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sábado, 4 de noviembre de 2017

El retorno del replicante (I)



Hace un par de semanas, Yuval Noah Harari , el autor de Homo Deus y sobre quien ya hemos escrito aquí varias veces, publicaba un interesante artículo en Nature sobre lo que llama “el relanzamiento de la revolución de la Inteligencia artificial( “Reboot for the AI revolution”). La nueva revolución procede, a su juicio, de la integración de dos líneas de supuesto progreso: por un lado, el desarrollo vertiginoso de nuevos algoritmos capaces de “aprender” a partir de la información suministrada por cantidades ingentes de datos, y por otro el progreso científico a la hora de descifrar los mecanismos que sustentan las emociones y las intuiciones humanas. Los nuevos algoritmos podrían desplazar del mercado de trabajo a una gran parte de la población en el futuro, al ser más mucho fiables y sin los inconvenientes de las “debilidades humanas” (bajo rendimiento, problemas emocionales, vagancia, conflictividad,). Aunque Harari considera, algo ingenuamente, que los gobiernos podrían enlentecer y humanizar el ritmo de este proceso, caben pocas dudas de que la insaciable avaricia de las empresas procurará por el contrario acelerar el proceso todo lo posible.
Entre las profesiones llamadas a desaparecer Hahari incluye la de los médicos generalistas, dedicados a algo tan “reemplazable” como realizar diagnósticos y poner tratamientos, que deberán dejar paso a tareas mucho más productivamente humanas tales como desarrollar nuevos fármacos e innovadoras técnicas quirúrgicas, lo que ha generado la indignación de algunos de los más influyentes médico generales británicos. ”Que atrevida es la ignorancia” me decía con resignación mi abuela cuando yo era pequeño, y es evidente que la infección nos afecta a todos, incluida una mente tan privilegiada como la de Harari. No tanto por considerar que nuestro trabajo esté llamado a desaparecer, sino sobre todo por considerar que lo verdaderamente “irreemplazable y humano” sea diseñar nuevos fármacos y técnicas quirúrgicas.
Como de costumbre Harari presenta argumentos interesantes: por ejemplo la idea de que dentro de apenas 40 años no sólo habrá quedado obsoleta la idea de un trabajo para toda la vida, sino incluso la de una profesión para toda la vida. Por supuesto algo así pone en cuestión todos los fundamentos en los que se basa el trabajo de un buen médico de familia (aquello cada vez más antiguo de la atención de la cuna a la tumba, o más prosaicamente de la cuna a la cuña), sino que deja de nuevo en evidencia a todo el modelo educativo actual que sigue feliz en el siglo XIX.
Esto era el progreso. El último libro de Bauman, Retrotopia, comienza con la definición del progreso que escribió Walter Benjamin en su Tesis de filosofía de la historia a partir del cuadro de Paul Klee: “ el rostro del Ángel de la Historia está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de hechos, él ve una catástrofe única que no cesa de amontonar escombros que aquella va arrojando a sus pies…una tempestad que sopla desde el Paraíso le empuja de manera irresistible hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras el montón de ruinas crece ante él, alzándose hacia el cielo.Es el huracán que nosotros llamamos progreso.”
Para Bauman sin embargo, las tornas se han invertido hoy y si antes mirábamos con pavor hacia un pasado construido sobre varias guerras mundiales, ahora al que miramos con espanto es hacia un futuro en donde el ser humano parece que sobra.
Harari alerta de que no disponemos de modelos viables para una sociedad y economía en donde el trabajo no precisa obligatoriamente de seres humanos. Si la idea de una renta universal que pudiera “salvar” a los no necesarios levanta tantos recelos a  nivel de un país, aún menos estaremos dispuestos a permitir que nuestra riqueza pudiera servir para salvar a los que viven en la miseria a miles de kilómetros de distancia, en un mundo en que solo nos importa “lo nuestro”.
El poder destructivo de la modernidad es inmenso para Harari. Los retos a los que nos enfrentamos con el advenimiento de la biotecnología y las nuevas tecnologías son mucho mayores a los que supuso la industrialización o la electricidad en el siglo XIX. Y mientras tanto, los ministerios y las consejerías de salud del país siguen babeando ante lo que llaman progreso.

