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martes, 2 de octubre de 2018

La soberbia de los cartógrafos

Eric Temple Bell había nacido en Escocia pero siendo muy pequeño su familia se trasladó a California, estudiando en universidades tan poco relevantes como Stanford o Columbia. Casado con las matemáticas desde que acabó sus estudios,  su verdadero amor era la poesía y la ciencia ficción, un amor sin embargo no suficientemente correspondido. A pesar de sus descubrimientos en el ámbito matemático, y a sus esforzados intentos de convertirse en escritor bajo el seudónimo de John  Taine, nadie le recuerda hoy, aunque una de sus aforismos sí que tuve fortuna, aquel que decía que "el mapa no es la cosa representada", popularizada después por el filósofo Alfred Korzybski  con la afortunada idea de que “el mapa no es el territorio”.
Sin duda los mapas ayudaron a conocer los territorios, aunque durante siglos buena parte de ellos quedaron reducidos a una categoría inefable: lo desconocido. Pero la preponderancia de los mapas ha acabado por significar la subordinación de los territorios a ellos, de forma que en caso de discrepancia se toma como real el mapa.  Cada vez es más frecuente que ante la incapcidad de un protocolo de dar respuesta al problema de un paciente, el médico se lo quite de en medio con el argumento de que las pruebas salieron normales, por lo que "usted no tiene nada”, enmascarado en el eufemismo de “ se descarta patología orgánica”.
Entre los riesgos del sobreuso de mapas no es menor el de la burocracia que supone y el coste de tiempo que implica:  en Tristan Shandy ( la novela de Sterne) la descripción de solo un día en la vida del protagonista supone más de un año de trabajo.  De la ridiculez de los empeños en protocolizarlo todo ( como el delirante empeño en sistematizar cerca de 100 procesos asistenciales en Andalucía) nada mejor que leer “del rigor en las ciencia” de Borges quizá el más preciso descriptor de la diferencia entre mapas y territorios: “En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas”.
Nadie como Iona Heath y Kieran Sweeney describieron mejor el papel esencial del generalista, y que no es el de imponer mapas, sino traducirlos al territorio del sufrimiento. Ahí su papel es ser un traductor, un intérprete, a la vez que un guardián frente a los riesgos que conlleva para el paciente confiar ciegamente en los mapas, algo que describió la Dra. Heath en The mister y of General Practice hace dos décadas. 
El último Seminario de Innovación en Atención Primaria celebrado en Santiago de Chile puso de manifiesto en los casos presentados por Juan Pablo, Rosa, Flavia, Alicia, Ettore,, Alejandro, Catalina, Pamela, Carla o  Claudio pusieron de manifiesto las diferencias entre uno y otro . Como damos por ciertos algunos “mapas”, como el de que no se pueden suplir las vacantes en verano, o el que determina que para recibir formación hay que privarle a un paciente de la atención , o que en zona remotas o en zonas de riesgos no hay otra alternativa que renunciar a recibir atención médica porque nadie querrá trabajar allí, sin reparar el daño que todo ello genera en los territorios del sufrimiento humano. Por el contrario nada mejor que el ejemplo presentado por Alicia Arias, del médico Manuel Nuñez Butrón en Puno hace casi un siglo, capaz de construir brigadas conjuntas con las poblaciones originarias, estableciendo incluso sistemas de referencia entre la medicina tradicional y la llamada científica.
Borges también  describe en Magias parciales del Quijote: “ imaginemos que una porción del suelo de Inglaterra ha sido nivelada perfectamente y que en ella traza un cartógrafo un mapa de Inglaterra.La obra es perfecta; no hay detalle del suelo de Inglaterra, por diminuto que sea, que no esté registrado en el mapa; todo tiene ahí su correspondencia. Ese mapa, en tal caso, debe contener un mapa del mapa, que debe contener un mapa del mapa del mapa, y así hasta el infinito. Por qué nos inquieta que el mapa esté incluido en el mapa y las mil +y una noches en el libro de las Mil y una Noches? ¿ Por qué nos inquieta que Don Quijote sea lector del Quijote y hamlet, espectador de Hamlet? Creo  haber dado con la causa: tales investigaciones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios”.
Mapas-territorios- y de nuevo mapas. Lo que tan bien contaba Quique González cuando cantaba en la Ciudad del Viento aquello de "" Tengo en la memoria la estructura de los labios incorrectos, y otra de las formas que aparecen en los mapas cuando te desnudas". 
Los mapas que construimos con la propia narración del territorio cerrando el círculo virtuoso que nunca alcanzará la soberbia de los cartógrafos. 

sábado, 31 de marzo de 2018

Minority Report



“ A mi me han pagado por contar lo que aún no era, ni había sido, lo futuro y probable o tan solo posible-la hipótesis-; es decir por intuir e imaginar e  inventar; y por convencer de ello”.
Tu rostro mañana. Javier Marías

