendan los tratados de inversión y comercio; forma parte de su genotipo. Pero a los partidos que seautodenominan socialistas apenas les queda ya tiempo y excusas para demostrar que realmente defienden los intereses colectivos de los ciudadanos, y no son una forma (algo más estilizada ) del neoliberalismo rampante.

(Fotografia: David Stuckler)

jueves, 5 de mayo de 2016

Allanando el camino al TTIP



 Para comprobar la solvencia de cualquier documento hay una prueba que nunca falla: ir a la lista de referencias y consultar las fuentes. Si uno las revisa en el documento al que hacíamos mención en el último post ( Who cares? The future of general practice) comprueba rápidamente que hay gato encerrado. Se habla de atención primaria, medicina general o incentivos, pero solo se encuentran referencias a instituciones dependientes del propio gobierno británico o noticias aparecidas en medios de comunicación. Reform (el think tank que elabora la recomendació),, ampliamente difundida en Reino Unido como soporte intelectual para producir cambios en la medicina general británica, aparenta ser una institución independiente cuya misión es fomentar una mejor forma de prestación de los servicios públicos y de “prosperidad económica”, y cuyo objetivo es producir investigación de “excepcional calidad en materia de economía, salud, educación o bienestar”. Su planteamiento parte de una afirmación contundente: el modelo de medicina general británico lleva sin apenas cambios desde su creación y no se adecua a las necesidades de los usuarios de hoy que reclaman mucho mayor grado de interacción virtual; además es sumamente ineficiente para los contribuyentes. ¿Argumentos? La propia opinión de los autores y sus fantasiosos cálculos.
Su primera recomendación es paralizar la iniciativa de contratar 5000 nuevos médicos generales en Inglaterra. No hacen falta, puesto que más del 50% de sus consultas podrían ser resueltas por otros profesionales. Los compradores de servicios deberían promover la creación de nuevos mercados a través de acuerdos de riesgo compartido, cuya naturaleza “debería variar según la madurez del propio mercado(¿?), pero que deberán ser diseñados para que los proveedores asuman toda la responsabilidad financiera de la atención a los pacientes”. También dependerá de la “madurez del mercado” la duración exacta de los contratos, pero “las mejores prácticas”( como Ribera Salud) sugieren que deben establecerse entre 5 y 15 años, para “fomentar la competencia”.
Esa revolución de su caduco modelo de Atención Primaria debería pasar por acabar con las pequeños centros ( “practices”) de medicina general y sustituirse por grandes proveedores capaces realmente de ofrecer el rango de servicios que un usuario moderno  precisa hoy en día: aparataje diagnóstico de vanguardia ( Resonancia magnética, ecocardiografía), cirugía o urgencias , 7 días a la semana, 24 horas al día. Sin más argumento que su propia opinión consideran que “ estos servicios además de ser altamente demandados, mejoran la calidad y la satisfacción y ahorrarían 1,6 millones de libras de la reducción de citas de seguimiento”. Se basan para ello en que (según la Commonwealth Fund) Reino Unido es uno de los países cuyos médicos generales más reclaman cambios sustanciales en su sistema. Se callan,sin embargo, que aún más que los británicos, reclaman cambios suecos y norteamericanos, los países que más han desarrollado el modelo de reforma que el documento propone.
Su último capítulo tiene el inequívoco título de “mercados saludables” ( Healthy markets). En él se señala: “ En lugar de seguir dependiendo del dinero procedente de nuevos contribuyentes a través de impuestos para invertir en infraestructuras, los futuros proveedores deberían acudir a mercados de capital privados…el acceso a los mercados es crítico para mejorar los servicios”. Sin complejos ( como diría Aznar) se señala la disposición de expandir servicios de Vanguard ( compañía de inversión radicada en Pennsylvania), Virgin Healthcare o BlueCross Blue Shield de Massachussets a través de sus modelos AQC ( Accountable Quality Contracts).
En definitiva, la presión para abrir los servicios sanitarios en los sistemas nacionales de salud a las grandes corporaciones multinacionales arrecia. El marco que regulará en el futuro la prestación de servicios en dichos sistemas ( El Tratado Transatlántico de Libre Comercio o TTIP) sigue negociándose en secreto, hurtando asombrosamente la información a los ciudadanos. Las preocupaciones sobre lo que se está negociando no son menores: el tratado inicialmente incluye el establecimiento de nuevos órganos de arbitraje al margen de los tribunales nacionales ( ISDS-Investor to State Dispute Settlement, o ICS en la última versión) con competencia para fallar sobre las reclamaciones de las corporaciones que consideren que sus intereses comerciales hayan sido perjudicados por decisiones de gobiernos legítimamente elegidos  y que podría resultar en indemnizaciones millonarias que ningún gobierno podría afrontar. También podría incluir claúsulas de ajuste ( “ratchet”) que impidieran a nuevos gobiernos revertir los procesos de privatización de sus predecesores.
Solo en los últimos días el escándalo de la negociación clandestina ha tenido acceso a los medios, en buena medida por la ofensiva final de Obama para la aprobación del acuerdo. Mientras en Inglaterra el acuerdo lleva años siendo denunciado en medios de comunicación, la mayor parte de los medios españoles (con especial mención al grupo PRISA) lo han estado silenciando hasta ahora. Mientras los partidarios del mantenimiento de servicios sanitarios públicos como mejor forma de garantizar la equidad en el acceso a la salud exigen transparencia absoluta en la negociación del acuerdo, partidos en teoría defensores del estado de bienestar español (como el socialista) permanecen mudos ante el atropello.
LaComisión europea intenta tranquilizar a los británicos respecto a lassalvaguardas para su NHS A los españoles no hace falta alguna, quizá porque a España no le preocupa ( aunque las sospechas son quesería uno de los países más perjudicados); o quizá porque no pinta absolutamente nada.