(reproducción del Angelus Novus de Paul Klee)

domingo, 6 de enero de 2013

Aprender del pasado


"We think we have learned enough from the past to know that many of the old answers don’t work, and that may be true. But what the past can truly help us understand is the perennial complexity of the questions”
Reappraisals. Tony Judt

El pasado no interesa.  Convencidos de que nuestro momento es único, de que los retos que afrontamos no tienen precedentes, volver la vista atrás parece una tarea superflua. No es de extrañar que las humanidades, y en especial la historia, sean relegadas al trastero social, entretenimiento residual de tarados que no tienen otra actividad  más productiva a la que atender.
Hace solamente un siglo, en 1913, el mundo se preparaba también para otro cambio “radical” ( Virginia Woolf sostenía que alrededor de diciembre de  1910 el carácter humano cambió). Trajo consigo dos guerras mundiales y varias revoluciones. En su último libro, el imprescindible Reappraisals (Repensar el siglo XX,) Tony Judt define con lucidez las dos características básicas del siglo XX,: la primera es la la guerra; la segunda, el auge primero, y la caída después, del estado  a manos de  las corporaciones multinacionales, las instituciones transnacionales  y el movimiento acelerado de personas , bienes y dinero, fuera de cualquier control. Las dos están íntimamente relacionadas: el largo periodo de paz tras la última guerra mundial fue en buena parte fruto del reforzamiento del estado y su función social. Pero de ser  un “estado providencia”, fuente de bienestar social, ha pasado a considerarse una fuente de ineficiencia e intrusión social, un ente desaliñado que debe ser reducido a su mínima expresión.
Una de las ideas más habituales  que uno encuentra cuando uno habla con colegas americanos es la consideración  que se tiene allí de que nuestro sistema sanitario es un sistema “socialistas”.Cuando les respondes preguntando si creen que el sistema británico es socialista quedan confusos. 
Porque no hay que olvidar que las instituciones nucleares del estado de bienestar fueron en buena medida creadas y mantenidas por gobiernos demócrata-cristianos en Europa. El NHS británico  fue diseñado por Beveridge ( un liberal) y aprobado en plena guerra por el gobierno de Churchill ( un conservador). El estado de bienestar  fue de hecho un consenso entre partidos, implantado en muchas ocasiones por partidos liberales o conservadores para los que la provisión de servicios médicos universales, las pensiones, los seguros de desempleo y enfermedad, la educación gratuita o  los subsidios al transporte publico representaban, no el primer paso del socialismo del siglo XX sino la culminación del liberalismo reformista del XIX.  No les animaba ninguna intención filantrópica, sino que la clave de la llamada Cuestión social en aquellos años era , según Judt   cómo podía ser evitada la agitación social en una sociedad construida sobre los beneficios que proceden de la rentable explotación de una populosa clase mal pagada y existencialmente descontenta”.
El “estado de bienestar” no se concibió por tanto, como un instrumento de la revolución igualitaria, sino como una medida profiláctica por parte del estado, una barrera para evitar la vuelta precisamente a un pasado de depresión económica, desigualdad social y violencia.
La idea actualmente dominante de que el estado no es más que un impedimento para el crecimiento demuestra la cortedad de miras de nuestra época. De nuevo Judt :“Democracias en las que no existen alternativas reales, donde la economía política es todo lo que importa- y donde ésta está condicionada en gran medida por actores que no son políticos (bancos centrales, , agencias internacionales , multinacionales) se ven abocadas a dejar de funcionar como tales democracias o acomodarse una vez más a la política de frustración y resentimiento popular”.
En el siglo XX descubrimos que la provisión colectiva de servicios sociales y ciertas restricciones a la desigualdad de ingresos y riqueza son variables económicas importantes en si mismas, que permiten construir  cohesión y paz social, indispensables para una prosperidad sostenida.
Pero,como dice Judt,  los avances en protección social son siempre vulnerables y políticamente contingentes. No hay ninguna ley histórica que diga que no pueden ser destrozadas cualquier día, al igual que la libertad política .  
En 2013 nos jugaremos mucho de lo que costó un siglo conseguir.