En la siniestra historia de Philip Dick Minority Report (bastante tergiversada por Spielberg, por cierto), John Allison  Anderton funda Precrimen, una organización destinada a prevenir el delito a través del análisis de las confusas imágenes que generan en su mente tres mutantes precog, un brillante invento que permitiría abolir el sistema punitivo postdelictivo, claramente inútil: “como todos sabemos nunca fue muy disuasorio, y no brindaba consuelo a una víctima que ya estaba muerta”.
La innovación tenía un pequeño inconveniente ético, el hecho de que se acabe a arrestando a individuos que aún no habían infringido la ley, convirtiendo al delito (en palabras del propio Anderton) en pura metafísica: “sostenemos que son culpables. Ellos por su parte, siempre alegan que son inocentes. Y en cierto sentido lo son. En nuestra sociedad no tenemos grandes delitos, pero tenemos un campo de detención repleto de delincuentes en potencia”.
Un reparo menor en cualquier caso, habida cuenta de la efectividad de Precrimen: sólo un asesinato en 5 años. Anderton presume de su invento ante su posible sustituto, Witwer, hasta que por casualidad descubre que el próximo asesino potencial a neutralizar por la organización será él mismo, pasando de ser su máximo responsable a un homicida en potencia. Anderton se enfrenta, así, a sus propias contradicciones: quizá hubo antes otros inocentes, quizá ni él ni otros cometieron ni cometerán un homicidio…
Cada vez más perdido y confuso, Anderton consigue escapar gracias a un accidente de tráfico provocado por un extraño individuo que le suministra un enigmático mensaje: “ la existencia de una mayoría implica lógicamente una correspondiente minoría.”
El mensaje sintetiza el funcionamiento de predicción de los tres mutantes precog: como es difícil que alcancen unanimidad sobre lo que va a ocurrir entre los dos, ante el registro en ordenador de dos opiniones contrapuestas, se emplea un tercer ordenador para chequear los resultados de los dos primeros, obteniendo el llamado informe de la mayoría ( Majority Report), asumiendo con un elevado porcentaje de probabilidades que el acuerdo de dos ordenadores será acertado. Pero como señalaba el extraño mensaje, eso abre la puerta a la existencia de otro informe, el informe de la minoría ( Minority Report), que incluye una pequeñas variación en tiempo o espacio respecto del primero.
Anderton busca desesperado su informe de la minoría, el resultado de la predicción de uno de los tres mutantes. Ese informe desmonta la afirmación de que cometerá un homicidio , porque tras conocer dicha información,rectificaría y desistiría de hacerlo. Pero ante la posibilidad de que Precrimen desaparezca, al demostrarse que puede encarcelar a personas inocentes, Anderton opta para hacer cumplir la profecía que a él mismo atañe: “tendré que matar a Kaplan; es el único modo de impedir que nos desacrediten”. El delito y la condena preferible al cuestionamiento del modelo.
La instrucción de la causa especial 20907/2017 de 23 de marzo respecto a las medidas cautelares aplicadas sobre algunos de los procesados por el presunto delito de rebelión por el llamado Proces para la independencia de Cataluña parece , en algunos momentos, seguir la argumentación del cuento de Dick. Así en su página 5 se señala que “Lamentablemente es de imposible percepción cual pueda ser la voluntad interna de los procesados, por lo que debe recurrirse a una serie de elementos externos que permitan construir un juicio razonable de pronóstico, y no sólo respecto de su voluntad presente, sino de la eventualidad de que esta pueda modificarse con ocasión del propio desarrollo de la causa”. Siempre ha sido imposible predecir con certeza cuál será la conducta de un ser humano, y más que lamentable, esa autonomía siempre fue considerada no solo deseable, sino sustancial a la voluntad humana.
Pero al margen de esta consideración, donde el auto muestra una sorprendente similitud con la ficción de Dick es en la siguiente afirmación:  “…Y puesto que esos argumentos son los mismos que les llevan a entender que no han perpetrado delito alguno, como han manifestado en la mañana de hoy, puede concluirse que no se aprecia en su esfera psicológica interna un elemento potente que permita apreciar que el respeto a las decisiones de este instructor vaya a ser permanente”.
¿Qué es la esfera psicológica interna?¿Cual es el elemento potente? ¿Cómo es posible calcular dicha potencia de forma que permita apreciar que es de suficiente magnitud como para mantener el respeto indefinidamente?
Nada más lejos de mi intención que cuestionar los argumentos del excelentísimo juez autor del citado auto. Razones que justifiquen su decisión probablemente no falten y deberán ser discutidas en el lugar y por las personas competentes. Pero ¿qué necesidad hay de emplear este tipo de argumentaciones para justificar una determinada decisión?
Existe una razón mucho más sencilla y contundente para justificar un encarcelamiento: simplemente reconocer el hecho de que uno "no se fía" de la persona en la cuestión. Sin necesidad de recurrir a esferas psicológicas, potencias inmedibles y elementos que permitan apreciar voluntades futuras, más propias, en cualquier caso, de la ciencia ficción.
Una de las más desafortunadas tendencias de nuestra época es la de buscar en disciplinas ajenas argumentos para justificar nuestras decisiones. En este sentido las ciencias experimentales y empíricas suponen una especial tentación para dar solidez a nuestras argumentaciones. Pero ni sirve la mecánica para explicar el padecimiento humano, ni la psicología debería ser el medio para convertir una decisión judicial en un hecho científico.

lunes, 8 de agosto de 2016

La mano caliente

Uno de los asuntos dentro del deporte que más curiosidad científica ha generado entre los investigadores del comportamiento humano es la posible existencia del concepto “ estar en racha”. Esa situación que se produce cuando un alero cuela todo lo que le cae en las manos, o cuando un tenista parece haber cerrado un pacto con el demonio para que todas su bolas caigan dentro.
Ya que estamos en época de observación inevitable del deporte en todas sus variadas facetas , resultaba ayer  interesante observar como  Nadal ( en un estado de forma más que discreto) iba enhebrando series cada vez más amplias de buenos golpes, mientras alguien tan en forma como Djokovic hacía justamente lo contrario.
Dentro del grupo de Daniel Kahneman, fueron Thomas Gilovich, Robert Vallone y su inseparable Amos Tversky los primeros que estudiaron, allá por 1985, el efecto de la “mano caliente” (hot hand) en baloncesto ( la suposición de que es mucho más probable que el próximo lanzamiento sea un acierto que un fallo en un lanzador si lleva más de tres tantos consecutivos) Y concluyeron que el citado efecto no existe, y que las probabilidades de acierto o error en cada lanzamiento no están condicionada en modo alguno por el éxito de los lanzamientos previos.
Sin embargo no toda la comunidad científica piensa igual. De hecho, como de deportes estamos hablando, el resultado de la distribución entre partidarios y detractores de la “mano caliente” estaría en un 14 a 13. Ganan por estrecho margen los que creen en ella.
Uno de éstos es otro grande del estudio del comportamiento, Gerd Gigerenzer, quien en su particular empeño en cuestionar las teorías del Nobel  israelí, viene a demostrar en una serie de experimentos tan variados como complejos, que el “estar en racha” existe, al menos en el caso del voleibol ( por lo que urge encontrar en estos juegos una mano caliente para la selección, que ha empezado con un estrepitoso fracaso).
En Simply Rational ( su último libro) Gigerenzer demuestra que la creencia en la “mano caliente” es mayoritaria entre jugadores y entrenadores ( algo que también confirmaron los trabajos de Gilovich). Pero en el caso concreto del voleibol ( al menos en la liga grande de este deporte en Alemania), existe realmente el efecto.
La diferencia con el baloncesto ( en donde aparentemente Gilovich no encontró efecto ) podría venir determinada porque ante la existencia de un jugador en racha , el adversario dispone de medidas de defensa más efectivas que en voleibol ( al estar separados ambos equipos por una red). Pero quizá la mayor aportación de los estudios de Gigerenzer viene del hecho de confirmar que es la creencia en la “mano caliente” (sea cierta o no), la que condiciona el comportamiento de jugadores y entrenadores, quienes tienden a confiar a partir de su detección, en el tipo que está en racha, en lugar de buscar a otros compañeros con mejores resultados  o, sencillamente mejores.
De hecho Burns, en 2004 , consideraba ese efecto adaptativo, es decir  un medio con el que evolutivamente adaptaríamos nuestra conducta, en la convicción de que nos daría mejores resultados. Y para Burns sería bastante inusual que una conducta errónea hubiera triunfado evolutivamente sobre la más efectiva. O dicho en palabras de Ggerenzer, “ la cuestión lógica de si una creencia se corresponde con la realidad no debería ser confundida con la cuestión ecológica de qué grado de utilidad tiene una creencia para alcanzar un objetivo”.
Ante el lamentable inicio de la selección de baloncesto esperemos que pronto a alguien se le caliente la mano. Y más allá de curiosidades veraniegas lo que pone de manifiesto una vez más los trabajos de Gigerenzer es que en la vida y en nuestro comportamiento, “ no es racional todo lo que reluce”.

jueves, 20 de agosto de 2015

Diseñadores de recuerdos

La imagen es siempre la misma, en cualquier lugar de vacaciones: ya sea ante una remota iglesia románica, un atardecer esplendoroso o la actuación de tu grupo favorito, la muchedumbre desenfunda con rapidez de pistolero su teléfono móvil para capturar el momento y convertirlo en recuerdo memorable. Incluso se mete uno dentro, ayudado por ese "ridículo palo" que alarga el propio brazo. Lo importante no es tanto disfrutar del momento supuestamente único, como diseñar su recuerdo, que además deberá ser expuesto y compartido a través de nuestras redes sociales. Como escribe Daniel Kahneman “ valoramos las vacaciones turísticas por las historias vividas y los recuerdos que esperamos guardar”.
El premio Nobel de Economía tiene una rara habilidad para simplificar hasta la caricatura procesos mentales enormemente complejos. Kahneman reconoce su artificio, pero lo justifica como el precio que hay que pagar para hacer inteligible el funcionamiento del cerebro humano. Según él estamos dirigidos por dos personajes ( sistema 1 y 2) que determinan nuestras decisiones, pertenecemos o bien al grupo de los econos ( que viven en la teoría) o de los humanos ( que se mueven en el mundo real) , y escondemos en nuestro interior dos “yo” , uno minusválido y el otro manipulador: el “yo” que experimenta, y el “yo” que recuerda. El primero es el que va construyendo nuestra vida a través de las experiencias de cada día. El segundo es un diseñador de biografías, el que escribe la historia que te interesa, y el que toma siempre las elecciones.
Esto último ( la elección) lo demostró Kahneman con un experimento famoso realizado ya hace muchos años con otro genio ( Don Redelmeier). Ambos midieron el nivel de dolor ( de 0 a 10), minuto a minuto, de 154 pacientes pacientes sometidos a colonoscopias en los tiempos heroicos en que se realizaba sin anestesia . También midieron la duración de la intervención. Al finalizar la tortura se pidió a los participantes que estimaran algo tan incuantificable como la “cantidad total de dolor experimentado”. Los resultados obtenidos fueron paradójicos: en contra lo que pudiera suponerse, la duración de la prueba no influía de manera importante en la percepción de dolor, sino el punto máximo que éste alcanzaba y, sobre todo, la intensidad de dolor en el momento en que terminaba la prueba. De manera que la mayor parte de los pacientes estarían dispuestos a repetir pruebas largas que terminan de forma poco dolorosa ( pero con mayor cantidad acumulada de dolor) antes que pruebas cortas pero con terminación muy dolorosa. Es decir nuestro “ yo” que recuerda tiene poco en consideración al “yo” que experimenta ( y sufre) a la hora de tomar decisiones que le afectan esencialmente a éste. O como dice Kahneman “ el yo que experimenta no tiene voz. El yo que recuerda a veces se equivoca, pero es el único que toma decisiones . Lo que aprendemos del pasado es a maximizar las cualidades de nuestros futuros recuerdos, no necesariamente de nuestra futura experiencia”.
El yo que recuerda actúa con suma prepotencia sobre nuestra vida. Magnifica circunstancias banales ( detalles ridículos pero que convierten en  nuestra vulgar biografía en una “molona”) y maltrata experiencias profundamente valiosas pero que en un determinado momento acabaron mal ( como las colonoscopías sádicas de Kahneman). Como éste escribe “ un divorcio es como una sinfonía con un sonido estrepitoso al final; el hecho de que termine mal no significa que toda ella fuera mala”.  La felicidad que pudo sentir el “yo” que experimenta durante aquel viaje de fin de semana, es triturada sin contemplaciones por el “yo” que recuerda, o que (mejor dicho), no quiere recordar nunca más nada de aquello.
Esto ha sido así siempre y bastante avance supone ser conscientes de ello. Pero ese “extrañamiento” del yo que experimenta, del yo que realmente nos construye, está llegando al extremo. Cada vez experimentamos menos porque cada vez ocupa más la escena el “yo” que recuerda, un director de cine poseído y lunático, empeñado en grabar cada instante para subirlo a Facebook a la velocidad del rayo: apenas disfrutamos de la charla banal en el bareto apoyados en la barra, de esa canción memorable que no escuchamos realmente, pendientes de capturarla  con el teléfono para no verla nunca , de ese atardecer que no vale nada si no se convierte en foto viral entre amigos tan bobos como nosotros.

El “yo” que recuerda, cada vez más poseído, escribe nuestra biografía ( o mejor las biografías que queremos) en lenguaje facebook. Visitar el de cualquiera supone asistir a una exposición de lo buenos, listos,  guapos, solidarios, ocurrentes divertidos y, por supuesto “guays” que somos todos. Las miserias se esconden bajo la alfombra. Pero aunque también nosotros hayamos  visto “naves ardiendo más allá de Orion” como Batty, deberíamos prestar algo más de atención a nuestro minusválido "Yo" que experimenta. Porque es el que realmente construye nuestra vida. La real, no la diseñada para que les guste a otros.

viernes, 27 de julio de 2012

Lobo Solitario y Tercera Luna

Los voluntarios que acudieron al laboratorio de neurociencias de Baylor College of Medicine no lo hacían por amor al arte. Su compromiso de pasar un buen rato dentro del tubo de la Resonancia Magnética Nuclear estaba incentivado con una cantidad variables de dólares, desde 30 a 300. Y antes de empezar fueron adecuadamente informados de que dicha cantidad sería generosamente aportada por dos galerías de arte: Lone Wolfe y Third Moon, dos nombres que juntos podrían titular una historia de amor entre indios cheyennes. A cada participante se le notificó cual de las dos galerías sufragaba su compensación. El objetivo era  evaluar cuadros de la historia de la pintura comprendidos entre el siglo XIII y el XX, desde los más realistas a los más abstractos. Ya metidos en el tubo debían pacientemente observar 60 reproducciones de cuadros. Cada uno de éstos tenía en la esquina superior derecha el logo de una de las dos galerías. Acabado el proceso, y con el alivio de salir del agujero, se les pedía que volvieran a revisar los 60 cuadros y calificaran en que medida les gustaba cada uno: desde no me gusta nada a me gusta mucho.
Este estudio, publicado por Harvey, Kirk, Denfield y Montague en The Journal of Neuroscience en 2010, obtenía unos resultados muy interesantes: los participantes daban resultados más favorables a las reproducciones que tenían en el ángulo superior el logo de la galería que les pagaba a cada ellos el incentivo por participar. Pero además, la presencia de dicho logo aumentaba la actividad en las zonas cerebrales relacionadas con el placer, especialmente el cortex prefrontal ventromedial , responsable de las generación de asociaciones y significado. Además, la magnitud de la activación cerebral en dicha zona era directamente proporcional a la magnitud del incentivo: era mucho mayor en los que cobraban 300 $ que en los que solo recibían 30.
El trabajo de Harvey y cols. es comentado en el último libro de Dan Ariely ( al que nos referíamos hace unos días) para ilustrar una de las principales causas de los conflictos de interés: nuestra inevitable tendencia a devolver favores. Predisposición de la que no somos en modo alguno conscientes (en el estudio comentado nadie consideraba que pudiera influirles en su percepción el logo de cada cuadro).
Ariely señala tres circunstancias en las que la necesidad de reciprocidad en los favores concedidos es más ostensible: la primera ( muy notable en Estados Unidos) es la actividad que realizan los “lobbies”  sobre los políticos profesionales, donde la mayor parte del tiempo los profesionales de la cuestión se dedican a generar sentimientos de obligación y culpa en los políticos que han recibido sus “desinteresadas” ayudas. El segundo, especialmente presente en estos últimos años, han sido los servicios financieros, en los que los sustanciosos bonos a final de año iban ligados a que los vendedores adquirieran aun visión distorsionada de la realidad sobre el valor de los productos financieros ( las comparecencias de ayer de la gran banca española brindan ejemplos, escasamente ejemplares, de ello).
El tercero, evidentemente, es el inteligente y cuidadoso trabajo de generación de “deudas inconscientes” que lleva décadas utilizando la empresa farmacéutica con todos los médicos. El trabajo de Harvey muestra bastante claramente lo lejos que estamos de la realidad cuando utilizamos expresiones del tipo de “aunque me paguen el congreso yo se perfectamente que debo recetar”.
Otro interesante trabajo de Cain, Lowenstein y Moore  (también comentado por Ariely) ilustra hasta que punto minusvaloramos la influencia de los intereses ocultos. Los participantes eran distribuidos en dos grupos, estimadores (pardillos) y consultores (listillos), que ayudaban a los primeros en la estimación. La diferencia entre los dos estribaba en que los segundos podían observar la jarra más tiempo y además sabían que la cantidad estaba comprendida entre 30 y 50$. En la primera fase del estudio, la media obtenida por los estimadores aconsejados fue de 16.5$. Cuando a los “listillos” se les pedía (sin que lo supieran los “pardillos” que sobrevalorasen la cantidad, la media de estimación subía a  20 $ ( si se pasaban mucho en su consejo los pardillos podían mosquearse). Pero cuando a los estimadores se les informaba de que  sus consejeros recibirían tanto más dinero cuanto más consiguiesen que se sobrevalorase la cifra, los pardillos infravaloraban el efecto (a penas subían en 2 $ el efecto debido al incentivo que recibían los “ listillos”).
Políticos y financieros están por méritos propios en el punto de mira de los causantes de la situación agónica que padecemos. Pero el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Los que han disfrutado durante años de viajes a destinos exóticos a costa de una “pequeña ayuda de la industria” deberían ser concientes de que ningún favor es gratuito. Y que la obligación que nos genera es mayor de lo que creemos.
(Paint from Federic Remington. )

miércoles, 11 de julio de 2012

House tenía razón

Acaba de publicarse en Estados Unidos The (honest) truth about dishonesty, el último libro del Dan Ariely, en el que analiza el conocimiento científico existente sobre la deshonestidad en la sociedad actual. Ariely es un conocido investigador sobre la irracionalidad en la toma de decisiones humanas, ahora en la Universidad de Duke. Ariely da la razón a House en su permanete cantinela de que el paciente siempre miente: todos mienten, todos hacemos trampas, y lo que es peor las trampas son una enfermedad contagiosa.
Decidió escribir el libro después de charlar con un amigo suyo, John Perry Barlow, que fue letrista de un grupo de rock hoy un poco olvidado, pero absolutamente irrepetible: the Grateful Dead. Barlow con el tiempo acabó siendo consultor de Enron, la primera de la larga lista de empresas del siglo XXI que llegaron a la cima y acabaron en  la ruina, llevándose por delante a unos cuantos miles de incautos que habían confiado en sus cuentas, avaladas en este caso por la siempre prestigiosa Arthur Andersen. Historia que se ha repetido tanto en esta pasada década que ha acabado siendo aburrida, si no fuera trágica. Lo que le sorprendió a Ariely fue que un amigo suyo, inteligente (aunque de juventud algo turbulenta), que conocía muy bien la compañía hubiera sido incapaz de reconocer ningún signo de alarma en lo que estaba pasando: esencialmente sobornos, trampas, maquillaje de cifras.
El profesor de Duke se embarca en la disección de la conducta deshonesta desde diferentes puntos de vista: el amaño y maquillaje de los datos, lo ciegos  que estamos ante nuestras verdaderas motivaciones, la forma en que nos engañamos a nosotros mismos...
Especialmente curioso es el capítulo que dedica a la trampa como enfermedad infecciosa. En el describe un curioso experimento realizado en Carnegie Mellon University que publicaron hace unos años en Psychological Science y que consistía fundamentalmente en resolver 20 problemas de cálculo matemático; a todos los participantes se les entregaba una hoja de ejercicios junto a un sobre con 10 dólares. Tras realizar el ejercicio los participantes debían quedarse con la cantidad correspondiente al número de ejercicios acertados y devolver el correspondiente a los ejercicios fallados.
Las respuestas del primer grupo (el control) eran chequeadas  tras finalizar el ejercicio; por lo tanto no podían hacer trampas. El segundo (el grupo de la "trituradora") debían chequear sus respuestas con una hoja de respuestas correctas y después destruir su ejercicio en una trituradora: podían por tanto mentir. El tercero, llamado grupo Madoff en honor de tan insigne prócer, tenía entre sus miembros a un “gancho” que a los dos minutos de comenzar el ejercicio (y por lo tanto sin tiempo material para haberlo realizado) gritaba en alto: “eh, profe ya he acabado”. A lo que el profesor respondía: “pues coge el dinero que te toque y vete”.Los que quisieran de este grupo podían repetir semejante comportamiento. 
No es difícil deducir que mientras la tasa de aciertos del grupo control fuera de 7/20, la del grupo de la trituradora fuera de 12/20 y la del grupo Madoff de 15/20. No solo la gente hace trampas si no tiene control, si no que lo hace aún más si el comportamiento que observa alrededor no castiga la trampa. Pero el grupo de investigadores tuvo la duda de si este comportamiento deleznable del grupo Madoff se debía a una simple decisión de coste beneficio ( no me pillan , por lo que me interesa mentir), o a que, dado que muchos se comportaban fraudulentamente, era socialmente aceptable comportarse así. Para ello incluyeron otros dos grupos: en uno de ellos (el grupo de la pregunta), uno de los participantes preguntaba: “profesor, entonces ¿podría decir que he respondido todas y coger todo el dinero?”. A lo que éste respondía: “haz lo que quieras”. En el otro, daban otra vuelta de tuerca, puesto que el que hacía las preguntas en alto, era un estudiante vestido con la camiseta de la universidad rival ( como si el que hiciera la pregunta en Barcelona llevara la camiseta del Madrid, vamos). En el primero de estos casos la tasa de aciertos fue de 10/20 (trampas, pero menos que en el grupo de la trituradora o que el Madoff) y en el de la camiseta rival de 9/20 ( casi como el grupo control).
Los investigadores sacan dos conclusiones: la trampa es contagiosa y aumenta si se observa que el comportamiento de los demás es tramposo, especialmente si es uno de los nuestros.
Tras observar la aprobación de las nuevas e imaginativas medidas del presidente del gobierno, uno comprueba una vez más que el vecino de la mesa de al lado de este experimento gigantesco que están haciendo con nosotros, hace continuamente trampas y nadie le pilla. Que lo que se quita a esos vagos perversos (trabajadores vulgares, funcionarios corruptos,  parados ociosos) se destina a tapar los agujeros de los brillantes banqueros, avispados consultores y entregados políticos. Tenía razón House, todo el mundo miente. Pero el problema es que la mentira es contagiosa.

martes, 20 de diciembre de 2011

Engañarse a uno mismo

Decía un amigo mío que el problema de contar mentiras no es tanto el hecho de contarlas, sino la posibilidad de que te las creas.
Dan Ariely, el investigador del MIT ( del que ya hemos hablado otras veces en este blog) publicó este año, con colegas de la Escuela de negocios de Harvard, un articulo muy interesante en PNAS sobre las consecuencias de engañarse a un mismo. Para ello definen el autoengaño como "la valoración positiva de uno mismo a pesar de existir sólidas evidencias en contra". Es sabido que todos tendemos a racionalizar nuestras conductas, especialmente aquellas menos presentables (al fin y al cabo sería inaguantable convivir las 24 horas del día con un tipo del que se tiene muy mal concepto). Pero  aunque las ganancias a corto plazo de ello puedan ser interesantes, a largo  plazo el coste que supone engañarse a uno mismo puede ser demasiado alto. Lo que en definitiva ocurre con cualquier mentira.
La originalidad del planteamiento de Ariely estriba en analizar las repercusiones que tiene el autoengaño sobre las predicciones de futuro. Para ello, Ariely y sus colegas dan a un grupo de los sujetos de estudio la posibilidad de tener un rendimiento mayor del que les correspondería, al permitirles conocer algunas de las respuestas correctas a ciertas preguntas, en un test sobre conocimientos generales. Al comparar los resultados con los que no tienen “chuleta”, el grupo de los que pueden copiar obtiene, como era previsible, mejores resultados. Comprobado lo obvio, evalúan también qué resultado prevé obtener en el futuro cada grupo (el de los que sabían las respuestas correctas y el de los que no las sabían), en otro test semejante de no tener acceso a ayudas de ningún tipo. Y en este caso los que sacaron (con ayuda) mejor resultado en el primer test, sobrevaloran su capacidad en el segundo ejercicio, minusvalorando la influencia que tuvo el haber tenido acceso a las respuestas correctas.
Como la realidad es tozuda, el hecho de creer que los resultados serían mejores no implicó que estos realmente lo fueran, como se demostró en un segundo experimento. Es más, a mayor disposición al autoengaño (medido a través de un test específico), mayor era la sobrevaloración de las propias capacidades.
Alucinación que es además refractaria a los incentivos.E n el tercer experimento, se les ofrecía un incentivo monetario por alcanzar un mayor grado de ajuste a la puntuación real obtenida en la segunda prueba de conocimiento: los tipos que se habían engañado a si mismos en la primera prueba, seguían creyendo que sus buenos resultados eran debidos a sus conocimientos (y no al acceso a información privilegiada), teniendo peores niveles de predicción de la puntuación real obtenida que los que no hicieron trampas. O dicho de otra forma, engañarse a uno mismo, parece tener beneficios en el corto plazo ( mejor resultado en el test inicial) pero no en el largo ( pierden incentivos por su visión deformada de la realidad).
Pero el autoengaño no queda reducido al ámbito privado, sino que en ocasiones acaba siendo público. Son conocidos los casos de sujetos que presumen de hazañas ( sobrevivir en campos de concentración, realizar heroicidades diversas) que nunca ocurrieron. Pero que en cambio ellos llegan a creer que fueron ciertas.
Para rematar la faena, Ariely y su gente realizan un último experimento que trata de analizar el efecto que en todo este proceso tienen el reconocimiento ajeno. Tras realizar el primer experimento (respuestas con o sin chuleta), pero antes de preveer el resultado que obtendrían en el segundo test, dan aleatoriamente a algunos participantes un certificado que reconoce “haber obtenido un resultado por encima de la media”, con su propio nombre y el resultado obtenido. El recibir el reconocimiento aumenta aún más la ilusión  de obtener un resultado aun mejor en pruebas posteriores, percepción que es exclusiva de los que tuvieron acceso a información privilegiada en el primer test. Es decir, el reconocimiento social exacerba aún más el autoengaño, algo a tener en cuenta ante tanto certificado como se emite hoy en día.
El grupo de Ariely concluye que, aunque ante un incidente mas o menos ambiguo rápidamente nos es fácil establecer juicios negativos de los demás, no solo fracasamos a a hora de juzgarnos por conductas poco éticas, sino que incluso utilizamos los resultados que obtenemos de manera fraudulenta para  valorarnos mejor de lo que somos. Una demostración empírica del dicho evangélico sobre nuestra gran capacidad de percibir la paja en el ojo ajeno y no tanto la viga en el propio.
Fotografia. Dan Ariely. Duke U.

domingo, 6 de noviembre de 2011

El Lector de Popper

Tiene 50 años y trabaja de profesor en la universidad. Padece de dolores lumbares desde hace años, pero en las últimas semanas se han hecho más intensos. Acude por ello a su médico de cabecera. Ésta le conoce desde hace tiempo. Sin explorarle , le tranquiliza. Ella sabe que es un académico muy atareado, todo el día ocupado entre clases y proyectos de investigación. Escribe en la historia: “funcional, dolor lumbar no específico resultado del estrés del trabajo”. Le recomienda tratar de reducir éste en la medida de lo posible. El profesor lo intenta, pero el dolor aumenta. Al cabo del mes vuelve, y su médico le prescribe analgésicos. Él sugiere hacer una radiografía, pero ella es muy escéptica respecto a su indicación; le habla de los peligros de la radiación. Al cabo de unos minutos de discusión ella, al final, accede. La placa muestra pequeñas anormalidades en las vértebras que la médico considera que pueden ser la causa del dolor…Pero éste no disminuye. El profesor no puede dormir por las noches; acaba cambiando de habitación para dejar dormir a su pareja.
El profesor es holandés, país en el que el médico de cabecera es la puerta de entrada al sistema sanitario.Pero Bélgica está cerca, y allí, en cambio, uno puede acudir directamente al especialista. El profesor coge el coche y cruza la frontera, desesperado por el dolor. El resultado de la Resonancia prescrita por el neurocirujano es claro: las imágenes muestran abundante tejido tumoral extendido por tórax y abdomen, que comprime médula. El diagnóstico final es de linfoma no hodgkin. Se inicia la quimioterapia y el autotransplante y el nuevo paciente canceroso mejora.
El profesor enseña ética y es lector habitual de Karl Popper. En su opinión el principio de “falsación” ( falsification principle) tiene una importancia esencial en la filosofía de la ciencia y en la forma en que se construye el conocimiento científico. Dicho principio consiste en formular hipótesis testables con la intención de demostrar que son falsas. En palabras de Nasim Nicholas Thaleb ( el autor del Cisne Negro, gran admirador de Popper también), se trata de formular una conjetura y empezar a buscar la observación que demostraría que ésta es errónea.
Ron Berghans es el nombre del  profesor holandés, y publicó su experiencia personal en el BMJ hace unos días. Siguiendo a Popper, si piensas que todos los cisnes son blancos , solo encontrarás cisnes blancos. Lo revolucionario de la idea de Popper fue insistir en la necesidad de buscar cisnes negros, especialmente cuando lo más probable es encontrar solo cisnes blancos.
Hablábamos hace unos días del papel crucial que representan los médicos de cabecera a la hora de proteger a los pacientes del acceso inadecuado a los especialistas, protegiéndoles de la yatrogenia que esto pueden generar, en especial si el médico generalista se equivoca y deriva al paciente sin necesidad. Pero ese papel de “protección” siempre conlleva un coste: el de considerar que está sano el que en realidad está enfermo. De caer en el  peligroso "sesgo de confirmación". La médico de cabecera del profesor de ética consideraba que todos los cisnes (todas las molestias y quejas de su paciente) eran blancos; nunca buscó el cisne negro que podría justificar aquel dolor.
Como señala Harry Schouten , quien da la réplica al profesor Berghans en el British, cuando vemos a un paciente con un nuevo problema, nuestra forma de pensar puede estar claramente influida por los encuentros previos con ese mismo paciente, o por casos semejantes con otros pacientes. Lo cual es muy útil casi siempre , pero hay veces que tiene sus riesgos. Quizá el mayor sea el de la pérdida de confianza de los pacientes, si consideran que sus angustias, miedos y molestias, no son tenidos en cuenta.
Aunque casi siempre los cisnes sean blancos, la forma de demostrarlo es buscar cisnes negros.

 

sábado, 30 de abril de 2011

Cosas que se aprenden cuando un avión se cae

La historia es suficientemente conocida. Un Airbus 320 de US Arways despegó del aeropuerto de la Guardia, en Nueva York, con 155 personas a bordo rumbo a Charlotte ( Carolina del Norte).el 14 de enero de 2009 Al mando estaba el segundo de la aeronave, Jeffrey Skiles que acompañaba al comandante Sullenberger ( SuperSully desde entonces). Aunque parezca mentira por lo que sucedió después, nunca habían volado juntos. Los dos eran pilotos muy experimentados. Pero como señala Atul Gawande en Check List Manifesto eso, en otro tipo de profesiones, no necesariamente es una ventaja. La tripulación tampoco conocía a los pilotos. En definitiva, al entrar en el avión eran un conjunto de individuos; pero que se convirtieron en un equipo de trabajo gracias al hecho de que en cada vuelo (en los que afortunadamente no suele ocurrir nada) repiten una y otra vez las mismas rutinas: hacer el briefing ( decirse unos a otros algo tan sencillo como “que van a hacer”), o repasar de forma abreviada, pero completa, todas las fases del procedimiento de despegue, vuelo y aterrizaje a través de un checklist.
Aunque los aviones están preparados para la emergencia de absorber pájaros por sus motores, que esto ocurra en los dos motores es muy raro, y que los pájaros sean gansos canadienses ( mucho mayores de lo normal) aún más. El comandante instintivamente tomó dos decisiones: intentar amerizar en el Río Hudson ( al considerar que las alternativas de aterrizaje que le proponían estaban demasiado lejos) y tomar los mandos del avión ( simplemente porque había hecho más recientemente los cursos de refresco). Según cuenta Ric Elias sobre su experiencia en TED lo primero que se oyó fue un ruido tremendo en la cabina, el crac crac crac del motor y finalmente un pavoroso silencio en un avión que estaba en ese momento volando.
Los instrumentos del avión informaban de que disponían de tres minutos de planeo antes del impacto con el agua. Skiles  se concentró en intentar re-encender los motores y preparar el avión para el amerizaje. No tenía tiempo para revisar más cosas del check list. Sully se concentró en buscar el lugar más adecuado ( sin barcos y suficientemente cerca de la costa para facilitar el rescate) y buscar el ángulo idóneo de penetración en el agua (un ángulo equivocado podría haber partido el avión). Las azafatas siguieron todo el procedimiento de preparación para el impacto y evacuación aunque (como señala el pasajero Elias) el terror estaba en sus ojos. Gracias a ellas el avión fue evacuado en menos de los tres minutos que tenían de margen. Sully salió de la cabina para revisar todo el proceso. Skiles se quedó en ella para revisar el check list de  evacuación. Solo después salieron los dos.
Por supuesto, la suerte tuvo una importancia crucial ( ¿en qué no la tiene?): las cosas hubieran sido muy diferentes si el impacto con los pájaros hubiera sido algo más tarde, o se hubiera producido de noche.
Pero lo que ha permitido que el pasajero Elias pueda contar en TED las tres cosas que aprendió mientras el avión se estrellaba, fue (como señala Gawande en su libro), la capacidad de toda una tripulación que nunca había trabajado junta, de seguir a rajatabla los protocolos cuando eso era imprescindible, de mantener la calma bajo presión ( a pesar del terror que supone  pensar que la muerte está a menos de tres minutos), pero también de improvisar, cuando es preciso improvisar.
Las habituales comparaciones cuando hablamos de seguridad entre la aviación y la medicina,tienen su sentido y también sus limitaciones, como señalaba un Head to Head del BMJ recientemente. Entre ellas que nuestra suerte no está ligada a la de nuestros pacientes, aspecto que no es menor. Pero la necesidad de encontrar el adecuado equilibrio entre el trabajo individual y el trabajo en equipo, entre seguir determinados procedimientos de la forma más sistemática posible y mantener un espacio para la creatividad individual, sí lo es.

viernes, 22 de abril de 2011

Médicos pacientes

Aunque el médico pretenda convertirse en un ser tan aséptico como el cajero cuando buscamos dinero, y ante la pregunta de “ Doctor,¿qué haría usted si fuera yo? respondamos con el despiadado “ Yo no soy usted” que describía Barry Schwartz en su conferencia en TED, la influencia que sigue teniendo el médico en el proceso de toma de decisiones del paciente sigue siendo muy grande. Por su parte, los médicos tienen una inevitable tendencia a tomar decisiones, incluso cuando éstas afecten a su propia condición de pacientes o a la de su propia familia. Y aunque siempre se ha dicho que los médicos deberían ser tratados siempre por colegas, a ser posible con los que no les unan muchos vínculos emocionales, con frecuencia muchos médicos acaban tratándose a si mismos, no siempre con los mejores resultados.
¿Actuamos igual ante el mismo caso si el enfermo somos nosotros o si es un paciente de los que atendemos?  Sobre ello,  las recomendaciones que hacen los médicos a petición de los pacientes, trata un interesante trabajo de Peter Ubel, Andrea Angott y Brian Zickmund-Fisher ( de las Universidades de North Carolina y Ann Arbor) publicado en los Archives of Internal Medicine.
Ubel y colegas encuestaron a dos muestras de médicos americanos de atención primaria a cada una de las cuales presentaron un escenario alternativo de toma de decisiones: en un caso un caso de cáncer de colon y en el otro de gripe aviar. En cada uno de ellos , los médicos  fueron asignados aleatoriamente a una de las dos alternativas de estudio: que tratamiento elegirían si fueran ellos los pacientes, y cual recomendarían  para tratar a uno de sus pacientes. Entre los de cáncer de colon, el 37,8 % elegirían para si mismos un tratamiento con mayor tasa de mortalidad, mientras que para sus pacientes ese tipo de tratamiento solo lo recomendaban a un 24.5% de ellos. Las diferencias eran aún mayores en el caso de la gripe aviar, donde los médicos elegían la opción con mayor tasa de muerte en el 62.9% , mientras que a los pacientes se la recomendaban en solo un 48.5% de los casos.
Parece  que es cierto, por lo tanto, que uno no se comporta igual en el caso de que tenga que decidir respecto a un paciente o respecto a sí mismo, por lo que la expresión “ Yo no soy usted” quizá tenga su parte de razón, pero en un sentido mucho más ventajoso para el paciente.
¿Por qué eligen los médicos americanos, para ellos mismos, peores alternativas? No es evidente la razón, pero parece que ciertos sesgos cognitivos son utilizados con mucha mayor frecuencia cuando tomamos decisiones sobre nosotros, que cuando las tomamos sobre los demás. Por ejemplo, la aversión a la traición ( betrayal aversion), el sentimiento de que el daño causado por algo diseñado para evitar un daño es mayor que el daño que se pretende evitar. En este sentido los médicos podrían dar mayor importancia a los efectos adversos de la cirugía del cáncer de colon que a la amenaza del propio cáncer. O el llamado sesgo de omisión, la tendencia a juzgar los daños que resultan de una acción ( comisión), peores que   los daños resultado de no hacer nada. 
Posiblemente estemos mucho menos sujetos a sesgos si tomamos las decisiones sobre los que debemos tomarlas ( nuestros pacientes) y dejamos a otros que tomen las decisiones sobre nosotros.
Respecto a lo primero, el estudio de Ubel pone de relieve que, frente a la tendencia de moda a fomentar a toda costa la autonomía del paciente en el proceso de toma de decisiones sobre su salud ( sin tener en consideración que ni todos los pacientes quieren asumir ese papel activo, ni tampoco lo quieren hacer en todas las ocasiones), un profesional bien informado y con suficiente distancia emocional puede ser el mejor situado para tomar decisiones.
Respecto a lo segundo, y como comenta el editorial de Lancet de hoy , la separación de los roles de médico y enfermo forman parte esencial de la práctica clínica. Y los médicos deberían ser conscientes de que también son mortales. Y que cuando el enfermo es uno mismo es mejor  cambiar la chaqueta y asumir el papel que toca: el de paciente.

(Fotografía: cartel de The Doctor, película de 1991 que aborda precisamente este tema)